miércoles, 17 de febrero de 2010

XVI - El Héroe en la Ciudad de la Muerte

Hay quien dice que el destino mueve sus hilos sin que nos demos cuenta, llevándonos por caminos que creemos haber escogido cuando en realidad sólo estamos cumpliendo con un plan previamente trazado, solo para nosotros. Otros piensan que el destino no existe y todo cuanto hacemos es producto de nuestras decisiones y sus consecuencias, con el suave aderezo incognoscible del azar. Si fue éste o el destino el que propició las circunstancias para que el joven Kalervo Alher Fel'anath y el adepto caballero de sangre Lohengrin se encontraran aquella tarde en aquel bosque, realmente no tiene la menor importancia.

Había sido enviado el mago a través de un portal a uno de los Ziggurats que se posicionaban junto a la Cicatriz Muerta, con una faltriquera de viales vacíos para obtener muestras de las calderas y ni la menor señal para ser identificado por los cultistas una vez llegara allí. Le habían enviado a la muerte y lo sabía bien, y sin embargo, no tenía en aquel momento la menor apetencia de abandonar su estatus como ser vivo. Sentado sobre la hierba, observaba la faltriquera y la Cicatriz, meditando sobre sus alternativas. Tenía demasiado miedo para escapar, y recordaba bien las amenazas que le habían repetido hasta el hastío en la Torre del Archimago y, más tarde, en Scholomance. Así que tal vez debería tomar aquellas muestras por la fuerza y regresar por su propio pie al lugar que era ahora su cárcel y su hogar. ¿Qué otra opción le quedaba? Fue entonces cuando el joven caballero de sangre apareció, amable y marcial, y se ofreció a acompañarle, haciendo gala de una inocencia dadivosa muy propia de las gentes sencillas.

- ¿Os dirigís a la Ciudad de la Muerte? - inquirió el caballero tras las presentaciones. Kalervo asintió con naturalidad, y el elfo fibroso no indagó más al respecto. - Yo también voy allí. Será mejor que me acompañéis, mago. No es lugar donde internarse solo.
- ¿Como sabéis que soy mago? - preguntó el jovencito, saltando tras el fornido guerrero con la toga arremangada.
- Por vuestro atuendo.

La simplicidad del elfo de cabellos color miel le hizo sonreír. Le recordaba en cierto modo a alguien que había conocido tiempo atrás y a quien jamás olvidaría, aunque estaba convencido de que nunca volvería a verle... y de que eso era lo mejor.

Avanzaron a lo largo de la Cicatriz. Esqueletos y zombis sucumbían a golpe de espada y magia sagrada, los cuerpos marchitos caían al suelo enroscándose como larvas desecadas. Durante el penoso camino hacia la ciudad negra, apenas elevó el mago algún conjuro menor, no por miedo sino por la vaga esperanza infantil de no incurrir en la ira de aquellos a quienes ahora su vida pertenecía. El buen Lohengrin apenas le dirigió una mirada de extrañeza al darse cuenta de este detalle, sin embargo no le hizo el menor reproche, pensando quizá que el mago estaba asustado o que no era lo bastante poderoso para hacer frente a aquellos enemigos.

- ¿Habéis estado aquí alguna vez? - preguntó el chico, contemplando las siniestras puertas y los espectros que las guardaban.
- Alguna.
- ¿A qué habéis venido?
- A liberar a los prisioneros.

Kalervo arqueó una ceja. Iba a preguntar a qué prisioneros se refería cuando el caballero ya se había arrojado sobre las terribles nerubian y los fantasmagóricos guardianes de aquel lugar maldito. En aquella ocasión supo que tendría que luchar, y sus invocaciones resonaron ahogadas entre los muros de piedra oscura.

- ¡Anfael tinve'aglantur! - se escuchaba la voz infantil, que pese a su tono suave y delicado parecía reverberar con un extraño eco.

Tras largo tiempo sin pelear, sin llamar a su infalible aliada, la magia volvió a chispear por sus venas, entibiando la sangre y revitalizándole de alguna manera. Era el beso mentolado y la caricia picante los que de nuevo le visitaban, y cuando las criaturas cayeron, abatidas, se sintió fuerte y capaz. Sonrió el caballero y él le devolvió la sonrisa, señalando a los cultistas que se apiñaban en los calderos."Si quieren muestras, las van a tener".

- ¿Me ayudas con esos? - preguntó - Tengo que abrir las calderas.
- Liberemos antes a los prisioneros. El tiempo no corre a su favor - replicó el caballero, dirigiéndose a una construcción que se alzaba con grotescas formas.

El aire denso, casi irrespirable, le picaba en la garganta. Algunas motas brillantes flotaban en el aire, y el mago apartó la vista cuando entraron al torreón y Lohengrin se acercó a un joven elfo encadenado a una mesa de piedra. Se tapó los oídos para no escuchar hablar a la víctima mientras el caballero la reanimaba con un brebaje y la liberaba de sus ataduras. Al verle salir por su propio pie, tambaleándose, no le cupo la menor duda de que el elfo liberado encontraría la muerte en un intervalo de seis a doce minutos. Solo, sin armas en un lugar así y debilitado. Miró de reojo a Lohengrin, evaluando la fina barrera entre la bondad y la necedad y sopesando lo inútil que puede llegar a ser un acto justo. Sin embargo, el caballero parecía satisfecho.

