jueves, 3 de junio de 2010

Nelde - Todo lo que puede salir mal

Amathia corrió escaleras arriba, tratando de no tirar nada. El balde de agua se tambaleaba, las toallas estaban a punto de caérsele del hombro al suelo, y ya estaba sudando. Los gritos de su señora la ponían nerviosa. ¡Diablos! ¿De qué estaban hechas las elfas ahora? No era para tanto.

- ¡Ya sale!¡Ya sale!¡Empujad, señora!

Dunille y el señor Fel'anath estaban junto a la cama, donde la elfa paría haciendo todo el escándalo posible. Sí, y aún tenían suerte de haber cerrado bien puertas y ventanas, porque parecía que la estaban matando. Amathia dejó la palangana y se apresuró a limpiar la sangre entre las piernas de su señora, torciendo el gesto. Bueno, tal vez sí era para tanto.

- Respira, mi amor. Respira.
- ¡ESTOY RESPIRANDO!
- Calmaos y empujad...
- ¡ESTOY CALMADAAAAH!
- Oh, por Belore...

Hacía más de doce horas que Lady Malande se esforzaba en expulsar de su interior a la criatura que había vivido en su vientre durante los últimos meses. El parto se había adelantado mucho, y el bebé seguramente sufriera malformaciones, pero además, todo se estaba complicando. Los líquidos se habían expulsado demasiado rápido. El pequeño o pequeña estaría secándose y debilitándose ahí dentro a medida que el tiempo pasaba sin que pudiera salir, y Amathia se temía que hubiera que abrir el vientre de la madre si querían salvarle. Además, la última hemorragia descontrolada de la señora amenazaba con no detenerse.

- Deberíamos llamar a los sacerdo...
- ¡NO!

Malande agarró a su criada de la pechera, furiosa, despeinada y cubierta de sudor, con la expresión de un animal acorralado.

- ¡He dicho que NO! ¿ENTENDIDO? ¡SI ALGUIEN LLAMA A UN SACERDOTE, DAOS POR MUERTAS!
- S...si, seño..ra...
- Cálmate, mi vida. Inténtalo de nuevo.
- ¡Me calmaré cuando me la saquéis!

Amathia parpadeó.

- ¿Como?
- ¡Sacádmela!

Las criadas miraron atónitas a su señora.

- ¡No puede salir sola! ¡Y yo no puedo más, me estoy desangrando! ¡Sacádmela!

Pero ninguna movió un dedo. Fue el señor Fel'anath quien se apartó de la cabecera de su esposa y se situó entre sus piernas, hurgando con los dedos en la dilatada abertura de su esposa, ante la mirada confundida de las doncellas.

- La cabeza está aquí. Empuja un poco más, para que pueda ayudarte.

El grito de Malande fue agudo y desgarrador, acompañado por las palabras de ánimo de su marido, y finalmente, un cuerpecito diminuto y sanguinolento apareció entre las manos de Kalher Fel'anath. Cubierto de fluidos, inmóvil, e inerte.

- Dioses... al...fin - resolló Malande, derrumbándose sobre los almohadones.

Amathia lo estaba viendo perfectamente, junto al señor de la casa. El bebé no se movía y no respiraba. Kalher lo contemplaba con ojos llameantes, pero cuando su esposa alzó el rostro, sólo dijo tres palabras.

- Voy a limpiarlo.
- Espera... espera, Kal...¿Por qué no llora?

La criada siguió a su señor fuera de la habitación, sin entender qué demonios hacía frotándole el pechito al pequeño cadáver.

- Amo, el bebé...
- Calla.

El magistrado colocó la boca sobre la boquita diminuta y sopló. Luego volvió a masajearle el pecho. Amathia no era chapada a la antigua, pero eso de robarle a su criatura muerta a una madre, besarla en la boca y apretarle el pecho le parecía un sacrilegio. ¿Es que creía que podría resucitarle?

- Amo, está muerto. Déselo a la señora para que lo llore - exigió, tajante.
- ¡He dicho que te calles! - escupió. - Vamos, pequeñín... vamos...
- ¡Ya basta!

