miércoles, 30 de diciembre de 2009

IX - Pequeños cambios

- Fuera de aquí.

Kalervo miró la puerta y miró al comerciante de perfumes, frunciendo el ceño, sin entender.

- Pero señor, usted necesita un escolta y yo le estoy ofreciendo algo digno. Un gran guerrero. Y a un precio módico. Es una opor...
- Fuera-de-aquí.

El elfo de cabellos rubios le miró de nuevo, como si no supiera qué hacia allí todavía, sobre su alfombra de brocado. Kalervo frunció el ceño. Odiaba muchísimo esas miradas. Era el desprecio, una fuente de alimento de la que había mamado durante toda su vida. Se dio la vuelta y abandonó la lujosa casa del barrio alto, avanzando con dignidad a lo largo de los pasillos.

Había cosido el bajo de su toga de aprendiz de arcanista y llevaba el grimorio colgando del cinturón. También el bastón a la espalda. En los últimos días, había acudido con frecuencia a la pequeña biblioteca, donde había tenido ocasión de consultar con algunos instructores, y había abandonado el traje de chaqueta para sustituirlo por las vestiduras propias de aquellos que tenían más prestigio entre su pueblo. Los magos. A pesar de todo, con un traje o con otro, no dejaba de encontrar desprecio allá donde iba. Si se mostraba amable y dicharachero, cosa inevitable por culpa de su carácter inocente, le tomaban por idiota y débil. Si se asustaba, más le acicateaban. Aquel día, había tenido que salir corriendo cuando dos brujos le amenazaron con horribles maldiciones, riéndose de el. Le habían asustado con los demonios que llevaban junto a ellos, y una de esas súcubos insidiosas le había lanzado un hechizo que le hizo seguirla como un estúpido durante minutos. Después, le habían estafado cuando intentó comprar un frasco de hierbas para la tos a un alquimista, que le dio en su lugar un laxante. Tras pasar el resto del día en las letrinas, sintiéndose ridículo, tonto y absolutamente diminuto y desgraciado, había intentado encontrar un nuevo trabajo para Lazhar y para él, acudiendo a ese comerciante que precisaba escolta para un viaje. Y tras sufrir dos ataques intestinales más y un acceso de tos violenta en el despacho del vendedor de perfumes, le echaban como a un perro.

Si, Kalervo estaba harto de que se aprovecharan de él. Estaba harto de todo el mundo en aquel instante, y la ira bullía en sus venas, en su mente, mezclándose con la autocompasión. Cuando estaba frente a la puerta, bajó la mirada y contempló la rica alfombra alargada que se extendía hasta el despacho del elfo. Contempló los altos cortinajes, pensativo. Miró alrededor y sus ojos se tiñeron de un suave resplandor azulado cuando tomó aire y abrió los dedos.

- Rûth runya - murmuró a media voz, abriendo la puerta, y cerró los dedos tras el pequeño destello rojizo.

Cerró a su espalda y salió al exterior, suspirando con cierta satisfacción.

Si, Kalervo estaba harto de ser pisoteado por aquellos que se creían más fuertes. Pero ahora, ahora había un pequeño cambio en la situación. Él ya no era débil ni inútil. Podía defenderse y podía aplastar a los que le trataban mal y le hacían enfadar. Escuchó el chisporroteo de las llamas tras de sí y sonrió animadamente, parpadeando bajo el sol.

Cuando atravesaba el Intercambio Real, un puñado de guardias cruzó a su lado a todo correr, y los gritos ahogados y el humo provenientes de la casa que ya no podía ver, ahora lejana, actuaron como un suave bálsamo en su pequeño orgullo infantil.

VIII - El instructor

La taberna del Frontal, de todos era sabido, era un lugar poco recomendable en la calle menos recomendable de la ciudad de Lunargenta. El oscuro callejón que daba cobijo al Sagrario de los brujos y la sincrética y misteriosa academia de agentes de inteligencia - que era una manera elegante de llamar a los espías, asesinos y ladrones - rara vez era visitado por la gente decente. Kalervo, como magistrado que era, no era una persona decente en el más estricto sentido de la palabra, por lo que había acudido con frecuencia al Frontal de la Muerte en busca de información para sus casos.

Lo que no había pensado jamás es que se iba a sentar en aquella taberna a media luz, con su mejor traje y su maletín, enfrente de una persona como el Señor Albagrana. Se removía inquieto en su asiento, tratando de aparentar la seguridad y amabilidad que se esperaba de un representante, sin embargo, el enorme paladín que tenía enfrente le imponía de alguna manera. No era miedo exactamente. Era... como si de pronto estuviera delante de su padre, algo parecido. Casi tan alto como Lazhar, era más ancho de hombros y espalda, su corpulencia era mayor y le hacía parecer más grande que su compañero. La armadura que llevaba, reluciente y de buen acero, también contribuía en hacer más patente su envergadura, y la expresión severa del rostro anguloso, aunque revestida con cierta placidez, no dejaba de apocarle cada vez que le miraba a los ojos.

- Así que estás buscando un instructor - dijo el elfo rubio, mirándole directamente.

Kalervo asintió con la cabeza, carraspeó y echó un vistazo a la enorme maza que reposaba junto a la silla.

- S... si, señor. Busco un instructor para mi representado.
- Para tu representado. ¿Y a quién representas?
- A Lazhar el Bravo, futuro héroe de los sin'dorei y... a Lazhar, señor.

Tragó saliva, parpadeando de nuevo. Atento a cada gesto de su interlocutor, observó cómo la mano grande se cerraba en el asa de la jarra de cerveza, le vio tragar, chasquear la lengua, lamerse los labios y pasarse el dorso sobre la barba y la boca, asintiendo, pensativo.

