sábado, 4 de septiembre de 2010

XXV - Quizá sí

Una gaviota cruzó el cielo, una flecha blanca atravesando el azul puro, inmaculado. Su reflejo estalló en una ola de espuma que rompía en la playa cercana, quebrándose en cientos de gotas cristalinas. El chico entrecerró los ojos, las pestañas negrísimas, larguísimas, espesísimas, curvadas como un marco de cortinas de terciopelo azabache alrededor del destello turquesa de la mirada.

Le gustaba el mar. Suspiró, pasándose de nuevo el cepillo por la larga melena.

La Aldea Cazasombras no era demasiado grande. Las chozas de madera y adobe se apiñaban a lo largo de un par de caminos de tierra húmeda y los adornos de huesos, conchas y brillantes piedras que los trols Lanza Negra utilizaban como fetiches para espantar a los malos espíritus entrechocaban entre sí en la brisa cálida y pintada de sal. En el muelle de madera crujiente, Kalervo Alher Fel'anath, vestido con una toga azul pálido sin cinturón, descalzo sobre las tablas, se peinaba los cabellos, con la mirada navegando entre el océano y la orilla, allí en la lejanía, donde Lazhar estaba limpiando las armas y la armadura.

Su rostro no mostraba ninguna sonrisa en esta ocasión, sino la nostalgia grave de aquellos que esperan en vano, de los soñadores resignados a soñar. Estaba sumido en sus pensamientos cuando Temari se acercó con pasos ágiles y alegres.

- Kale, ¿me prestas ese jabón para el pelo, el de la fragancia de rosas?

El chico torció la boca en un gesto de hastío. Ya estaba ella allí, destrozándole también ese momento con su presencia. Rebuscó en la bolsa y le tendió el estuche de los jabones, sin mirarla.

- Ohm, gracias.

Últimamente, estaba en todas partes. Estaba siempre con ellos, fueran a donde fuesen, hicieran lo que hiciesen. Ella, la chica, la bonita, la rubia, la atrevida, la simpática, la perfecta. No quería ser injusto, Temari era genial y le caía bien. Divertida, buena hechicera y digna de admiración. Era sólo que no podía evitar tenerle envidia.

- ¿Todo bien?
- Claro - respondió el chico al fin. - Todo genial.
- Pareces deprimido.
- Será impresión tuya.

Él la miraba tanto... a veces, los ojos grises y gentiles se entretenían observando descaradamente los escotes de encaje de la bella elfa como si fuera el péndulo de un hipnotizador, lo cual a Kalervo le parecía de una estupidez encantadora, al tiempo que le despertaba un picor, una extraña comezón en el fondo del estómago y un nudo muy flojito en la garganta. Mientras tanto, Kalervo, desde su lugar observaba y anhelaba, consciente de estar presa de un sueño platónico e inalcanzable. Esas miradas nunca se dirigirían a él, el chico, no esas.

- Kale...

Temari le caía bien. Era una buena chica, se portaba bien con él, le trataba con simpatía. Se habían hecho algo así como amigos, porque compartían los artículos de higiene y belleza, como en aquel momento, y eso quería decir algo. Kalervo no le prestaba el jabón a cualquiera. Solo que a veces, sus propios sentimientos hacían que resultara un poco duro estar con ella. Trataba de disimularlo.

La miró de reojo. Estaba guapísima, como siempre, envuelta en una toalla roja y con el cabello dorado ondeando al sol, que le arrancaba destellos cobrizos. Temari le devolvió la mirada y luego observó a Lazhar en la lejanía, luego le miró a él. Y apretó los labios. Kalervo bajó la cabeza e hizo de tripas corazón, tragando saliva y encogiéndose de hombros. Obviamente, Temari se había dado cuenta. Ella no tenía un pelo de tonta, y el arcanista, para qué engañarnos, era un completo negado para disimular sus sentimientos, por mucho que lo intentase.

- No es nada, ya se me pasará.

Se dio la vuelta, sintiéndose invisible, para regresar a la aldea, pero los dedos de la muchacha le detuvieron, sujetándole por el brazo.

- Espera, joder. Espera - le volteó, obligándole a mirarla. - ¿Tanto te gusta?

El chico se ató el cabello a un lado, esbozando una sonrisa amarga y parpadeó, moviendo la cabeza hacia los lados ligeramente al hablar.

- Me dan náuseas cuando nos encontramos de improviso al ir a cruzar una puerta. Si me roza, me mareo. Me tiemblan las manos cuando dice mi nombre. No sé, no tengo ni idea de lo que es esto, si me gusta mucho o poco o si así es como son estas cosas, Temari.

Le había temblado un poco la voz, a pesar de la sonrisa que se esforzaba en mantener. La muchacha le miraba a los ojos y finalmente resopló, chasqueando la lengua.

- Kale, estás colado.
- ¿Qué? ¿Qué es eso?
- Lo que te pasa - insistió ella, arreglándole el flequillo con los dedos. - Que estás colado, coladísimo. Pero olvida esa cara larga, no tienes por qué sentirte mal, estas cosas son... bueno, a veces son bonitas.

Luego sonrió. Kalervo le apartó la mano, meneando la cabeza.

- No, tú no lo entiendes. No tengo nada que hacer.

Temari frunció el ceño y se puso las manos en las caderas, decidida.

- ¿Ah no? ¿Y se puede saber por qué?
- Es... es así, Tem, no es para mí, no... - tartamudeó, suspirando. El corazón le latía muy rápido y el nudo en la garganta apretaba un poco más. - Da igual que sea un colado. A Lazhar no... él no... a él le gustan las chicas - soltó al fin. - SOLO las chicas.

Temari se apartó un mechón de pelo del rostro y arqueó la ceja.

- ¿Y cómo lo sabes?
- Me lo ha dicho. Me lo dijo, vaya. Creo. Una vez.
- Cuéntamelo.