Amathia no era chapada a la antigua, pero hay cosas que hay que hacerlas como se debe. Si el bebé estaba muerto, su amo tenía que dejarlo con su madre, para que pudiera lamentar su pérdida en la intimidad, y después se limpiaría el cadáver y se enterraría. Alargó la mano y tiró de la toalla donde su señor sostenía a la criatura.

- ¡Qué haces!
- ¡Esto no...!
- ¿Qué pasa, Kalher? ¡Quiero ver a mi niña! ¿Por qué no la oigo?

El recién nacido cayó al suelo. Se estrelló de espaldas contra la alfombra mullida, con un golpe muy suave, como si se hubiera caído un fardo de ropa. Y se removió. Y entonces dejó oir un llanto leve, muy fino, ahogado y diminuto, como todo él.

Amathia recibió una bofetada antes de que su amo recogiera a su pequeño del suelo y corriera junto al lecho de su esposa, donde las voces de las doncellas y los padres se entremezclaron.

- Es un niño, mi vida. No es una niña. Es un niño.
- No puede ser... ¿un niño?
- Qué pequeño es.
- No está sano, mirad, señora, apenas respira. Hay que llamar a los sacerdotes.
- Si...si, llamadles. ¿Un niño? Increíble...
- Es cierto, es muy pequeño.
- Está temblando, querido... ¿Qué le pasa?
- No está bien. Ha nacido débil.

Khaler Fel'anath miraba a su hijo diminuto mientras Amathia lo limpiaba. Malande parecía no podérselo creer. Ella le había asegurado que sería una niña, aduciendo que en su familia toda la descendencia era femenina, y sin embargo, ahí estaba esa pequeña cosita entre las piernas como palillos. Era un niño. Un crío moribundo que apenas era capaz de tomar aire.

- ¿Cómo lo vas a llamar? - dijo el magistrado.
- No... no lo sé...quizá es pronto para ponerle nombre... - replicó su agotada esposa. - Es tan débil... quizá no...
- Malande, no digas eso. Pase lo que pase, debe tener un nombre.
- Pero todo ha salido mal, Kalher... todo es... lo que no debía ser... no... algo hemos hecho mal...

El magistrado chasqueó la lengua. Miró a la dama y luego al niño. Una suave pelusilla morena, de un color negro azulado, le cubría la coronilla. Sonrió a medias.

- Alher - sentenció. - Se llamará Alher. Mi hijo.
- ¿Kalher, como tú?... - replicó la dama, con los párpados entrecerrados y semiinconsciente.
- Kalher no, Alher.
- Kalervo Alher. Vale... lo que tu quieras.

Atta - El laberinto

- ¿Has llevado los planos a los ebanistas?
- Esta mañana.
- Estupendo. ¿No será muy caro?
- No es problema.

Malande sonrió, y Kalher le devolvió la sonrisa. Su esposa era bella como una criatura féerica, o así se lo parecía. Bonita y delicada, con el pelo rubio y esos preciosos ojos violetas, y tan imaginativa que convertía su existencia en un paraíso. Estaban sentados en el salón, él trabajando en sus relojes, ella leyendo, como siempre. O casi siempre.

- ¿Por qué quieres hacerla así, Kalher? ¿No sería más fácil una normal? - preguntó Malande, alzando la mirada de las páginas, con un mohín curioso que a él le resultó encantador.
- Si, melenya, sería más fácil. Pero esta será más bonita... como un camino en la vida misma.

Tomó una de las piezas con las pinzas y la colocó cerca del engranaje principal. No era relojero, pero no le hacía falta. Le bastaba mirar aquellas ruedas, su posición, sus formas, para comprender instintivamente cómo funcionaban. Era esa capacidad analítica y deductiva, además de su excelente memoria, lo que había transportado al magistrado Fel'anath desde el humilde origen de su familia de jurisprudentes de poca monta hasta la magistratura de la capital del Reino.

- No me tortures más. Dime, ¿Qué tienes entre manos?