- Cuando te vi en el Centro de Mando, los Caballeros de Sangre se estaban riendo. ¿Por qué?

Kalervo arrugó la nariz. "Porque son tontos", pensó.

- Porque les parece extraño - respondió, en cambio - Les parece extraño que busque... que busque a alguien que ayude a Lazhar a desarrollar sus capacidades.
- Dijiste que es mudo. No puede hablar.
- Si, señor.

Al menos, el señor Albagrana no se había reído de él en el cuartel y tampoco lo hacía ahora. Cuando le había visto, Kalervo estaba enfrascado en la dura actividad de hacer comprender a los Caballeros lo que estaba buscando. Como todo el mundo sabe, hacer comprender cualquier cosa a un Caballero de Sangre es una tarea ardua y, la mayoría de las veces, inútil. Sus cerebros no están preparados para entender casi nada, mas allá de las tres premisas básicas de su orden, los axiomas en los que se sustentan: Que son los más guapos, que son los más chulos y que son capaces de manejar la Luz a voluntad, lo cual les da derecho a ser tratados como reyes y castigar a quien no lo hace.

Kalervo podría haber estado de acuerdo en las dos primeras, pero tenía sus dudas respecto a la tercera, y en cualquier caso, no entendía por qué cuando decía que Lazhar estaba mudo, todos sus interlocutores parecían volverse de repente sordos. Cuando la paciencia de los Caballeros empezaba a tocar fondo y las miradas se volvían hostiles, el señor Albagrana, que se encontraba en un rincón apartado conversando con uno de los instructores, había avanzado hacia él y le había levantado por el cuello de la chaqueta desde la nuca, había dicho adiós a todo el mundo y le había arrastrado a aquel lugar. Luego, le había invitado a un zumo - Kalervo no bebía alcohol - y se había sentado para pedirle que le hablara de Lazhar. Y por lo que parecía, había prestado atención a sus cuitas en el interior del Centro de Mando.

- ¿Por qué es mudo?
- Le... le cortaron la lengua, señor.

El señor Albagrana asintió con la cabeza y miró de reojo a Kalervo.

- ¿Y dices que puede usar la Luz?
- Un poco, señor. Le he visto hacerlo... pero... bueno, claro, no puede recitar hechizos ni invocar, ni eso.
- Comprendo.

Kalervo miró alrededor, tirándose de las mangas del traje, luego observó al paladín con curiosidad. Llevaba un tabardo negro con un sol bordado en hilo de plata en el centro, y los ojos estaban cubiertos por un resplandor dorado. Tenía cicatrices. Y emanaba un aura casi venerable que le obligaba a bajar los ojos de cuando en cuando. Se había presentado como paladín, pero no estaba seguro de si era eso lo que Lazhar quería... ni siquiera estaba seguro de que quisiera un instructor. Pero tampoco debería importarle, total, lo iba a pagar él.

- Entonces... ¿usted qué cree? - dijo al fin, mirando al señor Albagrana.
- ¿Sobre qué?
- Pues... que si cree que es posible que desarrolle sus capacidades aunque no pueda hablar.

El paladín arqueó la ceja y dibujó una sonrisa sesgada con gesto pícaro, casi travieso. Kalervo se puso un poco rojo. El señor Albagrana también era muy apuesto, aunque impusiera tanto respeto.

- No hay nada imposible, señor representante. Me gustaría conocer al tal Lazhar.

¡Qué maravilla! Kalervo se puso en pie de un salto, casi tirando la silla, y le tendió la mano.

- Gracias, señor - exclamó, estrechando la suya con ímpetu. - Muchas gracias. No se preocupe por los honorarios, yo me encargo de todo. Solo dígame cuánto y...
- Eh, eh, frena, rey - replicó el paladín. Kalervo le soltó la mano, carraspeando. - He dicho que quiero conocerle. Si la Luz le asiste, entonces ya hablaremos de honorarios. Pero no te prometo nada. ¿Entendido?
- Entendido, señor - respondió Kalervo, conteniendo el extraño impulso de ponerse firme y saludar como un soldado.
- Bien. Cítale mañana en Entrañas y veremos qué tal. Ahora, en marcha.
- Sí, señor.

Kalervo se marchó a su habitación en la casa de huéspedes, con el maletín en la mano y una sonrisa tan grande como una media luna, sin poder contener su emoción. ¡Tenía que escribir a Lazhar cuanto antes para comunicarle la noticia!

Mucho después, Kalervo se preguntaría por qué cuando Lazhar ya llevaba tiempo recibiendo instrucción del señor Albagrana, jamás había llegado ninguna factura ni el paladín les había reclamado ninguna clase de honorarios. Sin embargo, no encontró queja de ello. Por entonces ya se había acostumbrado a ese modo de actuar de ciertos paladines: Impulsivos, generosos, tozudos como mulas y muy ilógicos. Pero al fin y al cabo, como también descubriría más adelante, encantadores.

VII - Hacerse el héroe

- ¡IIIIH!

Kalervo corrió, dando saltos para alejarse del trol que le perseguía gruñendo, con cara de pocos amigos. Agitó el bastón y trató de invocar algún hechizo, pero de repente no se acordaba de ninguno. ¡Tenía mucho miedo!

- ¡Evo!