Ella le hizo un gesto y se sentó en el muelle, robándole el peine con descaro y pasándoselo por las finas hebras rubias. Kale le dejó hacer y se sentó delicadamente a su lado. Los trols que limpiaban el pescado miraban a la chica con poco disimulo, y algunos peces de brillante estela cruzaban el agua bajo los pies de ambos, los de Temari cruzados con elegancia a unos metros del mar, los de Kalervo, balanceándose como los de un niño en un columpio. Empezó a hablar en voz bajita, con cierto alivio.

- Fue en el Refugio Roca del Sol... le pregunté si tenía novia... me dio a entender que ahora no, pero que había tenido - dijo, con timidez. - Luego me preguntó él a mí. Le expliqué lo que pasa conmigo, que a mi las chicas no... pues... eso.
- Que te gustan los chicos, sólo los chicos.
- Sí.

Ella lo dijo con toda naturalidad. Escucharlo de aquella manera en sus labios le resultó agradable. Normal. Retomó la narración con más ánimos.

- Él me dijo que si tenía novio y le dije que no. Creo que le pregunté, y me aseveró que los muchachos no le atraen.
- ¿Ha estado con alguno?

Kalervo parpadeó, se sonrojó un poco y miró a Temari, algo escandalizado.

- No. Es decir, no me lo ha dicho pero según él, tuvo tres o cuatro novias. No dijo nada de chicos.
- Bien - asintió ella, entrecerrando los ojos. Parecía estar analizando la situación sin dramatismos. - En ese caso, no está todo perdido. No tienes motivos para rendirte.
- ¿Qué quieres decir?

La muchacha dejó el peine y le cogió las manos, mirándole con vehemencia. Sus ojos verdes brillaban con intensidad.

- Quiero decir que puede que le gustes.
- Imposible - negó él, bajando la cabeza.
- No es imposible.
- Eso no puede ser, Tem.
- Quizá sí. Nunca ha estado con ningún chico, así que, realmente, no puede saber si le gustan o no.
- Querida, no te ofendas, pero yo no necesito estar con ninguna chica para saber que no es mi opción en el menú. No tengo que probar la caca para comprobar si su sabor me agrada.
- ... ¿Estás llamándome caca?
- ¡No, no! - negó de inmediato - No quería decir eso. Fue un mal símil.

Ella arqueó la ceja, meneó la cabeza y continuó.

- Lo que quiero que entiendas es que no lo has intentado. ¿Él te ha rechazado?
- Pues... no, no literalmente. Tampoco le he dicho nada.
- ¿Entonces por qué te deprimes?

Kalervo suspiró y pestañeó repetidamente, bajando la mirada hacia las manos de ambos.

- No sé si quiero luchar. Me asusta un poco esto que me pasa, lo del colado. Quizá sería mejor olvidarme.
- Kale... la cara que tenías cuando he venido, esa manera de suspirar y la expresión de tus ojos cuando hablas de esto... no creo que vayas a olvidarle, ni aunque quieras. Estás colado, corazón. Asúmelo. Sólo puedes hacer dos cosas, sufrir en vano o al menos intentarlo.

El arcanista pensó un instante en sus opciones. Dioses. Eso de ser un colado parecía algo terrible. Desde luego, los síntomas eran alarmantes, pero lo único que tenía claro es que mataría o moriría por conseguir que el apuesto paladín le mirase una sola vez como en sus sueños lo hacía, como narraban en los libros, con "los ojos anegados de pasión ardiente" o siendo "ventanas abiertas que reflejaban el remolino de sentimientos que su imagen le provocaba". No tenía muy claro qué clase de miradas eran esas, pero sospechaba que si algún día le miraban así, se daría cuenta.

- ¿Tú crees?

Ella sonrió y le estrechó los dedos.

- El "no", ya lo tienes. ¿Qué puedes perder?

Visto así, casi parecía fácil. Luego parpadeó y se frotó la nariz, mirándola directamente.

- ¿Y qué hay de tí? A tí también te gusta.
- ¡No! - exclamó ella. Luego bajó la voz, con una sonrisa inmediata, aunque el chico ya había captado su expresión de alarma anterior. "Lo sabía". - No, tranquilo. A mi no me gusta, demasiado mayor. Yo te apoyaré. Y si sale mal, podrás venir a llorar en mi hombro y a que pongamos verdes a los chicos.

Kalervo no pudo evitar contagiarse de su risa maliciosa y chocó la mano cuando ella la levantó, ofreciéndosela.

- Vale. Lo intentaré.
- Genial, así me gusta. Tú vales mucho - le guiñó el ojo y abrió el estuche de los jabones. - ¿Nos hacemos las uñas cuando me lave el pelo?
- Claro.

Siguieron charlando hasta que llegó el atardecer. El ánimo de Kalervo volvió a ser el de antes al poco rato, y su risa infantil y contagiosa volvió a escucharse en la aldea, porque cuando un sol ardiente consigue abrirse paso entre las nubes de la tristeza, ninguna flor, por pálida que sea, puede evitar abrirse para recibir sus rayos revitalizantes. Y a la luz de ese sol, Kalervo comprendió que, si había esperanza para sanar, esperanza para vivir y esperanza para llegar a ser lo que quería ser, ¿Por qué no iba a haberla para amar? No es que fuera muy probable. Todos sus cálculos indicaban lo contrario.

Pero la esperanza le daba un quizá, y podía agarrarse a él todo el tiempo que durase en pie.

XIV - ¡Temari al rescate!

Imaginaos qué es lo peor que os puede suceder en un paraje desierto, de tierra quebradiza y gris, donde sólo hay piedras, buitres, kodos paseándose y demonios de la legión preparando una fiesta de antiguos alumnos, o algo parecido. Si creéis que la peor opción es pisar una caca de kodo, o mas bien caerse dentro de una, temo que el joven arcanista Kalervo Alher Fel'anath no estaría de acuerdo con eso.

Hubiera preferido mil veces encontrarse sumergido en boñiga a recobrar la consciencia y verse donde se vio. Estaba atado en una piedra, con la toga desgarrada, apoyada la espalda sobre algo duro, caliente y vivo que olía a sangre, metal y furia.

