viernes, 3 de septiembre de 2010

XXI - Temari, la Flor de Fuego

Es curioso como pasan las cosas en la vida, el modo en que la mano del destino, o tal vez el azar, desencadenan pasos que se convierten en el camino que se ha de recorrer. Si Kalervo Alher Fel'anath no hubiera conocido a Lazhar, tal vez nunca hubiera deseado de verdad ser mago, no habría buscado un maestro, no habría conocido a Veldemir, y si Veldemir no le hubiera llevado a Dalaran y matriculado en la Escuela de Artes Arcanas, jamás habría tenido acceso a la biblioteca de estudiantes de la Ciudadela Violeta.

Fue allí donde el joven arcanista en ciernes encontró el manuscrito astral. Lo que en él había, quizá solo podría explicarlo alguien con conocimientos mágicos, pero le revelaba conexiones importantes entre el terrible bebedizo que le habían obligado a tomar en la Torre de Arugal y las fases de la Luna. Si sólo hubiera estado completo... el muchacho lo había estudiado noches enteras, y se sentía como si tuviera en sus manos importantes piezas de un rompecabezas que encajaban en cierto modo... pero faltaba algo, algo que lo explicaría todo, algo que... quizá hallara en los otros fragmentos.

Si el bibliotecario de Dalaran no le hubiera explicado la procedencia de ese manuscrito y la necesidad de encontrar un piromante para abrir el sello de fuego una vez reunidos todos los fragmentos y poder acceder al conocimiento completo, si no fuera por eso, Kalervo no estaría ahora en la biblioteca de Lunargenta, haciéndose pasar por un enviado del Kirin Tor, con el tabardo y el sello robados, esperando a la tal Temari Solardiente.

No podía ocultar su expresión de hastío, apoyado en el quicio de la puerta mientras miraba el pergamino que había redactado. La instructora le observaba con curiosidad mal disimulada. Él levantó el rostro y le dedicó una sonrisa falsa y breve, haciéndole apartar la vista al instante.

- ¿Me buscabas?

Oh. Ahí estaba... su instrumento. Kalervo levantó la barbilla y dibujó una sonrisa de auténtica emoción, pues su aparición significaba que los problemas estaban resueltos.

- Saludos... ¿Sois vos Temari Solardiente?

La elfa asintió, frunciendo el ceño con desconfianza.

- Soy yo. ¿Quien me busca?
- Kalervo Alher Fel'anath. Trabajo para el Kirin Tor.

Quizá fue su sonrisa o su aspecto pulcro y cuidado, tal vez fue su excelente interpretación lo que convenció a Temari. Posiblemente, tuvo algo que ver el tremendo embuste con el que la sobornó, prometiéndole una beca de estudios en la mismísima ciudadela si colaboraba en el "importante proyecto" de los pergaminos.

- Acepto.

La muchacha le tendió la mano. Kalervo la estrechó y se sonrieron. "Es muy guapa", pensó, recorriendo sus rasgos con la mirada. De piel clara y cabellos dorados como la miel, tenía los rasgos delicados, tenuemente voluptuosos, un cuerpo proporcionado y sobre todo, esa actitud segura de sí misma de las chicas que saben que son guapas. Su túnica era roja, escotada, algo atrevida, y su postura absolutamente elegante cuando apoyó la mano en la cadera. Kalervo la admiró al instante.

- Bien... podemos partir hacia el Puesto del Hachazo ahora mismo, si quieres - dijo, olvidando el trato de cortesía.

La chica arrugó la nariz y pestañeó, apartándose la melena con un gesto desabrido.

- ¿Al Hachazo? Mierda, no me dijiste que fuéramos a tener que pasear entre malolientes orcos.
- Sólo será un tiempo. Además, quieres esa beca, ¿no?
- Desde luego que la quiero. Pero no creas ni por asomo que voy a arrastrarme por ella. - respondió Temari, apuntándole con el dedo. Kalervo miró el dedito, arqueó la ceja y se lo cogió, cerrándoselo en la mano.
- No me señales. Es de mala educación - sonrió. - Y no vamos a pasear entre orcos, sino entre demonios.

Emprendió el camino hacia el exterior del edificio, con la elfa andando a su lado, contoneándose y haciendo que el suelo, los edificios y la mismísima alfombra roja de la Corte del Sol cayeran rendidos a ella a cada paso.

- ¿Demonios? Maldita sea...
- ¿Asustada? - dijo con suavidad, parpadeando. Ella le fulminó con la mirada.
- Ni por a-so-mo, pequeño.
- No esperaba menos de tí. Además, tenemos un paladín en el equipo.
- No le dejaré mucho trabajo. Mi fuego consume.

Soltó una risita cristalina y seductora tras decir esto, haciendo parpadear al arcanista, que se irguió un poco más mientras la acompañaba al banco, sintiéndose un poco más bajito. Porque Temari Solardiente era una de esas chicas que miraban sin miedo al mundo, lo ponían en su plato y lo devoraban a grandes bocados, y su personalidad era tan arrolladora y flamígera como, más adelante, comprobaría que era su magia.

XX - Dalaran

- Vamos, Kal. Vas a hacerlo muy bien.

Kalervo Alher Fel'anath se miraba en el espejo, peinándose una y otra vez y estirándose bien el tabardo sobre el pecho. El reflejo del cristal mostraba un ojo dorado de mirada fija, sobre fondo violeta.

Dalaran. Estaba en Dalaran.

No, no tenía tiempo de dejarse subyugar por la maravillosa ciudad a la que había llegado sólo cruzando un portal, no tenía tiempo de abrir la boca y contemplar las altas torres y los pináculos de reluciente cristal, la maravillosa arquitectura ni las flores en las calles. Estaba en la Academia de Artes Arcanas, encerrado en uno de los baños y mirándose con atención antes de entrar a su entrevista.

Veldemir le había matriculado. Le había abierto un portal, le dio un tabardo y le mostró las instalaciones con rapidez, mientras él asentía sin prestar mucha atención. Estaba demasiado impresionado, y sabía que más tarde, recordaría cada puerta y cada escalera. Pero era toda esa magia, que flotaba por todas partes, que hacía volar la ciudad y mantenerse suspendidos los cristales púrpura y azul, eran todos aquellos hechiceros que caminaban aquí y allá, las enormes tiendas y la sensación de estar en un sueño que no le abandonaba lo que le había impedido escuchar a Veldemir. Ahora tendría que quitárselo de la cabeza por un momento.