Khaler rió entre dientes y miró de reojo a su amada.

- Redonda.
- ¿Redonda?
- Básicamente, sí. Con caminos que se entrecruzan y estantes diferentes, con formas, tamaños y labrados distintos. - Giró una ruedecita diminuta con la uña y cerró la tapa del reloj de bolsillo. - Lo llenaremos todo con poesía, relatos, tratados, metodologías...
- ¿Pondrás tus tediosos libros de leyes también?
- Por supuesto. Son lo bastante aburridos como para despertar sopor y disipar todo interés o atención.
- Sí, igual que tú.
- Exacto. Igual que yo.

Malande rió entre dientes. Dejó el tomo que tenía entre las manos sobre el sillón y se acercó a sentarse en las rodillas de su esposo. La toga verde hizo un sonido crujiente al levantarse las mangas de brocado para rodearle el cuello con los brazos, y Khaler se recostó hacia atrás, abrazándola a su vez.

- No entiendo cómo lo haces - dijo ella.

Khaler arqueó la ceja, fingiendo no comprender de qué hablaba. Ella le puso un dedo en la nariz.

- Ya sabes. Fingir. Fingir constantemente. Creo que nadie te conoce de verdad, salvo yo.
- Es lo que intento. Ya sabes que mis ideas no son bien recibidas. Los soñadores ya no tienen cabida en este mundo, por eso estamos juntos, ¿no?

Malande sonrió, asintiendo con la cabeza. Luego bajó la voz.

- Ya casi he terminado de transcribirlo todo.
- ¿Ya? Sólo han pasado dos años, has sido rápida - respondió Khaler, con semblante grave.
- Han merecido la pena las noches en las que no hemos compartido el lecho por tu trabajo atrasado, laital. - dijo ella con una sonrisa pícara. - Y cuando tu biblioteca redonda y laberíntica esté construida, ¿dónde guardaremos todo lo que he rescatado?
- Allí no, desde luego.

Malande frunció el ceño.

- Piénsalo. En el improbable caso de que alguien descubriera tus orígenes... muy improbable caso - insistió, al ver la palidez incipiente de la joven - y buscaran los conocimientos que conservas, mirarán, sin duda, allí. Los libros se guardan en bibliotecas.
- Pero no son libros...
- Tenemos que destruir la materia original.

Malande se levantó de un salto y le miró, horrorizada.

- No podemos hacer eso. De ninguna manera. Son objetos incunables, son... las esferas, los cristales, todo, no podemos destruirlo. Mi familia lo ha rescatado generación tras generación y lo ha protegido. Me niego.
- Son un peligro, melenya - dijo él con suavidad, extendiendo una mano hacia adelante. La elfa le miraba como si acabara de escupirla, y su expresión le dolía... pero sabía que era lo mejor. - Nosotros no viviremos para siempre. ¿Y si alguien lo encuentra? ¿Y si caen en malas manos?
- Nuestros descendientes lo protegerán, ya sabes cómo son las cosas. Te lo conté todo antes de casarnos, Khaler. - replicó Malande, señalándole con el dedo, lívida. - Sabías como eran las cosas. No puedes decirme ahora que tenemos que destruirlo todo.
- Has hecho transcripciones...
- ¡Eso no importa!

Khaler suspiró y asintió, mirándola con tristeza. Podía haberle dicho "Sí importa. A quien quiero proteger es a ti, no a las reliquias." Pero sabía que no serviría de nada, porque Malande Auranath era una guardiana y siempre había sido consciente de eso. No hay nada más difícil que proteger a un protector.

- De acuerdo. Perdona. Buscaremos otra manera.
- La encontraremos... - dijo ella, volviendo a un tono suave, y regresó a su lado. Los ojos color violeta rezumaban afecto cuando la elfa se arrodilló y le tomó la mano. - Ocultaremos las transcripciones y los objetos en un laberinto. Como...como un gigantesco puzzle...
- Guardaremos claves y pistas que sólo los descendientes de tu sangre puedan comprender.
- Y de la tuya, Kalher.