- Hay cinco más encerrados en alguna parte...
- Muy bien, muy bien. Vamos a abrir eso y enseguida les socorremos.

Lohengrin cedió al fin, y Kalervo pudo obtener sus muestras.

¿Por qué no se marchó? Es difícil de decir. Quizá fue el estallido luminoso que vieron fulgurando en la entrada de las criptas, que de alguna manera le alarmó, o tal vez el asomo de un sentimiento de gratitud y compromiso hacia Lohengrin. Pero cuando el caballero corrió hacia el lugar, sólo tardó unos segundos en chasquear la lengua y seguirle. Al fin y al cabo, ¿quién sabe qué cosas absurdas podía hacer sin él? Conocía lo suficiente a los guerreros de la Luz para saber que muchas veces actuaban sin la menor racionalidad y de un modo absolutamente impulsivo y tonto, y que todos ellos eran de lo más incapaces sin un mago cerca.

- ¡Esperaaaaaaa! - exclamó, bajando las escaleras a trompicones, con la toga a rastras.

Llegó a tiempo para descargar una oleada de misiles sobre la criatura esquelética a la que Lohengrin combatía con tesón, y un sello brillante terminó por desmontar al terrible ser, que cayó al suelo en un montón de huesos. Y entonces Kalervo tomó aire, dispuesto a reprochar algo al elfo de cabellos claros. Y al mirarle, vio la enorme figura que se debatía semi inconsciente, encadenada en la pared y consagrando el suelo debajo de sí con desesperación convulsa, con el rostro cubierto por una mata de pelo rojo como el fuego.

Se detuvo el tiempo y el suelo se volvió sólido y aterradoramente real bajo sus pies. Un estallido de felicidad indecible se confundió en su alma con la ira más violenta que jamás había sentido, que le llevó a apretar los puños y los dientes, temblando, con las lágrimas corriendo por las mejillas.

- Tranquilo amigo - decía Lohengrin, resollando mientras golpeaba los grilletes con la espada - Ahora estás a salvo. Enseguida te sanaré.

Las voces del Archimago, de la instructora Malicia, del Decano Gamling, rebotaban en el cerebro del pequeño mago, insidiosas y malévolas. Sus rostros giraban como visiones espectrales ante sus ojos, y ascendió las escaleras, sintiendo la asfixia anudada en su garganta y el ardor virulento de una llama en su pecho. "¿Qué es lo que he hecho? ¿Qué he estado haciendo todo este tiempo?"

Se plantó en el suelo, jadeante, llevándose las manos a la cabeza y sollozó, levantando el rostro al cielo. La magia bullía en su interior, se enredaba en la punta de sus dedos, chispeando, pugnando por estallar.

- ¡DIJISTEIS QUE NO LE HARIAIS DAÑO! - gritó, estrellando los viales contra el suelo.

Dos nerubian se volvieron hacia él, y una banshee se acercó, flotando en el aire infecto. Les miró, sin arredrarse. El miedo ya no existía. No sentía el menor temor, ni siquiera el racional que debería ayudarle a preservar su vida. Sólo furia y rabia, y un odio profundo que le quemaba por dentro. Porque era Lazhar el Bravo el que yacía encadenado y medio muerto en esa cripta, y aquello le había incendiado hasta el punto de convertirle en un ser tan impulsivo, irracional y tonto como un paladín.

- Os mataré a todos - dijo el arcanista, con el semblante lívido. Sus ojos se encendieron con un destello turquesa. Y silbó el viento abisal, y la energía electrificante vibró.

Y se desató la Magia.

XV - El siniestro ser flotante

El laboratorio apestaba a putrefacción y líquido de embalsamar. Los hombres y mujeres de diversas razas se apiñaban en la puerta, entre las velas verdosas y los tubos de ensayo, contemplando a aquella criatura que dominaba la sala, flotando entre sus ropajes extraños y con el rostro descarnado. Malicia hablaba con voz suave, casi adormecedora.

- Entre los especímenes que podemos alzar, nos encontramos con una gran variedad - comentaba - con diferencias cualitativas que dependen del estado de la muestra. Cualquiera puede levantar un zombi sin cerebro, ¿verdad? Sin embargo, los especímenes más especiales, con mayor capacidad de raciocinio y un estado físico inmejorable, requieren de un proceso mucho más complejo.

Kalervo no podía apartar la vista de aquel siniestro ser flotante que parecía observarle desde el fondo de la habitación rectangular, mientras hacía flotar un vial de cristal en torno a sí. Los estudiantes y la instructora parecían sentir una peculiar reverencia hacia él, pero en su caso sólo le provocaba asco y miedo.

- Solo la magia excepcional de nuestros honorables superiores, además de un trabajo exhaustivo de alquimia reanimadora son capaces de obtener este tipo de resultados. Pero la materia prima también es importante: especímenes frescos, con almas subyugadas y capacidades altas en vida darán lugar a un resultado mucho más favorable.