Tomó aire profundamente, irguiéndose. No parecía un gran mago, pero no tardaría en hacerlo. Cerró los ojos por unos segundos, encomendándose a cualquier cosa y se arregló las mangas de la túnica, colocó bien la varita en el cinto y las campanadas sonaron.

- Es la hora. ¡Vamos, Kal!

Salió del baño con paso firme. Las lámparas iluminaban los amplios pasillos de la academia, las puertas labradas de color miel y las baldosas relucientes de mosaico. Desde el exterior, la enorme arcada que daba acceso a la Ciudadela Violeta, llegaba el bullicio de la ciudad más grande y transitada de Azeroth en aquellos días: el galope de los caballos, las voces, la música de las tabernas, los chasquidos de los hechizos aquí y allá. Intentó no mirar, pero miró, miró al pasar ante la gran entrada.

Las fachadas blancas con cristaleras coloridas, los tejados color violeta, la fuente y las esculturas, las anchas calles empedradas, los faroles de turquesa azul y los cortinajes de seda. Jamás en toda su vida había imaginado una ciudad más hermosa. Las atalayas se levantaban como agujas de marfil, estilizadas y livianas, coronadas por dorados capullos semejantes a los de una flor sin abrir, como dedos que se elevaban hacia el firmamento purpúreo, cuajado de estrellas tempranas. "La prueba". Se obligó a apartar los ojos y dio un saltito, caminando apresuradamente hasta el pasillo lateral.

La enorme puerta tenía una placa. La leyó. Tomó aire y llamó con los nudillos.

- Adelante - dijo una voz en lengua común.

El muchacho empujó la puerta y entró en el despacho, carraspeando. No esperó a que el humano de la toga morada y enormes hombreras decoradas le diera permiso para sentarse, no esperó a que le dirigiera la palabra. Nervioso, se sentó en la silla, apoyó las dos manos en la mesa y le miró directamente.

- Me llamo Kalervo Alher Fel'anath, soy pupilo de Veldemir Estrellasolar y él me ha matriculado aquí. Quiero estudiar y aprender magia. Quiero ser arcanista.

-...

- Diga algo.

El humano rebuscó en un cajón, le tendió una ficha, pluma y tintero y empezó a hacerle preguntas mientras él rellenaba el cuestionario.

- ¿Qué preparación previa has tenido?
- Academia Falthrien, durante doce veranos. Últimamente, en Lunargenta. Conozco varios hechizos.

"Nombre, dirección, raza, edad, absurdo". No quería entretenerse en aquello.

- ¿Tienes ataduras familiares, políticas o religiosas?
- No
- ¿Tienes problemas de salud?
- No - mintió.

"Formación, experiencia en batalla, conocimientos arcanos, responda si o no a las siguientes afirmaciones, bah". No quería entretenerse en aquello. La pluma volaba sobre el pergamino, extendiendo su caligrafía delicada debajo de cada pregunta.

- ¿Por qué quieres ser arcanista? ¿Buscas prestigio, poder o conocimiento?

Esa pregunta era más complicada. Terminó de completar el cuestionario antes de meter la pluma en el tintero y robarle un papel secante a aquel tipo, fuera quien fuese. Lo colocó sobre la página y presionó con los dedos suavemente. Después se la entregó.

- Me busco a mí. Sé que sólo me encontraré de este modo. Es mi camino.

El humano entrecerró los ojos y recogió el pergamino, dejándolo a un lado. Le miró largamente, sin decir nada. Kalervo ya había hecho pis, pero sentía que iba a tener que volver a hacerlo si no respondía de una vez ese tipo serio, que ahora estaba leyendo la hoja escrita.

- ¿Sabes? Esto que te he dado era un exámen de aptitudes teóricas. Tenías que llevártelo para traérmelo cuando lo hubieras completado.
- Ah... perdón.

El humano rió entre dientes.

- No esperaba que lo hicieras aquí, ahora, tan rápido y mientras respondías a mis preguntas. Irás a clases de segundo grado. Los horarios están en el tablón de información para estudiantes.

Kalervo no pudo reprimir la sonrisa, y casi dio un salto de la silla al incorporarse para estrecharle la mano con efusividad.

- ¡Gracias, gracias, muchas gracias señor... señor!
- Rhonin - respondió el humano, sonriendo.

Kalervo se quedó inmóvil, con la boca abierta y los ojos fuera de las órbitas. Tras unos segundos apartó la mano, azorado, carraspeó e hizo una reverencia.

- A..ah...milord...gran señor...no... perdón, perdón.
- No te disculpes - dijo el Grande, con expresión divertida - había entrado a recoger un grimorio, no sabía que tenían una entrevista hoy aquí.
- Es...es todo un honor, Gran Señor...ah...ahora...no quiero ser descortés, pero... si me disculpáis, tengo que ir urgentemente al excusado, y después encontrar un lugar mullido donde desmayarme de la impresión.
- Claro.

Kalervo salió del despacho, completamente anonadado. Le dio tiempo a hacer su pipí y, contra todo pronóstico, no llegó a desmayarse. Quizá no encontró el lugar adecuado.

Enkhe: El tesoro de mamá, la condena de papá

El despacho de Kalher era una habitación algo lúgubre, donde las luminarias arcanas relucían suavemente en las paredes. Situado en la planta superior de la vivienda, comunicaba directamente con la habitación de los dos esposos y el enorme distribuidor circular donde los libros se amontonaban en el suelo, esperando ocupar su lugar en los estantes de la nueva y laberíntica biblioteca que tanto esfuerzo y orgullo les estaba costando. Malande estaba sentada en un sillón, con las manos sobre el regazo, junto a su marido, y ambos contemplaban al chico.

En la mirada de la elfa había un deje de angustia y nostalgia, y también preocupación. Preocupación al observar el rostro severo y el rictus tenso de Kalher, que observaba a su hijo de arriba a abajo. El muchacho mantenía alzada la barbilla y una pose extrañamente digna, orgullosa, enfundado en el vestido de seda amarilla de su madre, que le arrastraba por el suelo. Un denso silencio flotaba en el ambiente, como la calma que presagiaba a la tempestad. Fue roto al cabo de largos minutos por la voz suave y átona del magistrado.