Lazhar gruñó al trol que gruñía y le golpeó con el plano de la espada en la nuca, haciéndole trastabillar y girarse hacia él. El joven magistrado respiró, mareado, intentando recuperar el aliento. Le iba a dar un ataque de asma en cualquier momento. Se dejó caer en un rincón y aspiró las sales, nervioso. ¡Malditos monstruos! No sólo había sido una aventura llegar hasta sus campamentos, en Zeb'sora, atravesando esa horrible aldea llena de insectos nerubianos de la Plaga. Ahora además, los trols asomaban entre los árboles, les acechaban desde todas partes con sus crestas de colores chillones y esas hachas inmensas. Kalervo pensó apresuradamente en todas las maneras de morir que existían en aquel lugar, a cual peor. Hecho rodajitas, asado a la parrilla, metido en una cazuela, apaleado, apedreado, convertido en gallina por los Oráculos...

- ¡VAMOS A MORIR! - exclamó fuera de si.

Lazhar le miró con extrañeza, arqueando la ceja. El trol yacía a sus pies, muerto, y la espada estaba manchada de sangre.

- Evo... shhhh - Hizo un gesto, conminándole al silencio y mirando en derredor.

Kalervo hubiera obedecido si el pánico no hubiera hecho presa en él. Temblando, volvió a gritar.

- ¡VAMOS A MORIR!
- Evo...
- ¡IIIIIH!
- ¡Evo!

Como era de esperar, los trols le habían escuchado. Y ahora otros tres se abalanzaban sobre ellos, empuñando las armas y soltando rugidos estremecedores. Eso solo provocó que Kalervo gritara más, mientras Lazhar combatía, resollando de cuando en cuando a causa del esfuerzo. Afortunadamente para todos, Lazhar el Bravo era valiente, sí, su sobrenombre le hacía justicia. Además, se defendía bastante bien en la batalla, pues, según le había contado al magistrado, había sido soldado tiempo atrás.

Sin embargo, mientras Kalervo intentaba recuperar la respiración, con el frasco de las sales temblándole en las manos y encogido, con la espalda pegada contra el árbol, los enemigos habían cercado al pelirrojo. Un golpe seco le hizo caer hacia atrás.

- ¡Lazhar, cuidado, cuidado! - exclamó, mirando alrededor. Era momento de huir. Bien, no estaba bien dejar a un representado solo ante la muerte inminente, menos aún a uno tan guapetón como Lazhar, pero Kalervo había tenido bastantes heroicidades por ahora. Intentó ponerse en pie para escapar, y entonces vio el resplandor.

¡Se le abrieron los ojos como platos! Abrió la boca y se le cayeron las sales al suelo. Porque Lazhar el Bravo, con una mano alzada, estaba invocando la Luz para sanarse, y un haz brillante, dorado, se precipitó sobre su cuerpo embutido en la armadura, con un sonido cálido, de cascabeles o campanillas.

Anonadado, Kalervo se olvidó de lo que estaba haciendo allí. Solo podía mirar la escena. Un martillo dorado descendió del cielo y golpeó en la cabeza a uno de los trols de cresta púrpura, haciéndole caer al suelo con la lengua fuera. Y la espada de Lazhar derribó a otro. Pero quedaba uno, y ese último se abalanzaba sobre el guerrero, con el hacha dispuesta a tomar su vida.

- ¡Talion Helka! - exclamó Kalervo, extendiendo las manos hacia adelante casi sin darse cuenta. La magia chispeante recorrió su cuerpo y su sangre, y entre los dedos sintió la textura fresca, gélida.

Lazhar se volvió hacia atrás justo a tiempo, y reculó un par de pasos. El trol gruñía y miraba al suelo, empuñando el hacha. Una capa de hielo se había cerrado a sus pies, impidiéndole moverse. Con una exclamación acerada, Lazhar se arrojó sobre su rival y el mandoble giró en el aire, la sangre salpicó y saltó, y cuando el hielo se deshizo, el cadáver del trol del bosque cayó sobre la hierba, sin cabeza.

Suspirando, el futuro héroe de los sin'dorei se volvió hacia su representante, con el ceño fruncido. Kal resopló y bajó la cabeza. No necesitaba que hablara, podía leer muy bien esa expresión, así que volvió a mirarle, tratando de explicarle lo horrible que era todo aquello.

- Es que me he asustado. ¡Hay muchos! Y todos quieren matarnos, y comernos, y... ¡Vamos a morir!
- EH

Kalervo parpadeó, a punto de entrar de nuevo en un bucle de horror y pánico y desesperación, pero el gesto firme que hizo Lazhar con la mano le hizo callar al momento. Luego los ojos grises se fijaron en él y el combatiente volvió a gesticular, señalándole a él, luego a sí mismo y empuñando la espada. Después se pasó el dedo por el cuello y negó con firmeza. "Nadie va a morir aquí", quería decir. Kalervo se mordió el labio y asintió.

- Te he visto usar la Luz - murmuró.

Lazhar asintió. Luego se señaló el ojo y le señaló, removiendo los dedos y poniendo la inequívoca e inconfundible cara de mago, capaz de reconocerse en cualquier lugar. A continuación volvió a sonreír. Al parecer, no estaba demasiado enfadado. Kalervo se alegró de no haber huido como una rata, por un momento muy corto y breve. Luego volvió a mirar el espeso bosque y suspiró con gran desazón.

- Quiero irme a casa - dijo, haciendo un puchero. Lazhar recogió la cabeza de trol cortada y asintió, indicándole que habían terminado el trabajo, sin perder la sonrisa. Le sangraba un brazo, pero no parecía importarle.

Se encaminaron de regreso a la ciudad, Kalervo recogiéndose las faldas y con el bastón a la espalda, Lazhar, haciendo girar la espada en una mano y con la cabeza del trol en la otra, sujetándola de la cresta.