El elfo miró a su esposa con gravedad. Ella le besó la mano.

- Me casé contigo porque te apreciaba... por lo que me ofreciste. Pero también porque eres inteligente, mucho, igual que yo. - De nuevo sonrió, dulce. - Y esa es una de las cosas que me enamoraron. Los descendientes de mi sangre también serán los tuyos... tú eres ya parte de mí, y de todo esto. Juntos hasta el final.

Khaler tragó saliva y asintió. A ella no podía ocultarle su emoción, y menos en aquel instante. Le acarició la mejilla.

- Hasta el final, írima.
- Todo irá bien - asintió ella.
- Tu... nuestra estirpe será iniciada en los misterios, aunque no lo sepan. Ellos podrán continuar con tu legado.
- Y hablando de eso... ¿no crees que es buen momento para probar a concebirla?

Malande pestañeó inocentemente, mirándole con gesto ingenuo que ya no le engañaba. Había un fondo de picardía misteriosa, casi mística, en aquel semblante delicado, quizá en el suave brillo de las pupilas. Le sonrió, levantándose y tomándola en brazos, meneando la cabeza.

- ¿Hoy podemos intentarlo? - preguntó con cierta ironía, mientras se la llevaba escaleras arriba - Ayer me dijiste que no.
- Ayer no era luna azul. Ya conoces las normas.
- ¿Y qué pasa si no lo concebimos en luna azul?
- Eso nunca sucede, querido.
- Entonces no hay peligro en hacerlo en cualquier momento.

La risa cantarina de la dama se perdió por los pasillos. En el salón, tras la ventana abierta, una sombra de ojos incandescentes se escurrió entre los setos y se perdió en la lejanía, bajo el resplandor de la luna llena.

Minë - Una boda bajo los sauces

El viento era suave en la pradera. La mañana hacía resplandecer las hojas doradas del Bosque Viviente, y los tiernos agitaban sus ramas con calidez, ocultos entre los troncos de los árboles de estío que guardaban. La primavera eterna se mostraba solemne y más brillante que nunca, y el cielo estaba azul, sin una sola nube.

- ...y es en los brazos de Belore donde hemos de encontrar consuelo. Serás el sol para tu esposa, y ella será tu sol en la tiniebla...

Las palabras del sacerdote vibraban en el aire, sin embargo, Malande no las escuchaba. Se había hartado de oírlas en los ensayos, durante días enteros en los que habían acudido al templo para repasar lo que tenían que decir, cuándo callar, dónde debían colocarse. Además, era evidente que el oficiante no se encontraba cómodo. No era la boda que debía ser, no estaban en el Templo de la ciudad, como correspondía a un magistrado de la corte, por escasa que fuera la nobleza de su nombre. En medio del bosque, como los salvajes o los primos kaldorei. Aquello no era lo usual.

Miró de reojo a su prometido. Aún no eran marido y mujer, pero en unos minutos, todo estaría hecho. Kalher permanecía sereno y serio, con el cabello oscuro recogido en lo alto, imitando el estilo de las Altas Casas. Sus ojos azules permanecían fijos en el sacerdote y su porte era el más regio que se podía esperar en un jurisprudente, enfundado en la toga roja con los bordados de oro y con ese aire de altivez en la manera en la que alzaba la barbilla. Malande reprimió una sonrisa. Realmente, las palabras que acababa de escuchar eran ciertas. Kalher era su sol, siempre lo había sido desde que se conocieron. Le recordaba poniéndole flores blancas en el cabello, diciéndole que era una joya, que era un duende mágico, que era una ninfa. Le recordaba escuchando, sereno y serio, cuando ella le habló de sus deberes y de su obligación, de su vida y su familia, como nunca había hablado a nadie. Le recordaba pidiéndole que se casara con ella.

- Khaler Fel'anath, ¿Aceptas a Malande Brisaclara como tu esposa en las bendiciones de Belore y te comprometes a amarla, cuidarla, protegerla y ser su sol hasta el fin de los días?
- Sí, acepto.