- ¿Qué demonios estabas haciendo?
- Probarme vestidos - respondió Kalervo, flemático.

Malande suspiró. Conocía a su bebé, su tesorito. Ya no era un bebé, era casi un adolescente, pero seguía siendo el mismo niño dulce, fantasioso, inteligente, creativo y frágil de siempre, nunca dejaría de serlo para ella. Le conocía y conocía esa mirada desafiante, la que lanzaba hacia su padre, con la naricita alzada y los párpados algo caídos en una mueca desdeñosa. Kalher seguía impasible.

- Ya veo. ¿Por qué?
- Me gustan.
- Kalervo... - susurró ella con suavidad - no deberías ponerte mi ropa, corazón. Eres un chico.

El muchacho la miró, asintiendo.

- Ya, ya sé que soy un chico. Pero tenía curiosidad. Y me gusta cómo me queda - añadió, sonriendo a su madre y levantando un poco el bajo con un gesto elegante y amanerado.

Malande reprimió una sonrisa suave. Si, la verdad es que estaba muy guapo.

Ella siempre había sabido que Kalervo no era un niño como los demás, desde que le tuvo en brazos por primera vez, y por muchos motivos. Su hijo tenía la gracia de las bailarinas y la belleza andrógina de los silfos, con aquel aspecto frágil y los ojos cristalinos.  Le miró, mientras el rostro de Kalher se descomponía y se ponía verde. Se parecía a ella...y también a él, cuando esbozaba esas muecas desdeñosas o chispeaba su humor inteligente. Tenía la sensibilidad de su madre y la agudeza de su padre, pero era muchas más cosas que eso. Su hijo único. Su mayor tesoro. Un tesoro con tantos aspectos y tantas caras, todas ellas adorables y maravillosas, que Malande consideraba una crueldad cercenar ninguna de ellas. No podía hacerlo, se le rompía el corazón. Pero Kalher podría, el sí.

- Escucha hijo, no puedes ponerte vestidos.

La voz de Kalher sonaba tensa, como una cuerda a punto de romperse.

- ¿Por qué? - replicó el chico, pestañeando con suficiencia - No son tan diferentes de una toga.
- Entonces ponte togas. Una toga está bien. Un vestido de fiesta, no.
-  Pero este tejido es genial. ¿Por qué no podría ponerme uno para ir a la Academia, por ejemplo?

El chico pestañeó. Su tono era escurridizo, con un desafío sutil.

- ¿Qué es lo que no entiendes? No eres tonto, no finjas que no sabes de qué hablo. No finjas que no entiendes, comprendes todo esto perfectamente. Quítatelo. Ahora.
- Papá, no hagas un drama. Solo estoy probándome vestidos, no es para tan...
- ¡Ya basta!

Malande apretó los labios. Los dedos de su esposo estaban incrustados en el sillón. El jovencito pestañeó y ladeó el rostro, sin agachar la cabeza.

- Mira... no sé que demonios tienes en la cabeza. Igual estás experimentando o sólo quieres provocar, no me importa. Puedo tolerar que seas un... desviado en tu intimidad cuando la tengas, pero NO voy a permitir que te pongas en peligro por hacer cosas... raras, como vestirte de mujer.

El tono de voz del elfo se había ido volviendo mas áspero a medida que hablaba. Las uñas de Kalher arañaban los brazos del asiento, y su rostro estaba descompuesto. Kalervo se había quedado con la boca abierta y la expresión de haber recibido una bofetada en plena cara. Su gesto se quebró en una mueca de odio. Malande tomó aire. Tenía que hacer algo...debía decir algo.

- Sólo...estaba probándose un traje. No ha...no ha avergonzado a nadie - consiguió articular con un hilo de voz.
- ¿A nadie? - la mirada de Kalher se volvió hacia ella - ¿A nadie, dices? ¡A sí mismo! ¡A mí!
- ¿Y qué es lo que te avergüenza exactamente, padre? - escupió una voz juvenil y venenosa. Kalervo recogió el bajo del vestido y lo dejó caer. - Esto es lo que soy.

Había echado la cabeza hacia adelante y observaba a su progenitor con una expresión herida y orgullosa. Malande tragó saliva. Quería levantarse y abrazarle. Quería decirle que estaba todo bien, que tal como era, era perfecto. Pero su marido estaba al borde de un ataque, estaba segura de eso. Sabía lo que Kalher opinaba al respecto de algunas cosas... y sabía que esta no era la manera. "Todo está yendo muy mal... esto es un desastre".

- ¡No eres una chica!
- ¡No quiero ser una chica!
- ¡Pues no te vistas como tal, y no te comportes como tal!
- ¡Soy así! ¡Y no pienso cambiar, nunca, jamás, jamás!

Malande se tapó los ojos. Estaba temblando. Todos aquellos gritos, el dolor... se sentía impotente. Comprendía. Comprendía demasiado bien, por eso era incapaz de reaccionar. "Si al menos pudiera hacerles entender, a los dos, entenderse..." Escuchó la silla retirarse, escuchó la bofetada y luego el rasgar de la tela.

- Eres un inconsciente. Ahora no lo ves, pero estoy haciendo esto por tu bien. Algún día me lo agradecerás. El mundo ahí afuera no es como aquí dentro... ahí no habrá nadie para protegerte de las burlas, de las agresiones ni de los peligros. - La voz de Kalher se había vuelto átona - El mundo te hará daño, hijo, mucho daño. No puedes ser así y sobrevivir.

Malande apartó las manos y se secó las lágrimas con el dorso. Su esposo estaba de pie, frente al hijo que se sujetaba el vestido roto en la cintura. Los ojos de Kalervo eran dos llamas de angustia furiosa, abrasadora. Estaba temblando en medio del despacho, apretando los dientes con las mejillas húmedas y el pelo a un lado.

Entonces el chico se recolocó los jirones de tela, cruzó los brazos en el pecho y levantó la barbilla una vez más.

- Mentiroso - murmuró. - No finjas que haces esto para protegerme. Odias cómo soy, esa es la verdad. Hubieras preferido que naciera muerto.