¿Especímenes frescos? Kalervo volvió la mirada hacia la mesa de trabajo en torno a la cual se movía la abyecta criatura. Una figura blanca e inerte yacía sobre la superficie pulida, como un trozo de carne esperando ser troceada en el matadero. Cuando la instructora guardó silencio, llegó a sus oídos una suerte de gorgoteo espectral y la mano pálida que colgaba de la mesa se agitó con un temblor repentino, mientras el Lich dejaba que sonaran algunas palabras susurrantes, extrañas, y una nube púrpura de Sombras se enredaba entre sus dedos huesudos. Y entonces la carne sobre la mesa gritó. Un aullido estremecedor, sobrehumano, de puro pánico y sufrimiento inundó el salón, y la figura comenzó a convulsionar violentamente.

- No todos son adecuados - prosiguió la mujer, ajena a aquel sonido espeluznante - y los resultados siguen siendo impredecibles. Pero hasta los fracasos son triunfos en nuestra Escuela, todo tiene una utilidad y puede ser aprovechado. La carne sirve para alimentar a otras criaturas, se pueden ensamblar algunas piezas del cuerpo y potenciarlas con fuerza superior, o dejar el especimen reducido a un esqueleto alzable y listo para ser recompuesto.

Kalervo, pálido, tenía los dedos cerrados sobre la tela de la toga y se sentía incapaz de respirar. Ella siguió hablando, pero sólo podía prestar oídos a aquellos chillidos desesperados y los movimientos espasmódicos de la criatura. La garra blanca del lich, que giraba alrededor de la mesa, se hundió en el pecho del cadáver animado y una bruma helada les cubrió a ambos. Los gritos se acallaron y la carne dejó de agitarse.

- Sigamos.

La dama hizo una reverencia y los estudiantes se inclinaron respetuosamente ante la criatura. Kalervo se dio la vuelta, temblando, y les siguió al exterior del siniestro sótano, con el pánico pegajoso pegado a la garganta y conteniendo las náuseas. Se volvió una sola vez para contemplar al siniestro ser flotante, y a la deforme criatura que se incorporó en la mesa de operaciones, con una mirada vacía y la mandíbula desencajada en una mueca de terror que sería borrada por la descomposición de la carne una vez los líquidos embalsamadores hubieran dejado de fluir por su nariz y orejas.

viernes, 5 de febrero de 2010

XIV - Una canción

"Más allá de la verde colina
más allá de la laguna clara
peina el viento a los lirios de agua
Lorathil, mi preciosa Lorathil"

El Gran Maestro Gandling gruñó secamente mientras caminaba con los brazos a la espalda a lo largo de los pasillos de piedra. Las colgaduras ondeaban de los techos junto a las telas de araña. El correteo de las ratas era un eco difuso en la oscuridad inquietante de la escuela de nigromancia, que se entremezclaba con las invocaciones lejanas y el chasquido de los huesos y la carne muerta, con los gorgoteos de los muertos levantados de las tumbas. Embozado en su máscara, los ojos del maestro brillaban con un fulgor gélido y sus pasos resonaban en el castillo. Estaba enfadado.

"Cabalga Varadion el Bardo
sobre yegua de blanco pelaje
y le lleva tan lejos su viaje
Lorathil, vanya Lorathil"

Apartó la cortina y entró a grandes zancadas en la sala cuadrada, donde la instructora Malicia vertía el contenido de un vial sobre un cuenco, recitando las palabras apropiadas del hechizo. Sin contemplaciones, la abordó.

- ¿Dónde está?

La dama parpadeó y levantó sus ojos rojizos hacia el maestro, inclinando levemente la cabeza.

- ¿A quién buscáis, señor?
- ¿No es evidente? - replicó Gandling con un resoplido, haciendo un gesto difuso.

Malicia chasqueó la lengua y asintió, mirando alrededor. Era aquella vocecita fina y delicada, que de alguna manera se abría paso y encontraba ecos en el inmenso castillo lo que ponía nervioso al tutor de la academia de nigromancia.

"Más allá de la clara laguna,
a través de valles y montañas
junto al olmo, y al lirio y al haya
Lorathil, mi preciosa Lorathil"

- Está preparando los envíos para Arugal - respondió Malicia - no creo que tarde demasiado en terminar. Yo también estoy deseando librarme de él.
- Esto es inaceptable - bufó el maestro, apretando los puños. - No sé en qué pensaba el Archimago, pero no voy a consentir semejante... semejante profanación de nuestro espíritu ni de nuestros ideales. ¿Lo oyes? Es aberrante.

Malicia asintió y chasqueó de nuevo la lengua, mirando al Decano.

- No me importaría traerle aquí abajo y darle un par de lecciones.
- Sin duda - un resplandor sádico se encendió en los ojos del maestro. - Le haremos un favor al señor de la Luna de Sangre. Nos ha enviado un mocoso molesto y le devolveremos un sirviente complaciente.

"Lleva el viento mi canto hasta ti,
Lorathil, vanya Lorathil
síla lumen aina'lath
méralyë vesta ni"

- Estamos preparados para acogerle.
- Bien. Me pondré en contacto con Arugal y le enviaré a otro con los preparados, mientras "educamos" a su pupilo.