- Esto no puede estar pasando... - gimoteó, intentando enfocar la vista. Le escocía mucho el torso. Recordaba que una de aquellas marujas infernales le había dado un latigazo y una bofetada, quizá aquella que se paseaba dando vueltas alrededor del altar improvisado.

Un gruñido iracundo le respondió desde detrás.

- ¡Kevo! ¿Bie?

Se le iluminaron los ojos un instante. Aquello que tironeaba de las cadenas y se removía tras de sí desesperadamente era Lazhar. El alivio le inundó por un momento.

- ¡Laz! Estoy bien, estoy bien. Bueno no, tengo miedo, pero estoy bien.
- Ya.

Había sonado tranquilizador. "Todo irá bien, vamos a salir de ésta", tradujo mentalmente. Sin embargo, no parecía que nada pudiera salir bien. Escuchó la risa de la espantosa diablesa y el chasquido del látigo, sintió contraerse el enorme cuerpo en contacto con el suyo cuando Lazhar recibió el golpe.

- ¡¡Basta!! ¡¡No hagas eso!! - exclamó, contrayéndose como si le hubiera dolido a él.





Una risilla insidiosa fue la única respuesta.

- El maestro ya viene. Preparaos y temblad.
- ¡Groaaar! - ese era el paladín, violento y furioso como un volcán encadenado.

La sayaad se marchó, desapareciendo entre las nubes polvorientas, y Kalervo suspiró, mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas. Olía a sangre, y sabía que no era sólo la suya. Habían golpeado a Lazhar, estaban encadenados y seguro que iban a hacerles cosas terribles. No lo podía permitir, pero ¿Qué podía hacer él? No sabía deshacer cadenas. Sí que sabía utilizar la traslación, pero no pensaba marcharse, no esta vez. Mientras su compañero intentaba liberarse y liberarles sin éxito, se recostó sobre su anatomía ardiente, con la certeza de la muerte terrible, o algo peor que eso, pendiendo sobre su alma.

"Al menos, no estoy solo. Al menos, estamos juntos". Cerró los ojos, tragando saliva. Ojalá hubiera podido despedirse de mamá. Ojalá estuviera mejor vestido, para abandonar este mundo con estilo. A través de los jirones de la túnica destrozada, se concentró en sentir la abrasadora calidez de la piel del paladín, el tacto rudo de su espalda curtida, las puntas de los largos cabellos rojos, ásperos, que le cosquilleaban en los hombros y el cuello. Tomó aire, queriendo llenarse de su olor, y ladeó el rostro, con la mirada perdida entre las nubes de polvo. A lo lejos, la tremenda figura del demonio grande como una casa se dibujaba, avanzando a algunas leguas de su posición, en una trayectoria que sólo podía acabar en un punto: la piedra en la que estaban encadenados.

Apretó los labios y contuvo un sollozo.

- Lazhar...

Casi no podía escuchar su propia voz, tan débil sonó aquella llamada. El elfo no dejaba de agitarse. De cuando en cuando, estallaba la luz a su alrededor, consagrando el lugar y provocando un picor en parte agradable en los poros erizados del muchacho. Buscó sus dedos con los suyos. "Al menos no estoy solo, al menos estamos juntos".

- Lazhar...yo...

Intentó buscar las palabras, escogerlas bien. Iban a ser las últimas que diría en su vida, quizá por eso le resultaba tan complicado ser específico. Lo que fuera que tenía dentro no había tenido tiempo de crecer del todo, era como una flor encerrada en su capullo, a punto de abrirse pero aún demasiado tierna. Contuvo un nuevo sollozo y abrió los labios, cerrando los ojos.

- Yo... creo que...

Y entonces, el fuego.

Un demonio cercano, uno de esos chuchos con tentáculos, salió despedido envuelto en llamas. Kalervo entrecerró los ojos, mirando a través de las volutas grisáceas, sin ser capaz de comprender lo que sucedía. Una a una, las criaturas infernales volaron por los aires como meteoros flamígeros, y finalmente, ante su asombrado rostro, apareció Temari, con el bastón en la mano y un ascua de fuego girando en torno a sus dedos alzados, el cabello rubio ondeando en la brisa y la toga perfecta sacudiéndose a cada paso seguro de sus pies.

- ¡Largaos de aquí, bestias abisales! - exclamó, arrojando una nueva llamarada sobre un brujo que corría hacia ella.

- ¡Temari!

Lazhar dio un respingo.

La chica corrió, quitando de enmedio de un bastonazo en la nuca a un pequeño cachorro de manáfago, que se alejó aullando con el rabo entre las piernas. Llegó hasta ellos en un abrir y cerrar de ojos y esbozó una sonrisa pagada de sí misma.

- Pero bueno, ¿Qué coño hacéis aquí, chicos? - preguntó, rebuscando uno de sus útiles de ingeniería en la faltriquera.
- Tomar baños de sol, ¿Qué crees? - replicó el mago, repentinamente ansioso. Estaban salvados. - Nos van a dar de comer a ese demonio.

Lazhar sacudió la cabeza en una negativa rotunda. No, claro. Eso no iba a pasar.

- Vale, voy a abrir esto y vamos a patearles el culo a esos desgraciados hijos de mala madre, ¿eh?. Madre mía, Lazhar, ¿Pero qué te han hecho? En cuanto salgamos de aquí echaré un vistazo a esas heridas.

La bella piromante actuó con diligencia y rapidez, desatornillando las bisagras de los grilletes hasta que las manos de ambos estuvieron liberadas. Lazhar les agarró a ambos del brazo y echaron a correr, lejos de aquel altar grotesco y de los infernales pobladores del Aquelarre Mannoroth.

- Gracias Tem - resolló Kalervo, mientras corría intentando mantener el paso de sus compañeros.
- De nada, chicos - sonrió ella, girándose de vez en cuando para hacer reventar la cabeza de algún brujo en fogonazos repentinos - ya me invitaréis a una copa un día de estos.