Kalher se inclinó hacia adelante, sin cambiar su expresión. Como si le hubieran dado un golpe en el estómago y estuviera intentando aguantarse el grito. El muchacho se dio la vuelta y caminó hacia la puerta, girándose antes de abrirla para mirarle.

- No me da miedo el mundo. ¿Crees que no lo conozco? Ya estoy viviendo en él. No me dan miedo sus espinas, estoy por encima de ellas, de todas ellas. Y también de tí.

Cuando la puerta se cerró de golpe, Malande miró a su esposo. Él le devolvió la mirada. Le temblaban las manos.

- Lo hace para provocarme... - murmuró el elfo - siempre...siempre está igual. No me soporta.
- No estoy segura de que esta vez se trate de eso, querido. Yo... mejor voy a hablar con él.

La dama abandonó la sala. Kalher se quedó solo. Cuando se quebró en un sollozo mudo y contenido, la mano con la que había golpeado a su hijo le cubrió el rostro, mientras murmuraba las palabras que nunca llegaría a decirle.

domingo, 6 de junio de 2010

Lempe: Un angelito con muy mala leche

Brisa Pura tenía entonces el encanto de las villas retiradas y tranquilas, donde el ajetreo de la capital se percibe como algo lo bastante lejano para no molestar y lo suficientemente cercano como para aprovechar sus ventajas. Las casas se agrupaban en torno al templo con la cúpula azul índigo donde se entonaban los himnos a Belore, y el bosquecillo cercano inundaba el ambiente con el rumor de las hojas y el canto cristalino del río más allá. La paz y la calma se respiraban en cada esquina, parecían exudar de los edificios circulares de piedra blanca engalanados en oro y azur. Sus habitantes solían mostrar expresiones risueñas, y una plácida felicidad, lenta como las edades de los elfos, impregnaba las hojas doradas y hasta el aire que se respiraba.

Era un remanso de armonía incomparable para Kalher, alejado de las intrigas de la Corte, de las pesadas labores de la magistratura, donde hallaba refugio en el paisaje siempre bullente y en los brazos de su esposa. Pero la llegada de Kalervo Alher había quebrantado esa placidez, y a medida que pasaban los años, su existencia y su presencia se convertían en quebraderos de cabeza cada vez mas contínuos para el señor Fel'anath, quien apenas hallaba ya consuelo en las tranquilizadoras palabras de su esposa. "Son cosas de niños" era un argumento ya desbaratado hacía tiempo. Arañar a los compañeros, pegarles, quitarles los juguetes o llorar por caramelos eran cosas de niños, sí. Pero lo que Kalervo hacía, no. Y eso explicaba la expresión preocupada de la matrona Shidania mientras le miraba desde detrás de su mesita en el templo, donde apilaba papeles con dibujos infantiles y pequeñas manualidades hechas por los pocos niños que habitaban Brisa Pura.

- He hablado con vuestra esposa, pero creo que no es consciente de la gravedad de lo que ha pasado, milord - murmuró con cierta inseguridad.
- Es por lo del pequeño de los Albasol, ¿no es así?

La matrona asintió, desviando la mirada. Tenía pecas en las mejillas y una densa cabellera castaña, su rostro de rasgos infantiles parecía haberse contagiado con las facciones de los críos a los que cuidaba.

- No sé como explicarlo... pero ellos estaban hablando en un rincón. Lorithas le escuchaba atentamente, y Kalervo hablaba, no sé que le contaba, pero el niño iba palideciendo. Luego Kalervo se fue a su mesa a seguir pintando... y el niño se quedó en el rincón.
- Entiendo.
- Y de repente, empezó a gritar. Se llevó las manos a los ojos y empezó a arañarse...
- ¿Ha perdido la vista?

La matrona tragó saliva y negó con la cabeza. Estaba blanca como la leche.

- No... no. Tendrá que llevar una venda durante unas semanas... y le quedarán cicatrices en el rostro, eso sí.
- Bien - dijo Kalher, disponiéndose a marchar - Hablaré con mi hijo.
- Se echó a reír.

La voz suave y débil, asustada, de la elfa, le hizo girarse de nuevo.

- ¿Disculpad?
- Kalervo se echó a reír cuando Lorithas empezó a sangrar. Le parecía divertido...

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El chiquillo fue sacado de su juego cuando la mano de su padre le agarró de la muñeca y tiró de él hacia el despacho. Kalher cerró la puerta de un golpe y miró al niño, de pie y sorprendido en medio de la habitación. Los enormes ojos húmedos le miraban sin comprender, y el pelo negro, recogido en una coletita con un lazo azul le colgaba sobre el hombro. No, nunca había visto una expresión de la inocencia más perfecta que la figura angelical de su hijo.

- ¿Qué le dijiste a Lorithas?
- ¿Uh?

Khaler abrió el cajón de su escritorio y sacó la regla de madera, dejándola de canto sobre el suelo. Kalervo palideció.

- Papá, yo no hice nada, fue él. No es mi culpa. Fue él.
- ¿Qué te he dicho sobre mentir a tus padres?
- Pero...
- ¿Qué te he dicho sobre mentirnos?

Kalher se apoyó en el borde del escritorio, observando al niño. Seguía siendo pequeño. Seguía teniendo el aspecto de una criaturita feérica y bondadosa, ingenua e incapaz de ningún mal. Pero Kalher conocía bien a su hijo, creía que mejor que nadie... incluso mejor que su madre. Por eso le miraba sin mostrar compasión alguna, como un juez o un verdugo. Y por eso el niño batía las pestañas y tragaba saliva, con la palidez de la culpa en el semblante.

- Que si miento a los papás, Belore me quemará el corazón con sus rayos - murmuró.
- Así es. Si mientes a tus padres, tu corazón se pudrirá. Te marchitarás por dentro y el hedor de tu alma infectada con la mentira contaminará todo lo que toques. Y cuando Belore te roce con sus bendiciones, te abrasará ese corazón podrido y maligno.

Kalervo bajó la cabeza, agarrándose los bordes de la camisa de puntilla y cruzando las piernas. Apretó los labios.

- Ahora dime qué le dijiste a Lorithas.

El niño se relamió con nerviosismo y fijó la mirada en los zapatos de su padre, suspirando un par de veces. Cuando empezó a hablar, su voz era un hilo fino e inseguro que temblaba de cuando en cuando.