Malicia asintió y prosiguió con el hechizo, extendiendo los dedos sobre el vial de verdoso contenido y susurrando la evocación que había de imbuir el líquido con esencias más oscuras que la noche. Escucharse a sí misma la embriagaba de poder, mirar en torno a sí y contemplar la sublime obra que se llevaba a cabo en aquel edificio, la hacía temblar de orgullo y devoción. Ah, se sentía tan afortunada... La Vida Eterna la había besado en los párpados y tenía el honor de pertenecer al mayor movimiento de aquel tiempo, a la revolución que estaba conmocionando los cimientos de la existencia, una línea de pensamiento transgresora que exploraba conocimientos que jamás había soñado. La Plaga. La gran verdad que se extendía, imparable, por el mundo.

Sí, era una mujer con suerte. Y servía con rectitud a la causa que se había convertido en su vida.

- ¿Hola?

Minutos después, la vocecita. Malicia apartó la mirada de su trabajo y observó la pequeña figura parada en la puerta. Pálido como un cirio, con el pelo negro recogido a un lado y enfundado en una toga oscura, el elfito ojeroso más parecía una niña perdida que un mago. "Patético", pensó la instructora.

- ¿Cómo te llamas? - espetó
- Kalervo.
- Entra y colócate ahí - indicó, sonriendo a medias.

En el centro de la sala, un grupo de esqueletos inmóviles habían sido conjurados por los adeptos, que imbuían de sombras las carcasas quebradas de los cuerpos de hueso. El chico avanzó lentamente, con los ojos muy abiertos, pellizcándose la toga. Los nigromantes le miraron. Luego miraron a la instructora. Y la instructora volvió a sonreír.

- ¿Te gusta cantar, Kalervo?
- S...si... señora.
- A nuestros esqueletos les encanta bailar. Así que canta para ellos... porque si la música se detiene... se vuelven... hambrientos... difíciles de controlar.

Malicia reprimió una risa cruel. Los nigromantes habían animado los brazos de los muertos, que se movían con sonidos de ramas secas, tendiéndose hacia el muchacho situado en el centro de la sala. Cuando le rozaron el cabello con los dedos huesudos, soltó un gritito agudo y empezó a jadear, asustado. Los ojos del chico se fijaron en ella, y ver el miedo en su mirada la llenó de una enfermiza complacencia.

- Canta... canta niño... - susurró, con una sonrisa desquiciada.

Y Kalervo cerró los ojos con fuerza y cantó con voz fina y temblorosa.

- Lle...lleva el vien...to mi can... to hasta... ti - consiguió articular, con una lágrima corriendo por su mejilla mientras los dedos descarnados le rozaban y los esqueletos animados se apiñaban a su alrededor. - Lorathil... vanya Lorathil... síla lumen aina'lath... méralyë... ves...ta...ni

Cantó durante horas y horas, de pie en aquella sala húmeda y maloliente, hasta que se quedó afónico y fue incapaz de sostenerse sobre las piernas. Y cuando cayó de rodillas y apenas su voz era un susurro ya, cuando no le quedaban fuerzas mas que para cubrirse la cabeza con las manos bajo la sombra de los espectrales fantasmas y los cadáveres alzados que los nigromantes hacían danzar a su alrededor, la instructora se acercó.

- Suficiente. Nunca vuelvas a cantar mientras te encuentres entre estos muros. ¿Lo has entendido?

Kalervo asintió en silencio. En silencio se puso en pie, tambaleante, y siguió a la dama hasta el fondo de la sala, en silencio escuchó las instrucciones y en silencio se colocó junto al resto de nigromantes. En silencio, apoyó sus invocaciones con su magia y se encargó de imbuir los hechizos con poderes arcanos más allá de la sombra.

"Lleva el viento mi canto hasta ti,
Lorathil, vanya Lorathil
síla lumen aina'lath
méralyë vesta ni"

Y en silencio, siguió cantando en su interior. Algunas cosas no iban a robárselas jamás, y no estaba dispuesto a permitir que su situación, por terrible que fuera, le destruyese. El motivo, no lo sabía. Sólo sabía que tenía que resistir, y sobrevivir, y que tenía que salvaguardar su alma de alguna manera. 

Así que, en silencio, siguió cantando. Y no dejó de hacerlo en los días que siguieron

jueves, 31 de diciembre de 2009

XIII - El poder del miedo

¿Habéis escuchado alguna vez cantar al viento? Es difícil oírlo, pero sucede a veces, en ciertos lugares que tienen una estructura concreta. Por ejemplo, una alta torre de ventanas y puertas quebradas, en una isla casi perdida en mitad del mar del Norte. Retorcida y gris, la torre de la que os hablo, no era tan diferente a una flauta grotesca y retorcida, sometida continuamente al azote del viento. Y éste, bailarín y juguetón, entraba y salía en impulsos constantes por los recovecos y las oquedades de la construcción, haciéndola sonar como una chirimía tañida por un sátiro que danza bajo la Luna.