La elfa suspiró y miró al magistrado, sonriendo con suavidad. Le pareció que le guiñaba un ojo, aunque él disimulaba muy bien. Siempre lo había hecho.

- Malande Brisaclara, ¿Aceptas a Khaler Fel'anath como tu esposo en las bendiciones...?

Un escalofrío leve, como una lengua insidiosa e insistente, le recorrió la espalda. ¿Y si descubrían que su apellido no era real? ¿Y si todo se desvelaba? ¿Alguien recordaría las viejas historias, alguien sabría aún acerca de los destinos de los que escaparon de la Torre? Quizá ni siquiera fueran conscientes de la existencia de aquel lugar. Pestañeó y tomó aire, debía pronunciar los votos, y aquel miedo inconsciente no era real. Sólo un fantasma. Un espectro. No pasaría nada. Nada en absoluto.

- Sí, acepto.

El viento agitó las ramas de los dos sauces, que actuaban como cortinajes, paliando el resplandor del sol. El viento traía el olor del bosque. Y otro más. El aroma chispeante que Malande reconoció, ese perfume mentolado y ácido, fresco y ozónico que corría mezclado en la misma sangre de sus venas.

- Yo os uno así como marido y mujer, esposo y esposa, bajo la mirada de Belore y con su bendición eterna - dijo el sacerdote, tomando la mano de la elfa y dejándola sobre la del magistrado. - Desde ahora, vuestros destinos caminan parejos. Que la lealtad, la fidelidad, el amor...

Volvió los ojos hacia él, y él la contemplaba. No había inseguridad en su mirada azul, y aquello era un alivio para Malande, que se relajó y esbozó una sonrisa cálida. Al fin y al cabo, era afortunada. Aunque no era un asunto de amor lo que la llevaba a unirse en esponsales, sabía que podrían amarse, si es que no lo hacían ya, en el largo y tortuoso camino que les aguardaba en los años venideros.

miércoles, 21 de abril de 2010

XIX - El Archimago

- Así que no tienes mentor.
- Nu.

Kalervo sonrió con un parpadeo y cara de buen chico. A lo largo de su experiencia, el parpadeo y la cara de buen chico solían dar mejores resultados que la demostración de sus capacidades e inteligencia, por lo que había concluido que a la gente le molesta que haya otros mas listos que ellos. Especialmente a los magos. Así que decidió mostrarse dócil.

- ¿En qué quieres especializarte? ¿Investigación, batalla?

Miró al señor Veldemir, repasando su vestimenta, la impecable cabellera, los cientos de runitas bordadas, brillantes, que adornaban su toga. Paladeó el poder que emanaba y observó su semblante indiferente.

- Me gustan las líneas ley.
- ¡Oh, líneas ley! Tengo un compañero que es un apasionado de las líneas ley.
- Yo también - sonrió Kalervo.
- Tiene hasta una camisa.
- Yo eso no.

Se preguntó por un momento dónde podría conseguir una camisa de fan de las líneas ley, mientras el señor Veldemir le conducía al exterior del sagrario de Lunargenta.

Kalervo le había encontrado allí, por casualidad. Nada más verle, había tenido la impresión de que ese elfo era un gran mago, un gran gran gran hechicero, y le había pedido, sin dudar un solo instante, ser su pupilo. Y es que el joven Kalervo Alher Fel'anath empezaba a cansarse. De los libros de hechizos sencillos, de las someras explicaciones de los instructores, de la falta de profundidad de la enseñanza reglada de la que apenas extraía conjuros y más conjuros y pocas, muy pocas respuestas. De la ansiedad trepidante que le recorría las venas cada vez que se internaba en algunos lugares acompañando a Lazhar, donde podía sentir la energía voluble y fluctuante colándose por sus venas, tiñéndole el corazón de una sensación de avidez, llenándole las mientes de curiosidad que con sus conocimientos se veía incapaz de saciar.