Después, su risa desabrida resonó, casi jubilosa, arrancándole una sonrisa al chico. Kalervo no tenía grandes estructuras morales, y puede que fuera incapaz de distinguir el bien del mal en ocasiones, tal vez no destacara por su altruismo y valor. Pero tenía muy buena memoria. Aquel día, Temari le salvó la vida a él y le salvó la vida a Lazhar, y Kalervo Alher Fel'anath, aprendiz de arcanista y estudiante del Kirin Tor, no lo olvidaría nunca.

XXIII - El Demonio tan Grande como una Casa

Kalervo Alher Fel'anath, aprendiz de arcanista y estudiante del Kirin Tor, suspiró con desazón y se remangó la toga, mirando alrededor y caminando a pasitos saltarines detrás del paladín. Lazhar Erien Corazón de Fuego resoplaba, con el pelo revuelto y rojo destellando entre el paisaje gris y la expresión de haberse bebido un cubo de vinagre.

- Lazhar, este sitio es horrible. Me pica la nariz. ¿No deberíamos ir un poco al Norte por si vemos sátiros?

Lazhar no respondió, sólo gruñó al localizar a otro demonio en la lejanía.

Si alguien tenía la esperanza de que, aun con el deplorable aspecto que presentaban, llenos de polvo y con sangre seca, la toga del mago rasgada en el bajo y el rostro del paladín tiznado de hollín, se quedaran quietos o decidieran descansar, se verán decepcionados. Por supuesto, Lazhar no se cansaba nunca. Echó a correr hacia el demonio y Kalervo levantó los ojos al cielo, siguiéndole lo más rápido que pudo.

- ¡Esperaaaaaa!

Frenó en seco cuando el paladín ya estaba batiéndose con aquella súcuba horrenda, desatando luz y golpes sobre su cuerpo sinuoso enfundado en un corsé que llamó la atención del muchacho. Kal se detuvo, tomó aire y empuñó el bastón para conjurar, tranquilo y sin precipitaciones.

- Nahr deletur iri... Pero... ¡PERO SERÁS GUARRA! - gritó, fuera de sí.

Le habría salido bien, si esa diablesa vestida con lencería de diseño no hubiera parpadeado y tirado un beso a Lazhar, que inmediatamente se quedó quieto, mirándole el escote a la sayaad. ¡Esas uñas horribles lacadas en fucsia cerca del rostro del paladín! ¡Ese contoneo de caderas! ¡Y se lamía los labios! Lo que debía haber sido un hechizo sencillo y bien elaborado se convirtió en una lluvia de escarcha, ladrillos y latas de pargo de lodo en conserva que cayeron sobre la criatura y, consecuentemente, sobre el subyugado Lazhar, que salió de su embrujo a causa de semejante lapidación accidental.

- ¡IIIIH! ¡Te voy a sacar los ojoooos! - gritaba Kalervo, corriendo hacia la súcubo, bastón en mano.
- ¡Kevo!

Lazhar gruñó otra vez, mientras intentaba evitar que el mago histérico se pusiera en peligro, sin entender qué demonios le pasaba. El chico era un huracán de toga revuelta y cabellos ondeantes, circundado por un halo de energía picante y fresca que estallaba de vez en cuando descontroladamente, arrojando a su enemiga bolas de fuego, novas de escarcha y diversos artículos de belleza, especialmente rulos.

-¡¡Kevo, ya!!

El chico se detuvo al instante. Se escuchaba un ruido ensordecedor, como los pasos de una bestia gigantesca acercándose desde más allá de la colina. La súcubo recogió el látigo y se marchó  trotando, mirándoles de reojo con malicia y suficiencia.

- ¿Qué-es-eso?

Kalervo se dio la vuelta lentamente. Sus párpados se despegaron hasta que las puntas de las pestañas le rozaron las cejas, y su mandíbula se descolgó, componiendo una expresión de sorpresa y terror absolutos. Desolace ya era fea de por sí. No hacía falta esto también. ¿Es que el mundo no tenía compasión con él? No, no la tenía.

Ante ellos, una figura negruzca y rojiza, enorme como una casa, de alas membranosas y enormes cuernos, con pezuñas en los pies y una espada tan ancha como una pista de aterrizaje goblin les observaba con hambre.

- Uh...

Lazhar le miró de reojo y le hizo un gesto inequívoco. "Vete", le decía. Kalervo miró a Lazhar. Miró al Demonio tan Grande como una Casa. El paladín estaba plantado en el suelo y parecía dispuesto a provocar a aquel bicho infernal para que pudiera escapar, y para ser sinceros, Kalervo estaba de acuerdo con aquello. Si se quedó no fue por heroísmo, sino porque al darse la vuelta, cuatro brujos se habían reunido tras ellos con sus armas y sus esbirros y les miraban con sonrisa cruel.

- Hola, buenas tardes - saludó, sonriendo con inseguridad.

La cortesía no se demostró un vehículo demasiado útil en aquella circunstancia. Tras una batalla breve pero intensa, paladín y arcanista yacían inconscientes y eran arrastrados por el aquelarre sobre la tierra seca y polvorienta de Desolace.

viernes, 3 de septiembre de 2010

XXII - Del diario de Kalervo (o "Estudio sobre el paladín- II")

Querido Diario:

No he podido escribir en un par de días. Las cosas han sido un poco complicadas últimamente, y ahora me siento algo confuso... y cansado, eso también. No duermo bien por las noches. Hoy me he rendido, no voy a intentarlo más, y voy a contar lo que ha sucedido; de una vez por todas lo sacaré de mí.

Todo empezó cuando hallé aquel pedazo de manuscrito en Dalaran, el que hablaba sobre la Luna Azul y sus influencias en la naturaleza de la magia durante su fase. No estaba buscando nada. Me topé con él por casualidad, y en seguida lo relacioné con los hechizos de Arugal durante la Luna Roja. Si la Luna Roja influye en hechizos determinados, y eso creo que hacían allí, la Luna Azul sería lógico pensar que aporta sus beneficios a otros... y debe haber más. Estoy seguro de que al menos hay cuatro fases lunares.