Kalervo aprendió esas canciones cuando no había nada más que escuchar salvo su propia voz y las palabras de su Amo en las raras ocasiones en las que se dirigía a él. Aprendió las melodías e incluso trató de ponerles letra, en un esfuerzo que puede parecer un tanto extraño por mantenerse cuerdo, firme, y no ceder a la desesperación, arrojándose desde el tejado. Las silbaba entre dientes, disimuladamente, mientras caminaba con pasos lentos, apoyándose en el bastón, haciendo los recados que el Amo le encomendaba.

Aquella noche lo hacía, imaginando algún cuento de hadas, mientras se dirigía a la amplia sala abovedada donde el mago le había citado. Kalervo siempre se evadía de una realidad demasiado dura para su ingenuo corazón, refugiándose en su chispeante imaginación. Eso era mucho mas fácil que enfrentarse a hechos que no podía cambiar, mucho más efectivo que intentar tomar decisiones respecto a su situación. Los esclavos no toman decisiones, los monstruos tampoco. Él era ambas cosas, ahora. Lo primero, lo sabía. Lo segundo, solo lo intuía vagamente, entre pesadillas demasiado vívidas y sueños que no podía recordar.

Entró a la sala, sin pensar en nada más que en el cuento que estaba inventando, y se arrodilló delante de Arugal. El archimago, una sombra de ojos helados en la oscuridad de la noche, apenas aliviada por un par de candelabros, abandonó la mesa de trabajo y se le acercó con el vial de cristal. Kalervo alzó los ojos con ansiedad. El líquido anaranjado brillaba con luz propia en la penumbra. "Mi vida", pensó, aterrado. Siempre le invadía un sobrecogimiento cuando llegaba aquel instante, y palidecía de terror al comprender que bastaba con que el Amo cambiara de idea a capricho para que su fin fuera inminente. Solo que apartara la mano. Sólo que no le tendiera aquel frasquito, que ahora le otorgaba una vez al mes.

- ¿Lo quieres, gusano? - preguntó, como siempre, el mago.

Las tomas de los horribles potingues se habían espaciado con el paso del tiempo. Una mañana, cuando Kalervo ya había dejado que todos los castillos se derrumbaran y se había rendido a su destino, al menos en apariencia, sintiéndose un cobarde por elegir salvarse en vez de alzar la barbilla y negarse a ser un esclavo - cosa que había visto hacer a muchos héroes en los libros de aventuras que leía, y que solían tener un final feliz gracias a la intervención de hadas, deidades y demás - los Nuevos Hijos de Arugal le habían sacado de la celda. Le dieron una toga y un bastón y le enviaron a trabajar en el laboratorio. A partir de entonces, La Muerte se le servía semanalmente, al igual que La Vida. Y con el paso de los meses, sólo le visitaban cada dos semanas. Ahora, sería una vez cada tres meses. Así lo había indicado el Amo, contento con su trabajo imbuyendo hechizos mágicos en los preparados que él le encargaba. El Amo estaba contento. El Amo sería bondadoso... o al menos, no demasiado cruel.

- Lo quiero, señor - replicó Kalervo, con voz débil.

Arugal rió entre dientes y le ofreció el frasquito. El muchacho lo abrió con los dedos temblorosos, bebiendo el ardiente mejunje que le hizo temblar cuando el calor abrasador se extendió por sus venas.

- Eres un gusano - dijo Arugal con desdén, mirándole beber desde arriba y soltar el vial para apoyar las palmas de las manos en el suelo y gemir de dolor, mientras las lágrimas manchaban sus mejillas.

Si, Kalervo se sentía como tal. Se sentía un gusano, por haber querido sobrevivir. Sobrevivir en una vida como aquella, ¿qué valor tenía? ¿Qué valor tenía su rendición, si no era más que una condena? ¿No habría sido mejor morir y dejar que todo terminase?

"No", se dijo. No sabía de donde salía esa convicción, pero recordó fugazmente una mirada serena, una sonrisa optimista y unos gestos apenas amagados en un par de manos rudas y poderosas. "Nadie va a morir aquí". Sí, ese era el valor de su rendición. Sobrevivir, a cualquier precio, significaba tener nuevas oportunidades, dejar un camino a la esperanza, por angosto y apagado que éste fuera, incluso aunque diera miedo. Por eso se levantó, sin esperar las palabras de Arugal, y le miró, inclinándose casi con dignidad.

- ¿Hay algo más en lo que pueda serviros este gusano? - preguntó. Le sorprendió la frialdad de su voz, por un momento. Dejó de sorprenderle cuando, entre el miedo que nunca parecía abandonarle y la soledad impuesta de su alma, los pensamientos vengativos comenzaron a tomar forma. Algún día. Algún día... algún día. Quizá.

El archimago ladeó la cabeza.

- Siempre puedo sacarte alguna utilidad - dijo el mago, de manera misteriosa.

Nunca había sabido por qué Arugal había puesto tanto empeño en encontrarle, jamás entendió por qué ese afán en dar con él una vez hubo escapado de sus garras. Tampoco entendía estas palabras ahora.

- Estoy a vuestro servicio, Amo.

Kalervo fijó la vista en la punta de las botas de su señor. Negras como el cieno de un pantano viejo. Su mente racional le decía que estaba condenado, su instinto de supervivencia gritaba que había esperanza. A ratos le hacía caso a uno, otras veces a otro. Las palabras del mago fueron guadañas que parecieron cercenar toda la esperanza, la hicieron arder y la convirtieron en cenizas.