- Pues... estábamos al lado de la ventana... y me dijo... "Mira, Kale, ¿has visto las motitas redondas de colores, pequeñitas pequeñitas, que hay en los rayos de sol?", y yo le dije, "sí" ... y él me dijo "tan listo que te crees seguro que no sabes lo que son" ... pero yo si lo sabía ... yo sé que no son motitas que viajan en los rayos de sol, porque es sólo polvo en el aire que brilla cuando le dan los rayos... pero le dije... "si que lo sé, son los minitragones, todo el mundo lo sabe"... y él me dijo que qué eran los minitragones... y yo le dije que eran unos inseptos diminutos que viajaban en los rayos de sol y que si los mirabas se metían en tu cerebro y te comían los ojos... y que una vez los tenías dentro ya no podías decírselo a nadie, porque si lo hacías... te hacían explotar la cabeza... y yo sabía que Lorithas llevaba mucho rato mirando el polvo y le dije... "espero que no los hayas mirado mucho, si no ya estarás infectado", y él me dijo... "¿Cómo sé si estoy infectado?", y yo le dije que cerrara fuerte los ojos después de mirar al sol, y que si al hacerlo veía puntos de colores y luces brillantes es que eran ellos, que ya les tenía dentro... y me dijo que si había cura y... le dije que si, que se arrancara los ojos. Y eso es lo que pasó.

Kalher apretó los dedos contra el borde del escritorio y contempló largo rato al chico.

- ¿Te divertiste cuando él se hizo daño a sí mismo? - preguntó al fin.

Kalervo tardó un rato en responder. Luego levantó la mirada, con el ceño fruncido.

- No me divertí porque le sangraran los ojos. Me divertí de ver que era tan tonto como para creerse que existen los minitragones, porque no existen.
- ¿No te das cuenta de que Lorithas se ha hecho daño por tu culpa?
- No es mi culpa, es su culpa por ser tonto - replicó Kalervo, con un brillo rencoroso en la mirada - Tanto se rie de mi siempre porque me sé las tablas, y sé escribir y leo cuentos. Se ríe porque soy listo. ¡Y me rompió mi dibujo del unicornio, además!

Ahí estaba. Ahora todo tenía sentido. Era ese tono de voz cuando habló sobre el dibujo del unicornio, insidioso y cruel, teñido de rabia.

- Así que es por eso. Por el dibujo que te rompió hace tres meses.
- ¡Era mi mejor dibujo y lo rompió! Y se reía mientras mi unicornio volaba en trocitos, y como yo lloré, me señaló y me llamó niña y llorón - exclamó Kalervo, agitando el pelo y buscando comprensión en los ojos de su padre.
- ¿Querías vengarte por eso y aprovechaste esta ocasión? - prosiguió Kalher, imperturbable.
- ¡Se lo merece! ¡Ojalá se hubiera sacado los ojos de verdad!¡Ojalá existieran los minitragones y le hicieran explotar su cabeza tonta como un globo!

Kalher asintió despacio, mirándole. El niño se frotó las mejillas, se le habían escapado un par de lágrimas de ira.

- De rodillas sobre la regla, Kalervo.
- No... no, papá, porfa... no es culpa mía...
- De rodillas.
- La regla no, papá, por favor, eso no...
- Kalervo.

No había alzado la voz. Fue solo el golpe de la mano sobre la mesa lo que hizo dar el respingo al pequeño, que avanzó a pasitos cortos, cruzando las rodillas y mordiéndose los labios mientras sorbía la nariz. Se acercó al rincón y se puso de rodillas sobre la regla, de cara a la pared, gimoteando en silencio.

- Hoy no cenarás. Vendré a buscarte a la hora de dormir. Hasta entonces, quiero escucharte recitar la oración de perdón a Belore mientras trabajo, y...

Kalher se calló al escuchar el sonido silbante. Los hombros del chico se agitaban convulsos, y estaba encogido sobre sí mismo, apretando los muslos con fuerza. Pero había sido en vano. La mancha de humedad se extendía sobre el suelo y empapaba los pantaloncitos del crío, el olor ácido del orín se extendía por la habitación como la humillante prueba de la incontinencia, y espoleaba los sollozos y la frustración de Kalervo.

- Per...dón - murmuró el niño, sorbiendo la nariz.

Kalher suspiró. Habría querido soltarse del escritorio, acercarse y abrazarle, explicarle que no pasaba nada, que lavarían la ropa y limpiarían el suelo, hacerle comprender por qué no debía portarse así con sus compañeros, por qué estaba mal lo que había hecho... pero sería en vano. Kalervo no era tonto. Kalervo sabía todas esas cosas, al igual que Kalher sabía que la suavidad y la dulzura sólo hacían que el chico se volviera cada vez más egoísta, más caprichoso, más cruel... y les tomara el pelo con mayor asiduidad. Su hijo era inteligente, y hasta el momento, la paciencia y la comprensión sólo habían sido un refuerzo positivo en las fechorías de su hijo, motivo por el cual, durante el último año, Kalher se había visto obligado a emplear la mano dura. Se tragó las ganas de limpiarle las lágrimas con besos y se sentó tras el escritorio. Empuñó la pluma y se dispuso a revisar los acuerdos comerciales que habían de aprobarse al día siguiente.

- Empieza.


La voz de Kalervo comenzó a desgranar la oración, temblorosa y débil. Kalher colocó el reloj de arena. Si sus cálculos no fallaban, en una media hora, el niño empezaría a fingir un acceso de tos y volvería a acosarle el asma providencialmente, para ser liberado del castigo y, con un poco de suerte, hacer sentir culpable a su padre.

A Kalher se le daban bien los cálculos y los relojes. Tampoco esta vez se equivocó.

