sábado, 4 de septiembre de 2010

XXVI - Mirando a las estrellas

- ¿Preparados?

Temari asintió, y Lazhar hizo otro tanto. Los tres elfos se encontraban en la playa, bajo la luz de una noche clara y cuajada de estrellas. Desde la Aldea Cazasombras llegaba el sonido de algunos timbales y las voces de los trols, la luz de las antorchas lejanas no podía competir con la lechosa luminiscencia estelar, que se derramaba sobre el mar. Éste bailaba en un oleaje suave, destellante como una armadura de plata recién bruñida. La suave brisa agitaba los cabellos de ambos, oro, azabache y rojo oxidado, colocados frente a frente en la arena.

Kalervo tomó aire y se arrodilló bajo la atenta mirada de sus amigos, desplegando el mapa astral y sustentando las esquinas con un par de guijarros, para evitar que el aire se llevara el pergamino. Mientras montaba el astrolabio y lo calibraba, empezó a hablar.

- Cuando nos reunimos en el hachazo, os había convocado para buscar unos pergaminos. Fragmentos de ellos, mas bien - comenzó, girando las ruedecitas y moviendo las lentes - Con lo que hemos encontrado hasta ahora, he podido averiguar algunas cosas. Los he estudiado por encima.

Sacudió las manos y se arrodilló sobre el mapa. Lazhar observaba todo aquello como si estuviera mirando algo de otro planeta, aunque parecía serio y atento. Temari le escuchaba con atención.

- ¿Y qué has sacado?
- Tal y como pensaba, hay varias fases lunares que pueden afectar de manera drástica a las energías mágicas. Veréis, cuando se realizan rituales complejos, los poderes astrales y las alineaciones del mapa celestial propician el empoderamiento de una clase de energías o de otras.

El chico señaló con el dedo el mapa.

- ¿Veis este círculo?

Temari y Lazhar asintieron.

- Esta es la Luna Blanca. Son las fases de la luna llena en su plenitud, cuando parece un rosco amarillo. Es buena para la magia en general, pero para hechizos específicos, son mejores otras. Mirad esto - señaló otro diagrama - ésta es la Luna Roja. También se le llama Luna de Sangre. Todos los rituales de Arugal se realizaban en noches de Luna Roja, es especialmente buena para asuntos de nigromancia y magias oscuras.

Lazhar frunció el ceño. Siempre que se mencionaba al bellaco causante del sufrimiento de Kalervo, el paladín ponía esa misma cara, la de querer partirle la cabeza a alguien. Al jovencito, aquello le parecía absurdamente romántico, pero en esta ocasión no se detuvo a disfrutar de la sensación ni a suspirar como un colado. Estaba intentando aprender a lidiar con eso.

- Bien, como veis, la que hay enfrente es la Luna Azul. Esta fase se da un tiempo antes del plenilunio absoluto,  en la cual la luna está muy brillante y el cielo se ve tremendamente claro. A pesar de que el contorno lunar es más pequeño de lo que lo vemos en plenilunio, su luminosidad es mayor que en ninguna otra fase.

Lazhar frunció un poco el ceño y miró hacia el cielo.

- ¿En qué fase estamos ahora, Kale? - preguntó Temari por los dos.
- Ahora lo veremos, enseguida termino - replicó el chico, ajustando un par de tuercas y girando la lente principal, aún cubierta por un tapón, hacia el mapa astral. - Los pergaminos han desvelado que la Luna Azul contrarresta a la Luna Roja, así que... creo que, cuando encuentre los hechizos adecuados para deshacer la maldición de Arugal, si es que es eso, una noche de Luna Azul será la más apropiada. Y ahora, mirad.

Kalervo destapó la lente. La luz de las estrellas se filtró por un extremo del astrolabio, reflectó en los espejos y se derramó sobre el mapa astral, haciendo brillar diminutos puntitos que tejían un entramado plateado, salpicado de motas azules, rojas y blancas.

- ¡Caray!

Temari sonrió, y Lazhar le devolvió la sonrisa.

- Es precioso, Kale - dijo ella, observando el mapa con gesto inteligente.

Lazhar también lo miraba, y aunque no entendiera un pepino, gesticuló una palabra, "bonito", y esbozó de nuevo la deslumbrante sonrisa. El arcanista sí suspiró esta vez, estremeciéndose por dentro ante su deliciosa simplicidad y la encantadora ignorancia de la que hacía gala en asuntos arcanos.

- Mira, aquí marca la luna de hoy - dijo Temari, señalando un brillo anaranjado - Estamos a quince días de una luna azul.
- A ver... veamos...

Los dos magos se sentaron en la arena y tomaron algunos apuntes, comentando la lectura astral. Lazhar les escuchaba y pasaba el dedo sobre las líneas del mapa, con aire pensativo, hasta que finalmente, se retiraron, con el plano bajo el brazo y Temari inspeccionando a fondo el astrolabio, porque ella también quería uno de esos. Se separaron en la cochambrosa taberna cutre de los trols Lanza Negra, donde Temari se quedó en la planta baja. Los chicos subieron a la superior.

Allí, el arcanista de pestañas rizadas se encontraba guardando sus artilugios y parloteando sobre todo y nada para llenar el silencio, paliar los nervios y la incomodidad que le asaltaban siempre que se quedaba solo con Lazhar. Eso de ser un colado era peor que estar loco. Aunque estaba deseando constantemente estar a solas con él, cuando la ocasión se presentaba, le entraba un pánico irracional. Andaba desgranando alguna teoría sobre líneas ley cuando la voz grave y serena le hizo detenerse al momento.