- Vaya susto me has dado. ¿Quien te manda hacerte el héroe viniendo aquí? - le reprochaba Kalervo, limpiándose una lagrimilla de pura tensión que le corría por la mejilla. - No sé por qué te hago caso.

Lazhar frunció el ceño, mirándole con extrañeza, y le señaló.

- Ah... es verdad. Que ha sido idea mía. Bueno, pero la próxima vez intentaré no hacerme caso. ¡He pasado mucho miedo! ¿Y has visto esos gatos? ¡Eran muy grandes! Y no me gusta cómo nos miran los trols, además... ¿Por qué está esto lleno de setas verdes? ¡Este bosque parece un plato de comida que se ha dejado fuera demasiado tiempo, con tanto moho y musgo y...! ¿Como has hecho eso de la Luz?

Lazhar se encogió de hombros y sonrió a medias, mientras un halo dorado surgía del suelo y le cubría por completo.

Increíblemente, para sorpresa de Kalervo, ambos llegaron vivos a la ciudad. Como había dicho Lazhar, nadie murió ese día, ni al siguiente, ni al otro.

VI - Hacer un héroe

Kalervo suspiró, enroscó la tapa de su frasquito de sales y se miró en el espejo de cuerpo entero, reflexionando profundamente. Pasó la manga sobre el cristal polvoriento. Había traído aquel espejo desde Lunargenta, en los Claros de Tirisfal nadie quería mirarse para ver qué tal le sentaba la ropa. Cosa que comprendía a la perfección, los renegados tenían la desagradable costumbre de ser feos y aterradores, y dudaba que encontraran ningún placer en observarse a sí mismos.

Pero Kalervo gustaba de contemplarse. Se cepilló el pelo, atento a las suaves ojeras que circundaban su mirada verdeante, la palidez enfermiza de la piel y los huesos de las clavículas, que se le marcaban más de lo que le gustaría. Una cosa era conservar la línea y otra ser sólo líneas. Se imaginó a sí mismo como un monigote hecho con palotes y arrugó la nariz. Se estaba quedando en los huesos.

- Pronto acabaré pareciéndome a uno de los renegados - suspiró, con un pitido rasposo al exhalar el aire entre los dientes.

Recogiéndose el cabello, se ajustó la toga nueva y contempló su imagen. Si. Casi parecía un hechicero. Una oleada de nostalgia le hizo saltar las lágrimas.

Tiempo atrás, en un pasado lejano, en un verano imposible, sus padres le habían enviado a la Academia Falthrien durante tres meses. Era un elfo de Quel'thalas, era un descendiente del pueblo que había visto nacer la magia y la había desarrollado hasta límites imposibles de imaginar. Y pertenecía a una familia acomodada y prestigiosa, de la baja nobleza. Tenía que aprender algo de magia. Nunca pensó que tuviera que usarla, pero ahora había llegado el momento.

- Vamos, Laz - se dijo en el espejo, señalándose - no puedes depender de los demás. Estás haciendo un héroe, y tienes que acompañarle. ¿Qué clase de representante serías si no? Pues un desastre, eso digo yo.

Asintió a su propio rostro, con las cejas levemente fruncidas, y se ajustó el cinturón, recogiéndose los faldones. Abrió el estuche con su bastón nuevo y lo tomó entre los dedos, haciéndolo girar como había visto hacer a veces a las bailarinas. Sonrió a medias. Luego se colgó el grimorio elemental que le habían regalado al cumplir la mayoría de edad, con los hechizos básicos de cualquier principiante pardillo.

Se apresuró en bajar las escaleras, correteando algo nervioso, y saludó alegremente con la mano a los renegados del Mesón la Horca, que le miraron con una mezcla de indiferencia y desprecio. Para variar. En fin, ellos eran así. Al salir al exterior, el enorme guerrero le esperaba allí.

- ¡Hola Lazharillo! - Exclamó muy ufano.

Lazhar sonrió afablemente, y Kalervo sintió como si un ratón le mordiera en la barriga al verle. Su propia sonrisa se dibujó sola, más ancha, en respuesta a la del elfo.

Además de guapo, Lazhar era muy agradable. Sonreía a menudo, y le trataba bien. Puede que no fuera un conversador excepcional, pero dadas las circunstancias, Kal se lo perdonaba. Además, nunca le interrumpía cuando se ponía a contarle todas las cosas... lo que fuera que le contaba, ni él mismo lo sabía. El caso es que le caía de maravilla y era muy feliz teniéndole cerca. Sobre todo ahora.

Repasó con la mirada el aspecto de Lazhar el Bravo, para evaluar su trabajo. Se había cortado el pelo, aunque el resultado era un tanto irregular. Los trasquilones eran visibles, pero había mejorado comparado con el aspecto que presentaba semanas atrás. La roja cabellera brillaba como una llama, tenía un aspecto sano y lustroso y la piel levemente atezada resplandecía, los dientes relucían, blancos y bien alineados cuando mostraba aquella sonrisa encantadora que le provocaba cortes de digestión. Y la armadura nueva era mucho mejor que la anterior. Bueno, si, unas piezas eran distintas de otras y tenía un aspecto un poco bárbaro, pero sin duda, su presencia imponía.

A Kalervo así se lo parecía, y se lo hizo saber.

- Jolin, ya pareces un héroe.