La magia siempre había formado parte de su vida. Había estado a su alrededor, la había manipulado con mayor o menor éxito, la había dejado, en los últimos tiempos, entrar en él con más vehemencia. Y sin embargo seguía siendo tan bella como misteriosa a sus ojos. Atisbaba un horizonte aún borroso, al que sus pequeños zapatos no le permitían llegar, pero que le llamaba con tanta insistencia como una madre cuando alguien se retrasa a la cena. Ya voy no, ven ya. Necesitaba un tutor.

- Vamos a ver qué tal te manejas - dijo el señor Veldemir, mientras caminaba delante suya a lo largo del Intercambio Real, rumbo a las puertas de la ciudad. - ¿Qué te han enseñado hasta ahora?
- Hechizos básicos, señor.

Su pelo plateado ondeaba cuando caminaba, flush, flush, como un manto de hilo de mitril.

- ¿Algo de teoría?
- Muy poquito, señor. Controla tu sed de magia, y poco más.
- Mejor. Una hoja en blanco.

Kalervo arqueó la ceja, mirándole de reojillo mientras se apresuraba para alcanzar su paso. El señor Veldemir le devolvió la mirada, brillante y tiznada con el resplandor azulón de las energías arcanas.

- No tienes vicios adquiridos ni conocimientos erróneos que borrar. Te resultará más sencillo aprender de MI.
- Oh, si, si, claro.

Primera lección: Soy un engreído.

Al llegar al exterior, la brisa fresca del atardecer les saludó. El archimago avanzó a pie a través del bosque, seguido por el pequeño aprendiz, que se recogía la toga para no engancharla en las hojas y los espinos, con la varita colgando del cinturón. Caminaron y caminaron hasta llegar al asentamiento trol más cercano. Las sombras de los enormes amani se recortaban entre las hogueras encendidas, sus colmillos destellaban, las chozas de amarillos tejados de paja salpicaban un rincón cerca del lago.

El señor Veldemir se detuvo y le miró, señalando el poblado.

- Ataca - dijo sin más.

Kalervo parpadeó. Kalervo miró a los trols. Kalervo arqueó las cejas y sacó la varita, plantando los pies sobre la hierba y tomando aire despacito. Se imaginó que Lazhar estaba allí, que se reía y agitaba la mano, quitándole importancia al asunto. "Solo trols. Todo bien", diría con gestos. "Yo defiendo", y golpearía las latas de su pecho con el puño. Se relajó y su mente se concentró con una flexión natural, casi mecánica, y comenzó a tejer los hechizos en su cabeza antes de extender las manos.

- Nomtur pelnomtur brilth - la vocecita murmuró, la varita se agitó en el aire, los dedos extendidos al frente se iluminaron, y la energía arcana se desató en una oleada de misiles.

- Rûth rúnya... hwesta, hwesta... - la vocecita murmuró, el trol golpeado por el hechizo corría hacia él echando humo, gruñendo, y contuvo el tembloroso impulso de correr en su corazón, muy dentro.

El fogonazo rojo iluminó el bosque, el trol gritó. Saltó, en llamas, como una espeluznante criatura de fuego abisal, echando espuma por la boca, hacia el evocador. Se escuchó un chasquido, y un viento frío y caliente a la vez rozó el rostro de Kalervo, que se ladeó con un respingo. El trol estalló entre esquirlas de hielo y llamaradas, dejando un charco de sangre y trozos de carne y piel abrasada y congelada alrededor.

- Auf...

Los dedos gráciles de Veldemir se cerraron, y el maestro dejó caer la mano. Kalervo se limpió una gota de sangre trol del rostro, con las rodillas un poco temblorosas.

- Descarga de pirofrío - dijo, simplemente, Veldemir. No se había despeinado, ni su semblante era diferente. - Aún es algo pronto para ti, ya lo aprenderás. ¿En qué escuela quieres especializarte?
- ¿Co...como?

El mago se ajustó el cinturón y le contempló, desde su espigada altura. Kalervo no temía a los trols, ya no tanto como antes al menos, pero el hechizo de Veldemir sí le había dado miedo. Sabía que lo que tenía ante sí era mucho más que un maestro conocedor de los misterios de la magia; era un arma de destrucción masiva, un ser letal capaz de manejar las fuerzas energéticas y hacerlas estallar de manera devastadora.