- Kevo.

Tragó saliva. Cerró los ojos. "No tiembles, idiota, ¡no tiembles! Sólo ha dicho tu nombre". Tomó aire y se giró hacia el fornido elfo, que le observaba con gesto preocupado.

- ¿Si?

Lazhar comenzó a signar.

"Anoche tuviste pesadillas. Andaste dormido"

Kalervo se mordió el labio.

- Lo siento.

El paladín meneó la cabeza a modo de negativa, se acercó y le tocó la frente. Kalervo aguantó la respiración, tratando de retener ese contacto sobre su piel, aunque Lazhar sólo estuviera comprobando si tenía fiebre. Por tonto que pareciera, eso le resultaba tan emocionante como una declaración de amor. Una bendición relumbrante cosquilleó al extenderse por su cuerpo, y Lazhar retrocedió un paso.

"Duerme. Vigilo. Yo te cuido", volvió a gesticular el pelirrojo.

- Ya...ya vigilaste anoche - protestó Kalervo, cambiando el peso de pie una y otra vez. - Y la anterior. Y la otra. No puedes estar sin dormir para cuidar de que no camine en sueños ni tenga fiebre o pesadillas.

"Duermo de dia", insistió el paladín, muy seguro él. Kalervo frunció el ceño.

- Tus manos dicen que duermes, tus ojeras dicen que no lo haces. Y no te quedan nada bien.
- Kevo... - sonaba a advertencia, seguida de un suspiro. Lazhar se cruzó de brazos. Luego señaló la hamaca trenzada, con un ademán imperativo y se dio la vuelta para sacarse las placas.

"Paladín cabezota e inconsciente", pensó Kalervo, terminando de plegar el astrolabio. Miró por la arcada de la choza, observando el mar. No podía consentir que Lazhar siguiera así, cansado y sin dormir por cuidar de él. Se sentía una carga, y no iba a permitir ser una carga, no para él. Su vista se desvió hacia la litera, y dibujó una media sonrisa maliciosa.

Había tenido una idea.

Lazhar, ajeno a todo esto, se despojaba de su armadura con cuidado y movía los hombros adelante y atrás, tratando de descargar los músculos de tensión. Cuando hubo terminado, dejó el lienzo con el que se había secado el cabello húmedo sobre las piezas de malla y metal y se dio la vuelta. Kalervo ya le estaba esperando, de pie, delante suya, con una sonrisa cándida y el pelo suelto, la larga toga de dormir arrastrándole sobre la tarima de madera y apenas dejando ver las puntas de los dedos de los pies.

Extendió las muñecas hacia él, mostrándole la cuerda enredada en ellas. El otro extremo se anudaba en el poste de la hamaca.

- ¿Me ayudas?

Lazhar parpadeó. Su rostro era la perplejidad absoluta, y sí, esto también le resultaba encantador a Kalervo. ¡Era tan mono! El paladín se dispuso a retirar la soga de sus manos, quizá pensando que se había enredado en ella accidentalmente.

- No, tonto, eso no.

Lazhar arqueó la ceja, interrogante.

- Átame - dijo Kalervo, sencillamente.

Pestañeó una vez y otra más, y ladeó la cabeza, sin comprender por qué Lazhar no respiraba y le miraba como si estuviera loco. El paladín se había puesto blanco, luego rojo, y ahora estaba palideciendo otra vez. Además, estaba inmóvil.

- No puedo yo solo - insistió Kalervo, tendiéndole las manos unidas - si intento atarme una mano, luego no puedo atar la otra, no llego a los cabos. Así, estoy atado y no puedo ir a ninguna parte. De esta manera, podrás dormir sin preocuparte por si camino en sueños.

El muchacho sonrió. Su idea era estupenda, no entendía por qué Lazhar no le decía que era muy listo y no hacía nada, solo mirarle como si estuviera poniéndose enfermo o algo así. Cuando al fin, los dedos del paladín reaccionaron y le ajustó las sogas a las muñecas, Kalervo empezó a pensar que posiblemente sí estuviera enfermo.

- ¿Te encuentras bien? Tienes las manos muy calientes, y estás rojo.

Lazhar asintió varias veces, repetidamente. Kalervo frunció el ceño. Cuando hubo asegurado las cuerdas, Lazhar se dio la vuelta y se subió a la litera, sin decir nada más. El chico le imitó, con serias dificultades. Si no, probad a trepar a una hamaca con las muñecas atadas. Finalmente, miró a su héroe con una sonrisa.

- Buenas noches, Lazhar. Duerme tranquilo hoy, ¿vale?

El paladín asintió con la cabeza y le dio las buenas noches agitando la mano, aunque había desviado la vista y ahora estaba pálido otra vez. Kale arrugó la nariz al tumbarse y cerró los ojos, dispuesto a entregarse al sueño con la cabeza llena de dudas. A veces no entendía al paladín. Sólo esperaba que no hubiera enfermado a causa de la falta de sueño, eso no se lo perdonaría nunca.

Lo que Kalervo no sabía era que Lazhar hubiera preferido estar despierto si hubiera sabido la noche que le esperaba. Y , esta vez sí, por culpa del arcanista.

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