Quiero encontrar los otros fragmentos del pergamino... pero no podía hacerlo solo. Al parecer, algunos están en manos de sátiros, y otros han cambiado de propietario con frecuencia. Los posibles dueños son criaturas peligrosas, como demonios, magos locos o nobles venidos a menos que ya no saben lo que es una rutina de hidratación facial. A los primeros no me atrevo a enfrentarme solo, y a los últimos... bien, no tengo paciencia para tratar con su conversación insípida. Necesitaba aliados. Por eso falsifiqué ese documento y le puse el sello del Kirin Tor. Pienso devolver el sello, desde luego, pero... bueno, he engañado a una traductora y a una aprendiz de piromante para que me acompañen.

Eso no me importa. No es la primera vez que engaño a alguien, y no será la última pero... sí, lo has adivinado. Se trata de Lazhar.

No sé como explicarlo... le escribí aquella carta, le cité en el Puesto del Hachazo, como a los demás y le dije que se trataba de un asunto del Kirin Tor... pero cuando me planté delante suya, fui incapaz. No pude. ¡No pude mentirle! Fue tan extraño...

Estaba allí de pie, mirándome, sus ojos grises clavados en mí, gentiles y dispuestos a escuchar cualquier cosa. Me estaba escuchando de verdad, y de repente, se me atragantaron las palabras. Me sentí muy sucio, muy mal, como si estuviera a punto de golpearle o de clavarle una astilla en la nuca mientras duerme. Nunca me había pasado algo así... aunque muchas de las cosas que siento con Lazhar no me habían pasado antes. Así que no pude hacerlo, y le conté toda la verdad. Vi la decepción en su semblante cuando le dije que había sido poco sincero con Temari y Alina. También resopló cuando le enseñé el sello robado de Dalaran, aunque le expliqué que iba a ponerlo en su sitio al regresar. Pero estaba... triste.

"¿Por qué mientes?", me preguntó con gestos. Aunque no hable, su voz siempre suena en mis oídos cuando signa. "No necesitas mentir", dijo.

Su mirada decía mucho más. "Si me mientes, me siento triste y decepcionado, porque sólo quiero ayudarte. No me lo pagues así. Confía en mí." Es lo que leí en sus ojos. Puede que lea mal... no lo sé.


¿Y qué pasa con todo esto? Pues pasa que, sin saber cómo ni por qué, terminé diciéndoles la verdad a Alina y Temari, y ellas me perdonaron y decidieron ayudarme sin más. Y ahora estoy aquí, escribiéndote y con un nudo muy extraño en el corazón. Me equivoqué. Tal vez sólo necesitaba pedir ayuda, sin más. A pesar de todo, aquí están, durmiendo. Menos Lazhar. Él está de guardia en la puerta.


Le veo desde aquí, con su pelo rojo... enredado... me dan ganas de levantarme a peinarle, ¿cómo puede llevarlo así? Se le va a estropear. Y la armadura de malla que no se quita nunca, por Belore, debe tenerla ya pegada al cuerpo. Y la corcesca al lado. Le quema las manos esa arma.

Preguntas:

a) ¿Por qué no puedo mentirle a Lazhar?


b) ¿Por qué me he sentido tan mal conmigo mismo?


c) ¿Por qué me da tanto ASCO la mera idea de decepcionarle otra vez? ¿Y por qué tengo ganas de hacerlo únicamente para que vuelva a preocuparse por mí?


d) ¿Por qué estoy mirándole y de repente me parece que todo vaya a salir bien, y realmente pueda curarme de la enfermedad, volver a dormir tranquilo y sin pesadillas?


e) ¿Por qué su influencia es tan grande sobre mi como para...

1.- Admitir que cometí un error
2.- Pedir perdón a las chicas
3.- Querer acercarme un poco a ellas y verles a todos sonreír




Me pregunto si lo que me encoge el corazón es la respuesta a todas esas cuestiones. Lo cual me lleva a otra, peor y que me da más miedo. ¿Tanto me gusta Lazhar? Quizá no. A lo mejor solo es que es paladín y las cosas son así.

Voy a dejarlo ya. No me atrevo a escribir mucho más, y me siento raro. Como si en lugar de corazón tuviera un pastel relleno de chocolate caliente y estuviera rezumando, derritiéndose como una lágrima cálida por mi pecho y mi barriga.

Intentaré dormir esta vez. Mañana volveré a contarte más cosas.

XXI - Temari, la Flor de Fuego

Es curioso como pasan las cosas en la vida, el modo en que la mano del destino, o tal vez el azar, desencadenan pasos que se convierten en el camino que se ha de recorrer. Si Kalervo Alher Fel'anath no hubiera conocido a Lazhar, tal vez nunca hubiera deseado de verdad ser mago, no habría buscado un maestro, no habría conocido a Veldemir, y si Veldemir no le hubiera llevado a Dalaran y matriculado en la Escuela de Artes Arcanas, jamás habría tenido acceso a la biblioteca de estudiantes de la Ciudadela Violeta.

Fue allí donde el joven arcanista en ciernes encontró el manuscrito astral. Lo que en él había, quizá solo podría explicarlo alguien con conocimientos mágicos, pero le revelaba conexiones importantes entre el terrible bebedizo que le habían obligado a tomar en la Torre de Arugal y las fases de la Luna. Si sólo hubiera estado completo... el muchacho lo había estudiado noches enteras, y se sentía como si tuviera en sus manos importantes piezas de un rompecabezas que encajaban en cierto modo... pero faltaba algo, algo que lo explicaría todo, algo que... quizá hallara en los otros fragmentos.

Si el bibliotecario de Dalaran no le hubiera explicado la procedencia de ese manuscrito y la necesidad de encontrar un piromante para abrir el sello de fuego una vez reunidos todos los fragmentos y poder acceder al conocimiento completo, si no fuera por eso, Kalervo no estaría ahora en la biblioteca de Lunargenta, haciéndose pasar por un enviado del Kirin Tor, con el tabardo y el sello robados, esperando a la tal Temari Solardiente.