Kanta - Lo que trajeron las estrellas

- Boito couna fó
- Como una flor
- Couna fó
- Como una flor
- Cooounnna ffffhó

Kalher miró al niño que tenía en las rodillas, suspirando. El crío se chupaba el pulgar, con la naricita arrugada y el pelo larguísimo cayéndole en mechones negros sobre los hombros. Siempre había pensado que sería bonito ser padre, y no había perdido aquella ilusión. Sin embargo, las dudas y la responsabilidad habían caído sobre él como una losa densa y espesa que cada día parecía más pesada. No había necesitado mucho tiempo para darse cuenta de que no tenía ni idea de cómo tratar con niños, qué hacer o cómo hacerlo. Los balbuceos de la criatura mientras trataba de pronunciar correctamente la oración infantil de Belore le ponían nervioso. El hecho de que aún no supiera hablar bien, su falta de comprensión, naturales en un pequeño en desarrollo, ponían a prueba su paciencia de un modo que jamás había imaginado. Sumado a las continuas enfermedades, la debilidad del pequeño, su sensibilidad exacerbada que le hacía llorar o ponerse mimoso en cuanto no tenía atención, la falta de sueño, sus caprichosos andares zambos y la torpeza con la que las pequeñas manos lo tocaban todo, solo eran más gotas en aquel vaso que rebosaba.

- Otra vez.
- Otavé - asintió el pequeño, como si fuera un juego
- Belore que estás en el cielo...
- Beloe aseieeeelo...
- Dame tu luz y calor...
- Ameulú y caó
- Hazme crecer fuerte y sano...
- Amesé uete ysaaaano
- Bonito como una flor
- Boito commmuna fó

El niño le miró con aquellos enormes ojos azules y húmedos. Parecía que esperaba algo. Kalher le rozó la mejilla con el dedo y tragó saliva, ensayando una sonrisa.

- Bueno... mañana un poquito más.
- Abua.
- ¿Quieres agua?
- Ti.

Se levantó del sillón del estudio, con él en brazos, y se dirigió hacia la puerta. Las manos diminutas le palpaban el cabello y la voz fina y aguda canturreaba cosas sin sentido. El olor perfumado de la criatura le despertaba una ternura imposible de definir. Era padre, y amaba a su hijo, aunque fuera un misterio insondable al que no sabía bien cómo enfrentarse, pero le quería. Era ese amor la brecha cálida que se abría en su corazón, el nudo tenso que le ahogaba la garganta cuando pensaba en el futuro, en las responsabilidades que habría de cargar aquel que ahora cargaba sobre su antebrazo, ese elfito pequeñísimo de ojos enormes, cara redonda y piel suave que apenas era capaz de caminar solo. Era su hijo, un regalo traído por las estrellas, y que sería el único. Había sobrevivido con dificultades debido a la debilidad de su cuerpo, pero sobrevivía. Le aquejaban dolencias continuamente, alergias, gastritis, se le irritaba la piel y tenía problemas respiratorios, pero sobrevivía. Malande había sufrido mucho en el parto y no podría volver a concebir. Por eso aquel pequeño tesoro de piel blanca y nariz respingona tenía que ser conservado, protegido... y correctamente educado para el futuro.

- Vamos a por agua.
- Amo poabua.
- ¿Sabes decir tu nombre?
- Ti - el nene bamboleó la cabeza arriba y abajo en un asentimiento
- A ver, dímelo, que lo oiga.
- Caevo Alé
- Kalervo Alher... Kalervo Alher Fel'anath
- Caevo Alé Féanat
- Bueno, está mejor, está mejor...
- ¿Galletita?

Kalher se detuvo en seco en el pasillo. Parpadeó y miró de reojo al chiquillo con suspicacia. El nene parpadeó con sus enormes pestañas y sonrió. Los dientecitos blancos brillaron, y le pareció percibir un brillo de picardía en los ojos de su hijo.

- ¿Qué has dicho?
- Que si me das una galletita. Por hablar bien.

El elfo abrió los ojos como platos y dejó al niño en el suelo. Kalervo se sostuvo sobre las piernecillas enfundadas en el pantalón de lana y le miró directamente, con una expresión terriblemente inteligente.

- Depende. Di la oración de Belore y tu nombre, y si las dices perfectas, te daré muchas galletas - dijo con voz grave y tensa.

El niño balbuceó algo y pareció pensárselo. Luego, de repente, hizo un puchero y se puso a llorar desconsoladamente, como si le hubieran quitado sus juguetes. El llanto hizo aparecer a Malande, entre un revoloteo de toga blanca y cabellos dorados. Ella le levantó del suelo, le besó las mejillas, le dedicó palabras suaves y consoladoras y luego miró a Kalher interrogante.

- ¿Qué le pasa?

El magistrado parpadeó.

- Que quiere galletas.
- ¿Quieres galletas, mi niño? - Malande miró a su hijo con expresión de amor arrebatado.
- Queo gaeta...a...a...aaaa - sollozó el pequeño.
- Vaale, vaaale, ahora vamos a por galletas, ¿verdad?

Malande se alejó, con el niño en brazos. Por encima del hombro de mamá, Kalervo sonrió a su padre con gesto travieso y con la misma mirada avispada que le había dedicado segundos antes.

Cuando se hubieron marchado, Kalher se apoyó en la pared, fascinado y confuso. No, no tenía ni idea de cómo ser padre, pero lo que su hijo acababa de demostrar no le parecía en absoluto normal. ¡Les estaba tomando el pelo!. Meneó la cabeza y se pasó la mano por el rostro, soltando una risa seca.

Era una sensación nueva, sentirse orgulloso y aterrado al mismo tiempo.

jueves, 3 de junio de 2010

Nelde - Todo lo que puede salir mal

Amathia corrió escaleras arriba, tratando de no tirar nada. El balde de agua se tambaleaba, las toallas estaban a punto de caérsele del hombro al suelo, y ya estaba sudando. Los gritos de su señora la ponían nerviosa. ¡Diablos! ¿De qué estaban hechas las elfas ahora? No era para tanto.

- ¡Ya sale!¡Ya sale!¡Empujad, señora!

Dunille y el señor Fel'anath estaban junto a la cama, donde la elfa paría haciendo todo el escándalo posible. Sí, y aún tenían suerte de haber cerrado bien puertas y ventanas, porque parecía que la estaban matando. Amathia dejó la palangana y se apresuró a limpiar la sangre entre las piernas de su señora, torciendo el gesto. Bueno, tal vez sí era para tanto.

- Respira, mi amor. Respira.
- ¡ESTOY RESPIRANDO!
- Calmaos y empujad...
- ¡ESTOY CALMADAAAAH!
- Oh, por Belore...