- ¿Escarcha, fuego?
- Ah... no, no. Creo que arcano.
- ¿Crees? - Veldemir arqueó la ceja, su voz agradable se iba volviendo seca por segundos.
- No - el elfito tragó saliva. - Estoy seguro. Arcano.

El maestro le miró largamente. Kalervo no tuvo la menor duda de que estaba poniéndole en una balanza, midiéndole, sopesándole y juzgando. Empezó a marearse un poco en aquel silencio denso.

- Arcano... curiosa elección. Muy bien. Seré tu maestro.

"Genial". El chico no pudo reprimir una sonrisa. Veldemir Estrellasolar le hizo un gesto hacia el camino y emprendió el trayecto de retorno, seguido por el aprendiz saltarín con la varita en el cinto.

- Harás todo lo que yo te diga
- Sí, señor.
- Y nada de señor, desde ahora, maestro.
- Sí, señor maestro.

Las dos figuras se perdieron en el camino, rumbo a la Ciudad de Lunargenta. Kalervo había sido alumno de Arugal, y acabó siendo gusano. No sabía como discurrirían las cosas con Veldemir, pero no tenía en mente ser gusano nunca más, así que puso su mejor cara de buen chico durante toda la senda y se comportó como el servil pupilo que todo maestro engreído deseaba en el fondo de su corazón, completamente decidido a aprovechar al máximo esta oportunidad y desechar al archimago en cuanto dejara de serle útil.

Porque el chico conocía la sutil línea que, en el intrincado mundo de los hechiceros separa el aprendizaje de la esclavitud y la enseñanza de la tiranía. Y conocía ahora el valor de escapar a tiempo.

jueves, 15 de abril de 2010

XVIII - Estudio sobre el paladín (I)

Extraído del diario de observaciones de Kalervo

En el día de hoy, mi representado Lazhar Erien Corazón de Fuego pasa a convertirse en sujeto de pruebas para mi estudio sobre la curiosa estructura moral y el desarrollo de paradojas, contradicciones y demás peculiaridades en el comportamiento de los paladines. Por supuesto, sin su conocimiento, por motivos que se explicarán en lo sucesivo.


1.- Conceptos generales:


Un paladín es un protector del bien y la verdad que está bendecido y protegido por la Luz Sagrada. Se desconocen los motivos por los cuales la magia llamada "luz sagrada" bendice a algunas de estas personas y no a otras, o a todas. Por lo observado anteriormente en encuentros casuales con otros sujetos, al parecer este hecho se produce de manera arbitraria, sin tener en cuenta la inteligencia, capacidad cogniscitiva o sabiduría intrínseca del sujeto en cuestión. Sí que se da la variable coincidente de que la mayoría de sujetos suelen ser guapos.


2.- Datos sobre el sujeto a observar:


El sujeto Lazhar Erien Corazón de Fuego - en lo sucesivo S1 - pertenece a la raza sin'dorei. Gran masa corporal y envergadura. Fenotipo estándar de la clase Pelirrojo Varonil. Peculiaridad: Ausencia del órgano locutor también conocido como lengua.


Características intelectuales y psicológicas a priori:


Optimismo exacerbante
Gradación intelectual media: capaz de elaborar y recordar un lenguaje de signos primitivo.
Tenacidad
Inclinación irracional hacia sentimientos y pensamientos bondadosos


Día 1: Observaciones


1) Tras haber completado los asuntos pendientes que nos ocupaban en Quel'thalas, S1 y yo fuimos enviados como apoyo hacia los aliados renegados en Tirisfal. Al poco de llegar, S1 dio claras muestras de descontento, mostrándose sus gestos más vehementes y exhibiendo gran habilidad para fruncir el ceño. Los motivos causantes de su variación en el comportamiento fueron identificados como de índole moral: A S1 no le gustan los Renegados, considera que sus actividades de exterminio y combate contra la raza humana "no están bien". Al parecer, los elementos que convierten este natural proceso de matanza en algo reprobable para S1 son:


- Que se trata de una guerra territorial cuyo objetivo no está encarrilado hacia la consecución de una mejora general sino a solventar rivalidades y rencillas interraciales.
- No considera a los humanos seres inferiores ni contempla como algo natural el enfrentamiento por la supremacía de unos sobre otros.
- Desaprueba las técnicas de combate utilizadas por los Renegados, tales como emboscada, envenenamientos, experimentación con rehenes e inflitración de agentes patógenos en sus comunidades.