No podía ocultar su expresión de hastío, apoyado en el quicio de la puerta mientras miraba el pergamino que había redactado. La instructora le observaba con curiosidad mal disimulada. Él levantó el rostro y le dedicó una sonrisa falsa y breve, haciéndole apartar la vista al instante.

- ¿Me buscabas?

Oh. Ahí estaba... su instrumento. Kalervo levantó la barbilla y dibujó una sonrisa de auténtica emoción, pues su aparición significaba que los problemas estaban resueltos.

- Saludos... ¿Sois vos Temari Solardiente?

La elfa asintió, frunciendo el ceño con desconfianza.

- Soy yo. ¿Quien me busca?
- Kalervo Alher Fel'anath. Trabajo para el Kirin Tor.

Quizá fue su sonrisa o su aspecto pulcro y cuidado, tal vez fue su excelente interpretación lo que convenció a Temari. Posiblemente, tuvo algo que ver el tremendo embuste con el que la sobornó, prometiéndole una beca de estudios en la mismísima ciudadela si colaboraba en el "importante proyecto" de los pergaminos.

- Acepto.

La muchacha le tendió la mano. Kalervo la estrechó y se sonrieron. "Es muy guapa", pensó, recorriendo sus rasgos con la mirada. De piel clara y cabellos dorados como la miel, tenía los rasgos delicados, tenuemente voluptuosos, un cuerpo proporcionado y sobre todo, esa actitud segura de sí misma de las chicas que saben que son guapas. Su túnica era roja, escotada, algo atrevida, y su postura absolutamente elegante cuando apoyó la mano en la cadera. Kalervo la admiró al instante.

- Bien... podemos partir hacia el Puesto del Hachazo ahora mismo, si quieres - dijo, olvidando el trato de cortesía.

La chica arrugó la nariz y pestañeó, apartándose la melena con un gesto desabrido.

- ¿Al Hachazo? Mierda, no me dijiste que fuéramos a tener que pasear entre malolientes orcos.
- Sólo será un tiempo. Además, quieres esa beca, ¿no?
- Desde luego que la quiero. Pero no creas ni por asomo que voy a arrastrarme por ella. - respondió Temari, apuntándole con el dedo. Kalervo miró el dedito, arqueó la ceja y se lo cogió, cerrándoselo en la mano.
- No me señales. Es de mala educación - sonrió. - Y no vamos a pasear entre orcos, sino entre demonios.

Emprendió el camino hacia el exterior del edificio, con la elfa andando a su lado, contoneándose y haciendo que el suelo, los edificios y la mismísima alfombra roja de la Corte del Sol cayeran rendidos a ella a cada paso.

- ¿Demonios? Maldita sea...
- ¿Asustada? - dijo con suavidad, parpadeando. Ella le fulminó con la mirada.
- Ni por a-so-mo, pequeño.
- No esperaba menos de tí. Además, tenemos un paladín en el equipo.
- No le dejaré mucho trabajo. Mi fuego consume.

Soltó una risita cristalina y seductora tras decir esto, haciendo parpadear al arcanista, que se irguió un poco más mientras la acompañaba al banco, sintiéndose un poco más bajito. Porque Temari Solardiente era una de esas chicas que miraban sin miedo al mundo, lo ponían en su plato y lo devoraban a grandes bocados, y su personalidad era tan arrolladora y flamígera como, más adelante, comprobaría que era su magia.

XX - Dalaran

- Vamos, Kal. Vas a hacerlo muy bien.

Kalervo Alher Fel'anath se miraba en el espejo, peinándose una y otra vez y estirándose bien el tabardo sobre el pecho. El reflejo del cristal mostraba un ojo dorado de mirada fija, sobre fondo violeta.

Dalaran. Estaba en Dalaran.

No, no tenía tiempo de dejarse subyugar por la maravillosa ciudad a la que había llegado sólo cruzando un portal, no tenía tiempo de abrir la boca y contemplar las altas torres y los pináculos de reluciente cristal, la maravillosa arquitectura ni las flores en las calles. Estaba en la Academia de Artes Arcanas, encerrado en uno de los baños y mirándose con atención antes de entrar a su entrevista.

Veldemir le había matriculado. Le había abierto un portal, le dio un tabardo y le mostró las instalaciones con rapidez, mientras él asentía sin prestar mucha atención. Estaba demasiado impresionado, y sabía que más tarde, recordaría cada puerta y cada escalera. Pero era toda esa magia, que flotaba por todas partes, que hacía volar la ciudad y mantenerse suspendidos los cristales púrpura y azul, eran todos aquellos hechiceros que caminaban aquí y allá, las enormes tiendas y la sensación de estar en un sueño que no le abandonaba lo que le había impedido escuchar a Veldemir. Ahora tendría que quitárselo de la cabeza por un momento.

Tomó aire profundamente, irguiéndose. No parecía un gran mago, pero no tardaría en hacerlo. Cerró los ojos por unos segundos, encomendándose a cualquier cosa y se arregló las mangas de la túnica, colocó bien la varita en el cinto y las campanadas sonaron.

- Es la hora. ¡Vamos, Kal!

Salió del baño con paso firme. Las lámparas iluminaban los amplios pasillos de la academia, las puertas labradas de color miel y las baldosas relucientes de mosaico. Desde el exterior, la enorme arcada que daba acceso a la Ciudadela Violeta, llegaba el bullicio de la ciudad más grande y transitada de Azeroth en aquellos días: el galope de los caballos, las voces, la música de las tabernas, los chasquidos de los hechizos aquí y allá. Intentó no mirar, pero miró, miró al pasar ante la gran entrada.

Las fachadas blancas con cristaleras coloridas, los tejados color violeta, la fuente y las esculturas, las anchas calles empedradas, los faroles de turquesa azul y los cortinajes de seda. Jamás en toda su vida había imaginado una ciudad más hermosa. Las atalayas se levantaban como agujas de marfil, estilizadas y livianas, coronadas por dorados capullos semejantes a los de una flor sin abrir, como dedos que se elevaban hacia el firmamento purpúreo, cuajado de estrellas tempranas. "La prueba". Se obligó a apartar los ojos y dio un saltito, caminando apresuradamente hasta el pasillo lateral.