-  Quiero que vayas a Scholomance a buscar unos componentes necesarios para la próxima creación. Y regresarás... porque si no lo haces, mis Hijos no solo te hallarán a ti. También encontrarán a ese Lazhar a quien llamabas a gritos cuando aún creías que podías escapar de tu destino, le traerán aquí y verás con tus propios ojos lo que hago con él. Después, quizá te mate. O puede que te deje vivo sólo por ver como te consumes en el sufrimiento, sabiendo que lo que le pase a él será SOLO CULPA TUYA.

El suelo se emborronó ante sus ojos y las lágrimas mancharon la tarima de madera grisácea.

Sin esperar respuesta, Arugal invocó el portal brillante con un par de palabras, y la imagen de un lugar tenebroso, siniestro y de luz verdeante e insana se formó con claridad ante la mirada rendida de Kalervo Alher Fel'anath, magistrado, aprendiz de arcanista, gusano y esclavo.

- Volveré - musitó, arrastrando los pies mientras se dirigía al portal, cabizbajo y sintiendo cómo los cristales de su destrozado corazón se le clavaban en el pecho, con una angustia imposible de medir.
- Lo sé - dijo Arugal.

El antaño archimago del Kirin Tor, decían, estaba loco. Sin embargo, no había dejado de ser inteligente, y sabía mucho acerca del poder del miedo.

XII - Una historia de terror

Cuando el joven magistrado y ahora aprendiz de arcanista Kalervo Alher Fel'anath era un niño, le gustaba mucho leer cuentos. También escucharlos de los labios de su madre, la dulce y sobreprotectora Lady Alystrea, antes de dormir. Sus cuentos favoritos, como el lector ya debería saber, eran los de aventuras y los de amor, porque el sensible y emocional Kalervín de entonces, al igual que el de ahora, solía asustarse mucho con las historias de terror. Ahora, sin embargo, entre la febril neblina de la consciencia, le parecía estar viviendo en uno.

Encerrado desnudo en la húmeda celda, aguardaba el paso de los días y las noches, sollozando a solas, mientras los castillos de arena que construía en su imaginación se venían abajo con el discurrir del tiempo. "Buscaré un modo de escapar", así se llamaba el primero. Infructuosamente, lo buscó, tratando de empujar piedras inamovibles, de colar hechizos arcanos en la cerradura de la puerta que sólo hacían enfadar más a los guardias, incluso intentando incendiar la paja que, húmeda, nunca llegaba a prender. "Pediré socorro por el ventanuco", se llamaba el segundo. Pero desde la breve oquedad enrejada, sólo podía ver una vasta extensión de praderas y colinas verdes, donde los osos rugían y los lobos aullaban. Lejanos. Demasiado lejanos, al otro lado del mar. Pues la torre se encontraba en una isla, y nadie podía escuchar sus gritos de auxilio, sólo el mar, el viento y las gaviotas. "Lazhar vendrá a salvarme", fue su última esperanza. Que nunca llegó a derruirse del todo, y que de alguna manera, le proporcionó la fortaleza suficiente para mantenerse firme, al menos espiritualmente.

- Lazhar vendrá a salvarme - estaba repitiendo, febril y sudoroso, con el cuerpecillo aovillado en un rincón y la voz temblorosa. Al menos escuchar su propia voz le recordaba que seguía vivo, que era real, mas allá de la bruma de la enfermedad que le provocaba náuseas muy reales, le ardía en la sangre y le hacía vomitar pura bilis. - Lazhar vendrá a salvarme... se dará cuenta... de que no estoy... también el Señor Ysbald... se darán cuenta... me buscarán... vendrán a salvarme... me buscarán... me encontrarán... Lazhar vendrá a salvarme... me curará con la Luz... me dirá que he sido muy valiente...

Un acceso de tos que le desgarró los pulmones le hizo callar. Tosió, convulsionando sobre las losas, y lloró amargas lágrimas al ver la sangre que manchaba, con cinco gotas en forma de estrella, el suelo de su prisión.

- Nadie va a venir, Alher. - Replicó la voz suave, casi dulce, engañosa como un escorpión, del Archimago Arugal, que le observaba desde detrás de las rejas. Levantó los ojos turbios hacia él, empañados de lágrimas. ¿Era real? ¿Era sólo una imagen? ¿Era un sueño? Nunca llegó a saberlo. Pero sus palabras no las olvidó jamás.

- Nadie vendrá a por ti. Estás completamente solo... esto es lo único que tienes. Y ahora me perteneces, para siempre. - dijo la pesadilla de Arugal, sacando la mano de las mangas de la toga, entre la penumbra de los mortecinos cirios, y mostrándole dos viales. Uno amarillento, otro anaranjado. - En mi mano está todo, tu presente y tu futuro. Te he dado una bendición... un motivo para tus estúpidos lloriqueos, una razón para tu tonta cobardía. ¿No te sientes morir?