Lazhar asintió a medias, sin perder la sonrisa optimista. Luego dio un mordisco al enorme pastel de carne que estaba comiendo. Había sido un poco caro costear tanto acero, e invitarle a comer no era moco de pavo. Lazhar tragaba como no había visto a nadie comer en su vida. Parecía que no se llenaba nunca, pero Kal consideraba que un cuerpo tan grande necesitaría mucho alimento para mantenerse en forma. Además, consideraba aquello una inversión.

Lazhar le hizo un gesto, señalándole la toga y el bastón y arqueando la ceja con curiosidad.

- ¿Eh? Ah. ¡Oh! - Kal se tiró del cinturón, pisándose las puntas de las botas. - Bueno, ya tenemos un trabajito en Quel'thalas. Y voy a acompañarte, claro. Soy tu representante, y tengo que cuidar de ti.

En el universo de Kalervo, aquella frase no era nada absurda. Quizá porque en su universo, el hecho de que Lazhar midiera dos metros y su brazo fuera más ancho que la pierna del magistrado, eran cosas completamente irrelevantes para necesitar protección. Sin embargo, Lazhar tampoco parecía ofendido por ello. Se limitó a sonreír otra vez y poner cara de tío duro, flexionando los músculos.

- Ya sé que eres muy fuerte, pero aun así. Además, tendré que decirte a quién hay que matar y todo eso, ¿Verdad?

Lazhar arqueó la ceja. Kalervo carraspeó y rebuscó en la bolsa, mostrándole un papelito con algo escrito.

- Trabajo para un campeón, Lazharillo. Hay problemas con los trols en el bosque Canción Eterna ¿Qué me dices? ¿Vamos allá?

Lazhar asintió y se puso en camino hacia la Ciudad de Entrañas, seguido por su representante y abogado, que esta vez empuñaba un bastón en lugar de un maletín y se recogía los faldones para no pisar los charcos. Kalervo observó a Lazhar. Sin ninguna duda, ahora parecía un poquito más presentable. Ahora tendrían que enfrentarse a la parte más complicada en el proceso de hacer un héroe...

martes, 29 de diciembre de 2009

V - Lazhar el Bravo

¿Nunca os ha pasado que, al caminar por la calle y ver pasar a alguien, sin saber por qué, sentís una fuerte impresión y os giráis para mirarle, asombrados? ¿Nunca os ha pasado que, al conocer a una persona, de repente no sabéis que decir y pensáis que es un sueño hecho realidad, se os seca la boca y sólo podéis contemplarle como tontos? ¿Nunca habéis sentido como si un ejército de kodos pasara en tropel sobre vuestro corazón con sólo contemplar una mirada, o atisbar una silueta desconocida? ¿Habéis oído hablar del amor a primera vista?

Bien, Kalervo había leido muchos libros de amor, porque eran sus favoritos, además de los de aventuras. Sabía lo que era enamorarse, el amor, amor a primera vista, la pasión loca y todo eso. Las novelas románticas tórridas eran su gran afición así que, al menos, conocía la teoría. Sin embargo, Kalervo nunca se había enamorado. Al menos, no que él recordara. Tampoco supo reconocer la sensación al principio, cuando, una tarde de otoño, entró a la taberna de Rémol, aspirando las sales para mitigar el olor infame del lugar y con su pulcro traje y su maletín de piel en la mano. Y vio a Lazhar.

Al principio, como suele suceder en estos casos, confundió el violento acceso de tos y las náuseas que se despertaron en su estómago, con una de sus múltiples enfermedades, reales o inventadas. Pero por un momento se quedó mirando a aquel elfo enorme con el pelo rojo como una llamarada que, de espaldas a él, sentado en una mesa, se quitaba unos brazales de malla rotos.

Allí, en el Mesón La Horca, en la pequeña aldea de Rémol, el magistrado Kalervo conoció a Lazhar. Y lo conoció de la manera más sencilla, inocente y primitiva del mundo. Porque Kalervo, sin necesidad de más excusa que el pelo tan bonito, aunque sucio, que tenía aquel elfo, avanzó hacia él con su maletín y le saludó alegremente, fino, educado y cortés.

- Buenas tardes.

El elfo le miró y sonrió. Kalervo se sintió blandito como un peluche sólo con ese gesto. Sí, porque a Kalervo nadie le había sonreído con franqueza en mucho, mucho tiempo. Y no necesitó más para sentarse ahí con su maletín y decidir que el elfo guapo y pelirrojo le caía bien.

- ¿Se te ha roto la armadura?

El elfo asintió con la cabeza, con una vaga sonrisa insegura. De pronto, las tripas le rugieron y Kalervo arqueó la ceja. El desconocido afinó los labios y carraspeó, volviendo la mirada.

- Ahí enfrente hay una herrería, la pueden reparar. - Prosiguió él, dejando el maletín sobre la mesa. - ¿Eres un guerrero?

El desconocido asintió con la cabeza. "Jolín, que guapo es", pensó Kalervo de inmediato. Y es que se lo parecía. Aunque olía mal y estaba sucio, sus rasgos eran muy atractivos, masculinos y algo duros, suavizados por la sonrisa humilde y los ojos claros. Le inspiró confianza al momento. Y tampoco necesitó más para saber que aquella era una buena persona. Un guerrero altísimo, enorme, muy guapo, y que parecía un héroe viejo y olvidado de las historias que leía de pequeño. Sí, un héroe, eso le parecía.

- ¿Cómo te llamas? - preguntó, sonriendo.

El desconocido hizo un par de gestos, carraspeó y miró alrededor, frunciendo levemente el ceño. Kalervo le miró con extrañeza. Lazhar bajó la mirada y agachó las orejas. Y Kalervo abrió los ojos como platos.

- ¿No puedes hablar?