La enorme puerta tenía una placa. La leyó. Tomó aire y llamó con los nudillos.

- Adelante - dijo una voz en lengua común.

El muchacho empujó la puerta y entró en el despacho, carraspeando. No esperó a que el humano de la toga morada y enormes hombreras decoradas le diera permiso para sentarse, no esperó a que le dirigiera la palabra. Nervioso, se sentó en la silla, apoyó las dos manos en la mesa y le miró directamente.

- Me llamo Kalervo Alher Fel'anath, soy pupilo de Veldemir Estrellasolar y él me ha matriculado aquí. Quiero estudiar y aprender magia. Quiero ser arcanista.

-...

- Diga algo.

El humano rebuscó en un cajón, le tendió una ficha, pluma y tintero y empezó a hacerle preguntas mientras él rellenaba el cuestionario.

- ¿Qué preparación previa has tenido?
- Academia Falthrien, durante doce veranos. Últimamente, en Lunargenta. Conozco varios hechizos.

"Nombre, dirección, raza, edad, absurdo". No quería entretenerse en aquello.

- ¿Tienes ataduras familiares, políticas o religiosas?
- No
- ¿Tienes problemas de salud?
- No - mintió.

"Formación, experiencia en batalla, conocimientos arcanos, responda si o no a las siguientes afirmaciones, bah". No quería entretenerse en aquello. La pluma volaba sobre el pergamino, extendiendo su caligrafía delicada debajo de cada pregunta.

- ¿Por qué quieres ser arcanista? ¿Buscas prestigio, poder o conocimiento?

Esa pregunta era más complicada. Terminó de completar el cuestionario antes de meter la pluma en el tintero y robarle un papel secante a aquel tipo, fuera quien fuese. Lo colocó sobre la página y presionó con los dedos suavemente. Después se la entregó.

- Me busco a mí. Sé que sólo me encontraré de este modo. Es mi camino.

El humano entrecerró los ojos y recogió el pergamino, dejándolo a un lado. Le miró largamente, sin decir nada. Kalervo ya había hecho pis, pero sentía que iba a tener que volver a hacerlo si no respondía de una vez ese tipo serio, que ahora estaba leyendo la hoja escrita.

- ¿Sabes? Esto que te he dado era un exámen de aptitudes teóricas. Tenías que llevártelo para traérmelo cuando lo hubieras completado.
- Ah... perdón.

El humano rió entre dientes.

- No esperaba que lo hicieras aquí, ahora, tan rápido y mientras respondías a mis preguntas. Irás a clases de segundo grado. Los horarios están en el tablón de información para estudiantes.

Kalervo no pudo reprimir la sonrisa, y casi dio un salto de la silla al incorporarse para estrecharle la mano con efusividad.

- ¡Gracias, gracias, muchas gracias señor... señor!
- Rhonin - respondió el humano, sonriendo.

Kalervo se quedó inmóvil, con la boca abierta y los ojos fuera de las órbitas. Tras unos segundos apartó la mano, azorado, carraspeó e hizo una reverencia.

- A..ah...milord...gran señor...no... perdón, perdón.
- No te disculpes - dijo el Grande, con expresión divertida - había entrado a recoger un grimorio, no sabía que tenían una entrevista hoy aquí.
- Es...es todo un honor, Gran Señor...ah...ahora...no quiero ser descortés, pero... si me disculpáis, tengo que ir urgentemente al excusado, y después encontrar un lugar mullido donde desmayarme de la impresión.
- Claro.

Kalervo salió del despacho, completamente anonadado. Le dio tiempo a hacer su pipí y, contra todo pronóstico, no llegó a desmayarse. Quizá no encontró el lugar adecuado.

Enkhe: El tesoro de mamá, la condena de papá

El despacho de Kalher era una habitación algo lúgubre, donde las luminarias arcanas relucían suavemente en las paredes. Situado en la planta superior de la vivienda, comunicaba directamente con la habitación de los dos esposos y el enorme distribuidor circular donde los libros se amontonaban en el suelo, esperando ocupar su lugar en los estantes de la nueva y laberíntica biblioteca que tanto esfuerzo y orgullo les estaba costando. Malande estaba sentada en un sillón, con las manos sobre el regazo, junto a su marido, y ambos contemplaban al chico.

En la mirada de la elfa había un deje de angustia y nostalgia, y también preocupación. Preocupación al observar el rostro severo y el rictus tenso de Kalher, que observaba a su hijo de arriba a abajo. El muchacho mantenía alzada la barbilla y una pose extrañamente digna, orgullosa, enfundado en el vestido de seda amarilla de su madre, que le arrastraba por el suelo. Un denso silencio flotaba en el ambiente, como la calma que presagiaba a la tempestad. Fue roto al cabo de largos minutos por la voz suave y átona del magistrado.

- ¿Qué demonios estabas haciendo?
- Probarme vestidos - respondió Kalervo, flemático.

Malande suspiró. Conocía a su bebé, su tesorito. Ya no era un bebé, era casi un adolescente, pero seguía siendo el mismo niño dulce, fantasioso, inteligente, creativo y frágil de siempre, nunca dejaría de serlo para ella. Le conocía y conocía esa mirada desafiante, la que lanzaba hacia su padre, con la naricita alzada y los párpados algo caídos en una mueca desdeñosa. Kalher seguía impasible.

- Ya veo. ¿Por qué?
- Me gustan.
- Kalervo... - susurró ella con suavidad - no deberías ponerte mi ropa, corazón. Eres un chico.

El muchacho la miró, asintiendo.

- Ya, ya sé que soy un chico. Pero tenía curiosidad. Y me gusta cómo me queda - añadió, sonriendo a su madre y levantando un poco el bajo con un gesto elegante y amanerado.

Malande reprimió una sonrisa suave. Si, la verdad es que estaba muy guapo.