Kalervo se estremeció, tosiendo de nuevo. Esta vez, la virulenta bocanada de sangre le inundó la boca, haciéndole abrir los ojos como platos y temblar, sobrecogido por un violento dolor. El líquido rojo le supo metálico sobre la lengua apelmazada, se derramó en el suelo húmedo, reluciendo con demasiado realismo ante su mirada vacía, perdida. Arugal le observaba, las guadañas de sus ojos, heladas, le atravesaban, haciendo patentes aquellas palabras de condena. Sí. Se sentía morir.

- Así es, gusano - la voz del archimago, suave, casi paternal. - Te sientes morir porque te estás muriendo. Cada día te entrego la muerte, cada noche te entrego la vida.

La puerta enrejada giró sobre las bisagras y los ojos entrecerrados, arrasados en lágrimas del joven Kalervo, se fijaron ausentes en los pliegues de la negra toga con bordados de runas de plata. El brazo de Arugal le incorporó a medias, sin encontrar resistencia alguna. Sintió que sus huesos se clavaban en la carne del mago cuando alzó su liviano peso y el tacto cristalino del vial despertó el frío en sus labios.

- Aquí tienes tu vida, una noche más. Mañana volveré a traerte la muerte, hasta que aceptes a quién has de servir.

"Vendrán a rescatarme", se dijo una vez más, tragando el espeso líquido. Sabía a hierbas y a algo engañosamente dulce, y al engullirlo una explosión de calor ardió en sus entrañas, haciéndole apretar los dientes y tensarse por completo.

Kalervo pasaba mucho miedo cuando le contaban historias de terror. Ahora, cuando su vida se había convertido en una, cuando el miedo era su estado natural y la locura acechaba a cada lento segundo, ni siquiera asustarse tenía sentido.

XI - La torre en las frías colinas

Despertó con un fuerte malestar en todo el cuerpo, la piel crispada por el frío y un fuerte olor a orines, paja podrida y agua estancada. Cuando consiguió abrir los ojos, no podía estar seguro de haberlo hecho. Sólo se lo confirmó la caricia líquida y caliente de la lágrima que rodaba por su mejilla y el gemido propio, que escuchaba casi lejano. Bajo su cuerpo desnudo, losas frías, duras, húmedas. Paredes de roca.

- Noooo - gimoteó, abrazándose las rodillas. Se le había soltado el pelo y notaba los labios agrietados. - Noooo... por favor. Por favor.

Enfocó la vista y percibió la suave penumbra detrás de las rejas de su calabozo. Mareado, se arrastró a un rincón para vomitar, y trató de avanzar hacia la puerta metálica, empuñando los barrotes con los finos deditos manchados de mugre.

- Noooo... ¡QUIERO SALIR!

Una potente explosión arcana estalló a sus pies instintivamente. Otra vez el miedo, otra vez la sensación de abandono, de impotencia. El paladar le sabía a rayos en salsa, la tripa se le había dado la vuelta, y todo él se sentía enfermo.

- ¡QUIERO SALIR! ¡SACADME DE AQUÍ!

Un golpe seco en los barrotes y el rostro de un lobo, casi encajándose en ellos con las fauces abiertas y los ojos inyectados en sangre, rugiendo y gruñendo, le hicieron soltarlos y caer de espaldas hacia atrás, gritando y temblando.

- ¡Silencio, escoria! - Bramó el animal. - Si vuelvo a escucharte, te devoraré las entrañas mientras aún estás vivo.

Inmóvil, con la respiración acelerada y los ojos fuera de las órbitas, Kalervo ni siquiera pudo asentir. El aire no le llegaba a los pulmones, su pequeña nariz aleteaba desesperadamente mientras las lágrimas fluían a borbotones. El lobo gruñó una vez más, y la larga sombra que apareció tras él, rascándole tras las orejas, clavó su mirada azul gélido sobre el joven elfo desnudo. El ferocani se marchó, dejando espacio a su maestro. Y el archimago Arugal, con su larga toga, con su máscara de tela negra y su tocado de colmillos de hueso, dio la bienvenida a Kalervo, haciendo que casi se desmayara.

- Me lo has puesto difícil, gusano.
- ¡Déjame! - se tapó el rostro con las manos, chillando. - ¡Déjame, por favor! ¡Ya no eres nada, ya no te quiero, ya no existes! ¡Quiero irme a casa!

De nuevo, el sollozo aterrado se agitó en su pecho dolorido. El aire estaba demasiado frío, todo era frío horrible allí, y sus peores pesadillas le visitaban de nuevo.

- No tienes casa - replicó el archimago. - Esta es tu casa. Mi presencia ha sido tu único hogar, y es el único que conocerás en lo sucesivo. Me robaste el Brazalete de Ur, me robaste mis libros. Y me traicionaste.

Kalervo intentaba apagar todas aquellas palabras, tapándose los ojos, tapándose los oídos, tratando de recordar canciones, pensando en algo que pudiera servirle de refugio ante el miedo, las ganas de morir y la desesperación.

- Déjame, déjame, ¡DÉJAME!
- A pesar de todo, como padre amoroso, de nuevo te acojo - Arugal siempre hablaba así. Suave, frío, cortante. Terriblemente real. - Me has hecho ir a buscarte muy lejos, gusanito. Y mírate... si hasta puedes invocar algo de magia. Eso está muy bien, muy bien, sí.
- Qué...quieres de mi... - sollozó.