Hacía más de doce horas que Lady Malande se esforzaba en expulsar de su interior a la criatura que había vivido en su vientre durante los últimos meses. El parto se había adelantado mucho, y el bebé seguramente sufriera malformaciones, pero además, todo se estaba complicando. Los líquidos se habían expulsado demasiado rápido. El pequeño o pequeña estaría secándose y debilitándose ahí dentro a medida que el tiempo pasaba sin que pudiera salir, y Amathia se temía que hubiera que abrir el vientre de la madre si querían salvarle. Además, la última hemorragia descontrolada de la señora amenazaba con no detenerse.

- Deberíamos llamar a los sacerdo...
- ¡NO!

Malande agarró a su criada de la pechera, furiosa, despeinada y cubierta de sudor, con la expresión de un animal acorralado.

- ¡He dicho que NO! ¿ENTENDIDO? ¡SI ALGUIEN LLAMA A UN SACERDOTE, DAOS POR MUERTAS!
- S...si, seño..ra...
- Cálmate, mi vida. Inténtalo de nuevo.
- ¡Me calmaré cuando me la saquéis!

Amathia parpadeó.

- ¿Como?
- ¡Sacádmela!

Las criadas miraron atónitas a su señora.

- ¡No puede salir sola! ¡Y yo no puedo más, me estoy desangrando! ¡Sacádmela!

Pero ninguna movió un dedo. Fue el señor Fel'anath quien se apartó de la cabecera de su esposa y se situó entre sus piernas, hurgando con los dedos en la dilatada abertura de su esposa, ante la mirada confundida de las doncellas.

- La cabeza está aquí. Empuja un poco más, para que pueda ayudarte.

El grito de Malande fue agudo y desgarrador, acompañado por las palabras de ánimo de su marido, y finalmente, un cuerpecito diminuto y sanguinolento apareció entre las manos de Kalher Fel'anath. Cubierto de fluidos, inmóvil, e inerte.

- Dioses... al...fin - resolló Malande, derrumbándose sobre los almohadones.

Amathia lo estaba viendo perfectamente, junto al señor de la casa. El bebé no se movía y no respiraba. Kalher lo contemplaba con ojos llameantes, pero cuando su esposa alzó el rostro, sólo dijo tres palabras.

- Voy a limpiarlo.
- Espera... espera, Kal...¿Por qué no llora?

La criada siguió a su señor fuera de la habitación, sin entender qué demonios hacía frotándole el pechito al pequeño cadáver.

- Amo, el bebé...
- Calla.

El magistrado colocó la boca sobre la boquita diminuta y sopló. Luego volvió a masajearle el pecho. Amathia no era chapada a la antigua, pero eso de robarle a su criatura muerta a una madre, besarla en la boca y apretarle el pecho le parecía un sacrilegio. ¿Es que creía que podría resucitarle?

- Amo, está muerto. Déselo a la señora para que lo llore - exigió, tajante.
- ¡He dicho que te calles! - escupió. - Vamos, pequeñín... vamos...
- ¡Ya basta!

Amathia no era chapada a la antigua, pero hay cosas que hay que hacerlas como se debe. Si el bebé estaba muerto, su amo tenía que dejarlo con su madre, para que pudiera lamentar su pérdida en la intimidad, y después se limpiaría el cadáver y se enterraría. Alargó la mano y tiró de la toalla donde su señor sostenía a la criatura.

- ¡Qué haces!
- ¡Esto no...!
- ¿Qué pasa, Kalher? ¡Quiero ver a mi niña! ¿Por qué no la oigo?

El recién nacido cayó al suelo. Se estrelló de espaldas contra la alfombra mullida, con un golpe muy suave, como si se hubiera caído un fardo de ropa. Y se removió. Y entonces dejó oir un llanto leve, muy fino, ahogado y diminuto, como todo él.

Amathia recibió una bofetada antes de que su amo recogiera a su pequeño del suelo y corriera junto al lecho de su esposa, donde las voces de las doncellas y los padres se entremezclaron.

- Es un niño, mi vida. No es una niña. Es un niño.
- No puede ser... ¿un niño?
- Qué pequeño es.
- No está sano, mirad, señora, apenas respira. Hay que llamar a los sacerdotes.
- Si...si, llamadles. ¿Un niño? Increíble...
- Es cierto, es muy pequeño.
- Está temblando, querido... ¿Qué le pasa?
- No está bien. Ha nacido débil.

Khaler Fel'anath miraba a su hijo diminuto mientras Amathia lo limpiaba. Malande parecía no podérselo creer. Ella le había asegurado que sería una niña, aduciendo que en su familia toda la descendencia era femenina, y sin embargo, ahí estaba esa pequeña cosita entre las piernas como palillos. Era un niño. Un crío moribundo que apenas era capaz de tomar aire.

- ¿Cómo lo vas a llamar? - dijo el magistrado.
- No... no lo sé...quizá es pronto para ponerle nombre... - replicó su agotada esposa. - Es tan débil... quizá no...
- Malande, no digas eso. Pase lo que pase, debe tener un nombre.
- Pero todo ha salido mal, Kalher... todo es... lo que no debía ser... no... algo hemos hecho mal...

El magistrado chasqueó la lengua. Miró a la dama y luego al niño. Una suave pelusilla morena, de un color negro azulado, le cubría la coronilla. Sonrió a medias.

- Alher - sentenció. - Se llamará Alher. Mi hijo.
- ¿Kalher, como tú?... - replicó la dama, con los párpados entrecerrados y semiinconsciente.
- Kalher no, Alher.
- Kalervo Alher. Vale... lo que tu quieras.

Atta - El laberinto

- ¿Has llevado los planos a los ebanistas?
- Esta mañana.
- Estupendo. ¿No será muy caro?
- No es problema.

Malande sonrió, y Kalher le devolvió la sonrisa. Su esposa era bella como una criatura féerica, o así se lo parecía. Bonita y delicada, con el pelo rubio y esos preciosos ojos violetas, y tan imaginativa que convertía su existencia en un paraíso. Estaban sentados en el salón, él trabajando en sus relojes, ella leyendo, como siempre. O casi siempre.

- ¿Por qué quieres hacerla así, Kalher? ¿No sería más fácil una normal? - preguntó Malande, alzando la mirada de las páginas, con un mohín curioso que a él le resultó encantador.
- Si, melenya, sería más fácil. Pero esta será más bonita... como un camino en la vida misma.