Ella siempre había sabido que Kalervo no era un niño como los demás, desde que le tuvo en brazos por primera vez, y por muchos motivos. Su hijo tenía la gracia de las bailarinas y la belleza andrógina de los silfos, con aquel aspecto frágil y los ojos cristalinos.  Le miró, mientras el rostro de Kalher se descomponía y se ponía verde. Se parecía a ella...y también a él, cuando esbozaba esas muecas desdeñosas o chispeaba su humor inteligente. Tenía la sensibilidad de su madre y la agudeza de su padre, pero era muchas más cosas que eso. Su hijo único. Su mayor tesoro. Un tesoro con tantos aspectos y tantas caras, todas ellas adorables y maravillosas, que Malande consideraba una crueldad cercenar ninguna de ellas. No podía hacerlo, se le rompía el corazón. Pero Kalher podría, el sí.

- Escucha hijo, no puedes ponerte vestidos.

La voz de Kalher sonaba tensa, como una cuerda a punto de romperse.

- ¿Por qué? - replicó el chico, pestañeando con suficiencia - No son tan diferentes de una toga.
- Entonces ponte togas. Una toga está bien. Un vestido de fiesta, no.
-  Pero este tejido es genial. ¿Por qué no podría ponerme uno para ir a la Academia, por ejemplo?

El chico pestañeó. Su tono era escurridizo, con un desafío sutil.

- ¿Qué es lo que no entiendes? No eres tonto, no finjas que no sabes de qué hablo. No finjas que no entiendes, comprendes todo esto perfectamente. Quítatelo. Ahora.
- Papá, no hagas un drama. Solo estoy probándome vestidos, no es para tan...
- ¡Ya basta!

Malande apretó los labios. Los dedos de su esposo estaban incrustados en el sillón. El jovencito pestañeó y ladeó el rostro, sin agachar la cabeza.

- Mira... no sé que demonios tienes en la cabeza. Igual estás experimentando o sólo quieres provocar, no me importa. Puedo tolerar que seas un... desviado en tu intimidad cuando la tengas, pero NO voy a permitir que te pongas en peligro por hacer cosas... raras, como vestirte de mujer.

El tono de voz del elfo se había ido volviendo mas áspero a medida que hablaba. Las uñas de Kalher arañaban los brazos del asiento, y su rostro estaba descompuesto. Kalervo se había quedado con la boca abierta y la expresión de haber recibido una bofetada en plena cara. Su gesto se quebró en una mueca de odio. Malande tomó aire. Tenía que hacer algo...debía decir algo.

- Sólo...estaba probándose un traje. No ha...no ha avergonzado a nadie - consiguió articular con un hilo de voz.
- ¿A nadie? - la mirada de Kalher se volvió hacia ella - ¿A nadie, dices? ¡A sí mismo! ¡A mí!
- ¿Y qué es lo que te avergüenza exactamente, padre? - escupió una voz juvenil y venenosa. Kalervo recogió el bajo del vestido y lo dejó caer. - Esto es lo que soy.

Había echado la cabeza hacia adelante y observaba a su progenitor con una expresión herida y orgullosa. Malande tragó saliva. Quería levantarse y abrazarle. Quería decirle que estaba todo bien, que tal como era, era perfecto. Pero su marido estaba al borde de un ataque, estaba segura de eso. Sabía lo que Kalher opinaba al respecto de algunas cosas... y sabía que esta no era la manera. "Todo está yendo muy mal... esto es un desastre".

- ¡No eres una chica!
- ¡No quiero ser una chica!
- ¡Pues no te vistas como tal, y no te comportes como tal!
- ¡Soy así! ¡Y no pienso cambiar, nunca, jamás, jamás!

Malande se tapó los ojos. Estaba temblando. Todos aquellos gritos, el dolor... se sentía impotente. Comprendía. Comprendía demasiado bien, por eso era incapaz de reaccionar. "Si al menos pudiera hacerles entender, a los dos, entenderse..." Escuchó la silla retirarse, escuchó la bofetada y luego el rasgar de la tela.

- Eres un inconsciente. Ahora no lo ves, pero estoy haciendo esto por tu bien. Algún día me lo agradecerás. El mundo ahí afuera no es como aquí dentro... ahí no habrá nadie para protegerte de las burlas, de las agresiones ni de los peligros. - La voz de Kalher se había vuelto átona - El mundo te hará daño, hijo, mucho daño. No puedes ser así y sobrevivir.

Malande apartó las manos y se secó las lágrimas con el dorso. Su esposo estaba de pie, frente al hijo que se sujetaba el vestido roto en la cintura. Los ojos de Kalervo eran dos llamas de angustia furiosa, abrasadora. Estaba temblando en medio del despacho, apretando los dientes con las mejillas húmedas y el pelo a un lado.

Entonces el chico se recolocó los jirones de tela, cruzó los brazos en el pecho y levantó la barbilla una vez más.

- Mentiroso - murmuró. - No finjas que haces esto para protegerme. Odias cómo soy, esa es la verdad. Hubieras preferido que naciera muerto.

Kalher se inclinó hacia adelante, sin cambiar su expresión. Como si le hubieran dado un golpe en el estómago y estuviera intentando aguantarse el grito. El muchacho se dio la vuelta y caminó hacia la puerta, girándose antes de abrirla para mirarle.

- No me da miedo el mundo. ¿Crees que no lo conozco? Ya estoy viviendo en él. No me dan miedo sus espinas, estoy por encima de ellas, de todas ellas. Y también de tí.

Cuando la puerta se cerró de golpe, Malande miró a su esposo. Él le devolvió la mirada. Le temblaban las manos.

- Lo hace para provocarme... - murmuró el elfo - siempre...siempre está igual. No me soporta.
- No estoy segura de que esta vez se trate de eso, querido. Yo... mejor voy a hablar con él.

La dama abandonó la sala. Kalher se quedó solo. Cuando se quebró en un sollozo mudo y contenido, la mano con la que había golpeado a su hijo le cubrió el rostro, mientras murmuraba las palabras que nunca llegaría a decirle.