La puerta de la celda se abrió con un chasquido. Dando un grito, Kalervo se arrastró penosamente hasta un rincón, intentando poner distancia entre los dos. Las togas del archimago le rozaron las rodillas, y los dedos finos de largas uñas se cerraron en su cabello, tirando de él. Abrió los ojos, fuera de sí, aterrado y gimoteando. El brazo de Arugal le mantenía contra su cuerpo, el olor a muerte y alquimia emanaba de los mismos poros de aquel hombre terrible de ojos como cuchillas. "Voy a morir", pensó, retorciéndose en un vano intento por escapar, ahogándose en un grito desesperado, con el corazón golpeando con fuerza en el pecho a causa del pavor.

- Mírate, mi buen aprendiz - dijo el mago, tirándole del pelo para que alzara la cabeza y embutiéndole el vial entre los labios, mientras le tapaba la nariz en un gesto violento y doloroso, obligándole a tragar. - Si ya hasta sabes aullar.

X - Trabajo a tiempo completo

Los renegados son gente muy especial. Kalervo había podido darse cuenta de ello a la perfección durante los últimos tiempos, ah, sí. El pueblo de la Dama Sylvannas no era simpático, de acuerdo, y tampoco especialmente agradable a la vista. Sin embargo, la no - muerte había hecho de ellos personas con una serie de características comunes que no le parecían del todo censurables. Una de ellas era su carácter en extremo vengativo. Eso ofrecía múltiples oportunidades de negocio, sin lugar a dudas. De cuando en cuando podía conseguir pequeños trabajillos entre el noble pueblo de la vieja Lordaeron, consistentes en su mayor parte en robar viejos tesoros que les habían sido expoliados tras su muerte, vengarse de viejos enemigos y, no menos interesante, utilizar toda clase de potingues mortales contra los humanos.

Kalervo era demasiado sencillo en sus conclusiones como para darse cuenta de la soterrada envidia de la vida, el rencor y la ira malévola que poblaba la mayoría de los marchitos corazones de aquella gente, y si se daba cuenta, no prestaba demasiada atención a ello. Casi todos tenían cuentas pendientes en su no muerte, y eso era conveniente. Significaba que no era complicado encontrar encarguitos para Lazhar en esa tierra.

Lo que no esperaba y abrazó con entusiasmo, fue la propuesta de aquel renegado ciego tan extraño llamado Ysbald, quien, educado y cortés, les ofreció pasar a formar parte de su emporio comercial y negocio de transportes. Kalervo había jugado bien sus cartas para asegurar un contrato bien redactado cuando el Señor Ysbald contrató a Lazhar como guardaespaldas, si. Lo único que le resultaba vagamente molesto de aquella situación era el hecho de que su estimado representado debiera seguir al renegado allá donde iba mientras él, como administrador, escriba y encargado del para otros tedioso papeleo, debía permanecer casi siempre en ciudades tan variopintas como Trinquete, Entrañas o Bahía del Botín.

Todo en el negocio del Señor Ysbald parecía legal. Lo parecía, sin duda, gracias a él. Falseando documentos, retocando contrataciones, el contrabando ilegal se había convertido en comercio lícito cuando los pergaminos pasaban por sus manos, y la pobreza que amenazaba con llamar a la puerta de su vida y ya campeaba en la de Lazhar, habían sido esquivadas con gran habilidad usando la inteligencia. ¿No era maravilloso? Lo era.

Estaba pensando en ello mientras caminaba hacia el bosque, con la faltriquera de hierbas a un costado y la toga arremangada, canturreando alegremente. Era de día. Hacía sol. No había nada que temer, y necesitaba un poco más de sangrerregia para elaborar las tinturas que necesitaba para su trabajo. No apreciaba especialmente el bosque de Argénteos, pero no tenía tiempo de buscar la planta en las regiones de quel'thalas si quería llegar a tiempo para tomar el barco.

- El pequeño conejiiito saltando, saltando - cantaba, inclinado sobre uno de los arbustos con la tenacilla. Estaba de buen humor. - Tan blancas orejas, colita de algodón...

El viento soplaba suavemente entre los árboles, olía a flores silvestres y a plantas. La peste pútrida de los ríos contaminados y de los cadáveres no llegaba hasta allí. Y además, Kale estaba un poquito resfriado, así que no fue capaz de reconocer el familiar olor a perro mojado.

- Pequeño conejito, saltando, saltando...

Se dio cuenta demasiado tarde. Cuando una risa leve se escuchó a su espalda y de pronto le pareció que la quietud era demasiado intensa en torno a sí. Se puso pálido y se le cayeron las tenacillas al suelo. ¡Oh no! ¡Condenación! La voz gutural y gorgoteante completó la canción.

- Solito se fue al bosque... y el lobo se lo comió. ¡MWAHAHAHA!
- ¡IIIIIH!

Las zarpas se abalanzaron sobre él. Una masa de pelo y fauces babeantes, y después, la alocada carrera hacia el lugar que ya conocía, mientras el terror se apoderaba de su corazón y una sensación de terrible desgracia le golpeaba en plena cara, recordándole que su mala estrella no se había apagado todavía.