El desconocido negó. "Vaaaaaaaya", pensó Kalervo. Así que estaba mudo. Qué cosas. Rebuscó en su maletín y le tendió un papel y un carboncillo afilado, con una sonrisa.

- Yo me llamo Kalervo. Kalervo Alher Fel'anath.

El desconocido le miró y volvió a sonreír con calidez, despertándole otro acceso de náuseas. Y es que el amor a primera vista, sobre todo si es el primer amor, tiene síntomas muy similares a los cólicos, o al menos así era en el caso de Kalervo, que aspiró sus sales. Luego leyó el papelito que le tendía el héroe pelirrojo. "Lazhar". Eso ponía.

- Lazhar. ¡Hola, Lazhar! Encantado de conocerte.

Kalervo sonrió. Y Lazhar sonrió.

Momentos después, el joven magistrado se había convertido en el representante de Lazhar el Bravo, futuro héroe de los sin'dorei, y le insistía animosamente en que tenía que lavarse el pelo, vestir una armadura mejor y, por supuesto, dejarle administrar su dinero. Kalervo pensaba que Lazhar era el ser más apuesto que jamás había conocido, pero tenía ya un desarrollado sentido de la conveniencia. El guerrero no se opuso. Sólo parecía tener dudas respecto al tema de convertirse en héroe. Se comunicaban con cierta dificultad, pero de alguna manera, con los gestos de Lazhar y las breves frases que dejaba escritas en el papel, se estaban entendiendo.

- Tú no te preocupes por eso - insistió Kalervo, muy decidido. - Yo me encargo de todo. Te arreglaremos, te compraremos una armadura nueva y yo te haré publicidad. Tengo contactos, encontraremos grandes misiones para ti y te harás famoso. ¡Ganaremos mucho dinero!

Lazhar sonrió. Kalervo sonrió. Y todo parecía fantástico.

Quizá gran parte de esta curiosa asociación tuvo lugar por la circunstancia de que Lazhar era mudo y no podía argumentar nada para oponerse a ser representado y convertido en héroe. También es posible que influyera el hecho de que Kalervo era un gran orador y parecía convincente. Y realmente, en aquel momento no le importaba demasiado la opinión de Lazhar. Tenía en sus manos una oportunidad de volver a levantar cabeza.

Después del último año, abriéndose paso en un mundo de lobos, había conseguido volver a la magistratura, el oficio que se había visto obligado a abandonar por su estancia en Colmillo Oscuro. Estancia que prefería recordar ahora como "año sabático" y de la que aún tenía graves secuelas en su mermada salud. Las cosas habían ido bien, al menos hasta el mes anterior, cuando perdió un caso importante y se vio de patitas en la calle. Pero si conseguía hacer de aquel Lazhar el héroe que ya era en su imaginación, podría hacerse rico otra vez, comprar muchos frascos de sales e incluso ir a un balneario de vez en cuando.

- Necesitas un nombre de héroe - decretó Kalervo, muy decidido. Lazhar arqueó la ceja. Él asintió. - Claro. Todos los héroes tienen un nombre de héroe. Como Uther el Iluminado, o Danath Aterratrols, y esas cosas.

Lazhar se encogió de hombros, algo perplejo.

- Serás Lazhar el Bravo. ¿Te gusta?

Los ojos azules se iluminaron y el elfo volvió a sonreír, asintiendo con la cabeza e hinchando el pecho. Le gustaba. Kalervo se quedó deslumbrado un momento al verle erguirse, y al momento se convenció definitivamente de que aquel tipo ERA Lazhar el Bravo, y era un Campeón.

IV - Mundo de lobos

Kalervo Alher Fel'anath, hijo de Kaler Fel'anath, magistrado y hombre de leyes, no era un chico fuerte. A sus ciento veinte años y aparentando poco más de sesenta o noventa, era muy muy consciente de su aspecto frágil, y muy muy consciente de que ese aspecto era fiel a la realidad. Se sabía débil y se sabía pequeño. Afortunadamente, Kalervo no era tonto. Era ingenuo, pero inteligente. Por eso, cuando llegó a las tierras de los Renegados, tosiendo y estornudando y con el aspecto de una presa perfecta, se apresuró en presentarse como magistrado de Quel'thalas.

- ¿Quién te envía, elfo? - replicó uno de los ejecutores.

Las miradas suspicaces de los renegados no le gustaron. No, no le gustaban nada. Se dio ánimos y se sonó los mocos, intentando no echarse a llorar. Aquella gente no era nada simpática, además su aspecto era aterrador, por no hablar del olor que desprendían. Sus ojos amarillos le observaban, burlones. No era la primera vez que veía esas miradas, pero Kalervo era muy ingenuo y a pesar de su largo historial, aún no sabía reconocer con claridad la avidez maligna que se despierta en las personas, estén vivas o muertas, cuando encuentran a alguien como él. Alguien a quien no es difícil hacer sufrir. Alguien de quien no cuesta demasiado reírse. La presa perfecta.

Aunque no fuera capaz de definirlo de esta manera, el ambiente no le daba buena espina. Así que se tragó el miedo y las ganas de hacer pis, mirando hacia atrás. Entre los renegados y los lobos prefería, sin duda, a los renegados. Y empezó a mentir como un cosaco, inventando a toda velocidad.

- ¿Que quién me envía? Oh, por Belore. Lo importante no es quién me envía, sino a dónde voy. Tengo que llegar a Entrañas urgentemente por asuntos de diplomacia, caballero. Le ruego no me entretenga más. Tengo que tomar el próximo murciélago. Cof, cof.