Tomó una de las piezas con las pinzas y la colocó cerca del engranaje principal. No era relojero, pero no le hacía falta. Le bastaba mirar aquellas ruedas, su posición, sus formas, para comprender instintivamente cómo funcionaban. Era esa capacidad analítica y deductiva, además de su excelente memoria, lo que había transportado al magistrado Fel'anath desde el humilde origen de su familia de jurisprudentes de poca monta hasta la magistratura de la capital del Reino.

- No me tortures más. Dime, ¿Qué tienes entre manos?

Khaler rió entre dientes y miró de reojo a su amada.

- Redonda.
- ¿Redonda?
- Básicamente, sí. Con caminos que se entrecruzan y estantes diferentes, con formas, tamaños y labrados distintos. - Giró una ruedecita diminuta con la uña y cerró la tapa del reloj de bolsillo. - Lo llenaremos todo con poesía, relatos, tratados, metodologías...
- ¿Pondrás tus tediosos libros de leyes también?
- Por supuesto. Son lo bastante aburridos como para despertar sopor y disipar todo interés o atención.
- Sí, igual que tú.
- Exacto. Igual que yo.

Malande rió entre dientes. Dejó el tomo que tenía entre las manos sobre el sillón y se acercó a sentarse en las rodillas de su esposo. La toga verde hizo un sonido crujiente al levantarse las mangas de brocado para rodearle el cuello con los brazos, y Khaler se recostó hacia atrás, abrazándola a su vez.

- No entiendo cómo lo haces - dijo ella.

Khaler arqueó la ceja, fingiendo no comprender de qué hablaba. Ella le puso un dedo en la nariz.

- Ya sabes. Fingir. Fingir constantemente. Creo que nadie te conoce de verdad, salvo yo.
- Es lo que intento. Ya sabes que mis ideas no son bien recibidas. Los soñadores ya no tienen cabida en este mundo, por eso estamos juntos, ¿no?

Malande sonrió, asintiendo con la cabeza. Luego bajó la voz.

- Ya casi he terminado de transcribirlo todo.
- ¿Ya? Sólo han pasado dos años, has sido rápida - respondió Khaler, con semblante grave.
- Han merecido la pena las noches en las que no hemos compartido el lecho por tu trabajo atrasado, laital. - dijo ella con una sonrisa pícara. - Y cuando tu biblioteca redonda y laberíntica esté construida, ¿dónde guardaremos todo lo que he rescatado?
- Allí no, desde luego.

Malande frunció el ceño.

- Piénsalo. En el improbable caso de que alguien descubriera tus orígenes... muy improbable caso - insistió, al ver la palidez incipiente de la joven - y buscaran los conocimientos que conservas, mirarán, sin duda, allí. Los libros se guardan en bibliotecas.
- Pero no son libros...
- Tenemos que destruir la materia original.

Malande se levantó de un salto y le miró, horrorizada.

- No podemos hacer eso. De ninguna manera. Son objetos incunables, son... las esferas, los cristales, todo, no podemos destruirlo. Mi familia lo ha rescatado generación tras generación y lo ha protegido. Me niego.
- Son un peligro, melenya - dijo él con suavidad, extendiendo una mano hacia adelante. La elfa le miraba como si acabara de escupirla, y su expresión le dolía... pero sabía que era lo mejor. - Nosotros no viviremos para siempre. ¿Y si alguien lo encuentra? ¿Y si caen en malas manos?
- Nuestros descendientes lo protegerán, ya sabes cómo son las cosas. Te lo conté todo antes de casarnos, Khaler. - replicó Malande, señalándole con el dedo, lívida. - Sabías como eran las cosas. No puedes decirme ahora que tenemos que destruirlo todo.
- Has hecho transcripciones...
- ¡Eso no importa!

Khaler suspiró y asintió, mirándola con tristeza. Podía haberle dicho "Sí importa. A quien quiero proteger es a ti, no a las reliquias." Pero sabía que no serviría de nada, porque Malande Auranath era una guardiana y siempre había sido consciente de eso. No hay nada más difícil que proteger a un protector.

- De acuerdo. Perdona. Buscaremos otra manera.
- La encontraremos... - dijo ella, volviendo a un tono suave, y regresó a su lado. Los ojos color violeta rezumaban afecto cuando la elfa se arrodilló y le tomó la mano. - Ocultaremos las transcripciones y los objetos en un laberinto. Como...como un gigantesco puzzle...
- Guardaremos claves y pistas que sólo los descendientes de tu sangre puedan comprender.
- Y de la tuya, Kalher.

El elfo miró a su esposa con gravedad. Ella le besó la mano.

- Me casé contigo porque te apreciaba... por lo que me ofreciste. Pero también porque eres inteligente, mucho, igual que yo. - De nuevo sonrió, dulce. - Y esa es una de las cosas que me enamoraron. Los descendientes de mi sangre también serán los tuyos... tú eres ya parte de mí, y de todo esto. Juntos hasta el final.

Khaler tragó saliva y asintió. A ella no podía ocultarle su emoción, y menos en aquel instante. Le acarició la mejilla.

- Hasta el final, írima.
- Todo irá bien - asintió ella.
- Tu... nuestra estirpe será iniciada en los misterios, aunque no lo sepan. Ellos podrán continuar con tu legado.
- Y hablando de eso... ¿no crees que es buen momento para probar a concebirla?

Malande pestañeó inocentemente, mirándole con gesto ingenuo que ya no le engañaba. Había un fondo de picardía misteriosa, casi mística, en aquel semblante delicado, quizá en el suave brillo de las pupilas. Le sonrió, levantándose y tomándola en brazos, meneando la cabeza.

- ¿Hoy podemos intentarlo? - preguntó con cierta ironía, mientras se la llevaba escaleras arriba - Ayer me dijiste que no.
- Ayer no era luna azul. Ya conoces las normas.
- ¿Y qué pasa si no lo concebimos en luna azul?
- Eso nunca sucede, querido.
- Entonces no hay peligro en hacerlo en cualquier momento.

La risa cantarina de la dama se perdió por los pasillos. En el salón, tras la ventana abierta, una sombra de ojos incandescentes se escurrió entre los setos y se perdió en la lejanía, bajo el resplandor de la luna llena.