Los guardias del sepulcro se miraron, con una sonrisa fúnebre, y le observaron de arriba a abajo. La toga desgarrada, el aspecto enfermizo y esa maldita tos no le eran de ayuda para aparentar ser alguien respetable. Mas bien parecía un mendigo.

- Asuntos de diplomacia. - repitieron los guardias. Luego se miraron. Luego se echaron a reír. - no pareces un diplomático.

- Sufrimos un asalto en el camino. Un bandido... nos atacó - inventó. - Mataron a mi compañero, me lo robaron todo. He conseguido huir por muy poco.

Kalervo tragó saliva. Empezaba a ponerse nervioso. Tenía que salir de allí, darse un baño y buscar un traje. Empezó a pensar a toda velocidad, mirando alrededor, cuando el familiar graznido de un zancudo le hizo girarse. ¡Un elfo! ¡Un sin'dorei! Ni siquiera se detuvo a mirar su aspecto cuando el elfo se detuvo a conversar con los guardias. De puntillas, disimuladamente, se hizo a un lado y miró alrededor. Corrió hacia uno de los comerciantes y se arrancó su precioso relicario enjoyado del cuello, miró una última vez la miniatura con forma de fénix y se la entregó a la mujer muerta, que le observaba con expresión vacía.

-¿Cuánto me da por él? - preguntó, apresuradamente.

La renegada le observó. Sonrió. Y respondió.

- Dos platas.

Kalervo abrió los ojos como platos. Apretó los puñitos y se aguantó el lagrimón, tendiendo la joya a la estafadora mujer muerta y corriendo hacia el vuelo, con las dos monedas de plata en las manos. Al salir corriendo, tropezó con el sin'dorei recién llegado, que le empujó a un lado.

- Mira por donde andas, renacuajo.
- Per...perdón señor. - trastabilló, recogiéndose el faldón roto. - Yo... tengo que... tengo que llegar a... a Entrañas... necesito ayuda...
- Tsk... - el elfo le miró de arriba a abajo, con una sonrisa maliciosa. - Mira qué aspecto tienes. Pareces una niña y además vistes como un pedigüeño.
- Es que... verá... me han pasado cosas horribles - intentó explicar.

Un salivajo caliente le golpeó en la mejilla, el gesto de desprecio le cortó la respiración. Por un momento se sintió morir.

- Shindu. - Espetó el desconocido con dureza. - Me revuelves el estómago. Quita de mi camino.

Kal quiso decir algo, pero el elfo ya se marchaba. Le miró. Iba vestido de cuero negro, una abultada bolsa colgaba de su cinturón, y una daga estrecha y brillante. Un pensamiento fugaz, impulsado por la injusticia de su situación y la necesidad desesperada de sobrevivir, por el miedo atroz y la rabia ante la actitud de aquel caballero, le cruzó por la mente. Se lamió los labios. Miró alrededor, contemplando los rostros de los renegados, tan siniestros, acechantes, como si esperasen cualquier excusa para... Con un fogonazo de ira en su pequeña mente, señaló al elfo vestido de cuero y empezó a gritar en orco.

- ¡Asesino! ¡Ladrón! ¡Es él!

El elfo se volvió, sorprendido. Los renegados le miraron, frunciendo el ceño.

- ¡Fue él quien nos asaltó, a mí y al Magistrado Alorien!¡Asesino!¡Asesino!

Rápidamente los guardias les circundaron. Comenzó la lluvia de preguntas. El elfo miraba a Kalervo con expresión incrédula, mientras se defendía de las acusaciones con cierta inseguridad. No parecía capaz de explicar de dónde venía ni a donde iba, ni siquiera era demasiado claro respecto a su identidad. El joven magistrado entendió rápidamente que, si bien no era cierto que le hubiera atacado a él ni al inexistente Magistrado Alorien, aquel sin'dorei no era trigo limpio, probablemente fuera en realidad un asesino o un espía. Y eso le daba mucha ventaja en la argumentación.

Cuando los guardias de El Sepulcro se llevaron al elfo desconocido y le entregaron a él la faltriquera tintineante, llena de monedas, Kalervo sintió un escalofrío placentero y maligno en su interior. La mirada cruel y vengativa que le dedicó el desconocido, mientras era arrastrado a empujones hacia el mausoleo cercano, no le afectó lo mas mínimo. Le pasase lo que le pasase, se lo merecía, por haberle tratado mal.

- Espero que se haga justicia - dijo Kalervo a los mortacechadores, que le miraban de reojo con gran frialdad.

Acto seguido, se dirigió al vuelo y compró un pasaje hacia Entrañas. Una sensación de satisfacción se extendió por todo su ser mientras volaba hacia la ciudad. Si, los lobos estaban en todas partes. En los días que siguieron, Kal aprendería a envenenarles antes de que le mordieran.

lunes, 28 de diciembre de 2009

III.- El príncipe de los tejados

Era una noche de luna llena. Los lobos aullaban, los murciélagos gritaban y el mundo parecía un lugar horrible se mirase a donde se mirase. Bajo la atención de las estrellas, un joven elfo corría sobre los tejados de un castillo en ruinas. El viento fresco le golpeaba el rostro y le agitaba el cabello oscuro, sucio y grasiento que se le pegaba a la frente. La piel pálida, algo verdosa, mostraba un aspecto enfermizo y vulnerable; tosía con frecuencia mientras avanzaba. Los enormes ojos verdosos brillaban como grandes ventanales en la carita redonda, tiznada de hollín, con expresión asustada, y la figura ligera, escuálida y delgada, se movía con cierta torpeza sobre las techambres. A la espalda, llevaba una bolsa con un montón de libros. Mientras caminaba sobre las tejas sueltas, algunos se caían y se estrellaban contra el suelo del patio, haciendo ladrar a los perros.

Haciendo equilibrios sobre los canalones, dando saltos y arremangándose la toga rasgada, el elfo miraba hacia las murallas que le separaban del bosque. Las estrellas aguantaron la respiración cuando se tambaleó al borde de un alero. "Uy, uy, uy", dijo el Príncipe de los Tejados, extendiendo ambos brazos para mantenerse firme. Y cuando su cuerpo se inclinaba hacia el vacío, por primera vez en mucho, mucho tiempo, Kalervo tuvo suerte.

El viento cambió de dirección y sopló hacia el este, empujándole con suavidad y ayudándole a afianzar los pies. La bolsa de libros se cayó y golpeó la cabeza de un ferocani, metros más abajo. El animal gruñó y volvió la vista hacia él, furioso, un momento antes de derrumbarse sin sentido en el suelo.

- Jolín - maldijo el Príncipe, chasqueando la lengua. Luego volvió la mirada hacia las almenas y tomó aire con fuerza, imaginando que el bosque y el cielo, el viento y las escasas nubes le daban ánimos. "¡Vamos, Kal!" "¡Vamos, Kal!", le parecía escucharlos, quería escucharlos, necesitaba escucharlos. Respiró profundamente, contó hasta tres y echó a correr por el tejado, una sombra apresurada con el vuelo de la toga tras de sí, con los ojos cerrados, con el corazón en un puño, con el miedo martilleando violentamente en las venas, pero sin detenerse.

"¡Vamos, Kal, vamos!"

- ¡Vamos, vamos! - se gritó a sí mismo, incapaz de separar los párpados, jadeando.

Y la luna parpadeó. Las estrellas cruzaron los dedos. El viento se tapó la cara. Y Kalervo saltó a las almenas, corriendo como jamás había corrido, impulsándose como nunca lo había hecho. Sintió el vacío bajo sus pies y le pareció que se le detenía la respiración cuando abrió los ojos y extendió los dedos, lanzó los brazos hacia adelante.

- ¡IIIIIH! - gritó, cuando se aferró a la piedra dura y fría, con todos los músculos tensos y la sensación inequívoca de estar al borde de la muerte.

- ¡AUUUUU! - aullaron los lobos, los ferocani y los huargos, que salieron al patio en desbandada, ladrando, gruñendo y agitando sus melenudas cabezas.

Cientos de ojos rojos se posaron sobre la pequeña figura que colgaba de la muralla, pateando e intentando escalar con las zapatillas de tela.

"¡Vamos Kal, vamos!¡Vamos Kal, vamos!" se repetía, lo repetía el mundo a su alrededor, porque necesitaba oírlo, porque necesitaba escucharlo. Y si el mundo no se lo daba, el Príncipe de los Tejados tenía que inventarlo. Así que, con todos sus ánimos y los ánimos de su universo de fantasía, se impulsó hacia arriba, gritando como una niña o un crío asustado, incrustó la punta de las zapatillas entre dos sillares y trepó, trepó, trepó hasta caer, jadeando y agotado, sobre el borde del muro.

Miró al cielo por un momento. Casi lo había conseguido. Ahora tenía que saltar al otro lado. Asomándose con precaución, el Príncipe de los Tejados observó el puente y el foso, y mas allá, los árboles altos y negros del bosque de Argénteos.

Y recordó la Academia Falthrien. Recordó saltar desde arriba con Asthien y Lisde, sosteniendo la pluma de dracohalcón y sonriendo, recitando el hechizo que les habían enseñado. Recordó el viento suave que le envolvía entonces, de aroma chispeante y fresco, sosteniéndole hasta tocar el suelo. Y frunciendo el ceño, rebuscó en su bolsa hasta encontrar la vieja pluma estropeada que siempre llevaba con él, el recuerdo de los únicos amigos que había conocido en un verano antiguo que parecía haber tenido lugar mucho, mucho tiempo atrás. Antes de que el mundo se volviera horrible y hostil y todo empezara a salirle terriblemente mal.

Sujetó la pluma entre los dedos y se concentró, mirando hacia abajo. Recordaba las palabras de aquel conjuro con claridad, y las hizo salir entre sus labios con la voz algo temblorosa.

"¡Vamos Kal, vamos!", habría gritado Asthien, animándole con los puños en alto. "¡Vamos Kal, vamos!", habría gritado Lisde, sonriendo y mirándole a través del largo flequillo. Les imaginó con claridad, apretó los dientes y saltó, aferrando aquella pluma como lo que era: su última esperanza de escapar y sobrevivir.

Y el Viento Abisal se enredó a su alrededor con la caricia chispeante y mentolada de siempre, el abrazo arcano le envolvió y le hizo flotar, dejándole caer con suavidad hacia el puente, más allá de los ladridos de los perros, más allá de Arugal, más allá de todo.

- ¡Cha chaaaan! - exclamó el Príncipe de los Tejados, posando los pies en la plataforma de madera.

Exultante y algo incrédulo, riendo y llorando a la vez, se volvió hacia la muralla e hizo una reverencia, antes de salir corriendo hacia el camino, limpiándose las lágrimas y sorbiendo por la nariz, estornudando, tosiendo y cansándose enseguida.

- ¡Vamos, Kal, vamos! - se dijo, emprendiendo de nuevo la carrera.

Y la vocecita suave y bien timbrada se perdió rumbo a Entrañas, dejando sus ecos delicados resonando tenuemente en el negro bosque de Argénteos.