Ante esta manifestación de desagrado por parte de S1 y estando dispuesto a marcharse sin otorgar apoyo a la raza renegada, hemos partido hacia Sierra Espolón, donde S1 continuará con sus heróicas labores sirviendo a fines más justos.


2) Matar arañas en Sierra Espolón sí es contemplada por S1 como una actividad necesaria, justa y grata.


3) S1 muestra una constante actitud protectora en lo que compete a mi persona, haciendo continuos gestos y manteniendo contacto visual para asegurarse de que estoy bien. Es posible que sea debido a que suelo tener miedo y las arañas me dan repelús.


4) En el Refugio Roca del sol hablamos con una elfa. Es interesante lo que dice. Al parecer hay un objeto de gran poder custodiado por las dríades al Norte, y nos promete entregarnos parte de ese poder si la ayudamos a recuperarlo. S1 no parece estar de acuerdo. Afirma que la elfa "no es trigo limpio" y se deduce que no le agrada matar por obtener conocimiento o conseguir objetos de poder.

5)  S1 ostenta una falta absoluta de ego y otorga nula importancia a su imagen, siendo absolutamente inconsciente de su atractivo. Prueba de ello es que acaba de desnudarse como si nada para meterse en el lago del refugio Roca del Sol y bañarse, sin hacer aprecio aparente a que esa maldita elfa guarrindonga no le quita los ojos de encima.


6) ¿Se están mirando? No me lo puedo creer. Dioses, le está mirando el escote.


7) No sé muy bien por qué, he ido a cumplir con la misión que la elfa guarra quería encomendarnos. Para ser sinceros me tentaba desde el principio, pero S1 fue claro y tajante al respecto de que algo así no estaba bien. Aun sabiendo su opinión, he ido hasta el claro y matado algunas dríades y hombres ciervo con pelo de hojas, bastante enfadado por algún motivo que tendré que analizar más adelante. Lazhar me ha regañado  después y hemos discutido un poco, y tampoco tengo claro por qué me he sentido mal y bien a la vez. Mal, por matar a las dríades y que a Lazhar no le guste. Bien, porque vino a buscarme y me regañó.


8) A Lazhar se le ha pasado el enfado ya. No me sale llamarle S1, queda muy raro. No es nada rencoroso, en realidad es muy buena persona, pero eso ya lo sabía, ¿no?


9) Le pregunto a Lazhar por su vida personal. Me dice que no tiene novia, pero que ha tenido algunas. Luego me pregunta a mi, le digo que no. Intento explicarle que no me gustan las chicas, y reacciona de una manera peculiar. Creo que se le hace raro, y se hace el tonto. Me pregunta entonces si tengo novio. Le digo que no, que tuve un novio pero que él no lo sabía, y que acabamos de cortar. Supongo que no se da cuenta de que me refiero a él.


10) Creo que Lazhar no tiene ni idea de lo muchísimo que me gusta. Creo que yo estoy empezando a tenerla.


Conclusiones:


a) La presencia cercana de un paladín es influyente en los sujetos
b) Soy muy celoso. Y cuando estoy celoso me enfado muchísimo. ¿A quien se le ocurre desnudarse delante de todo el mundo?
c) A Lazhar le gustan las chicas, así que no tengo nada que hacer. Pobre yo.


(-_-)

viernes, 26 de marzo de 2010

XVII - La Promesa

El sol de la tarde era una pelota amarilla y refulgente que descendía por el cielo, mientras Kalervo se limpiaba la cara y suspiraba, tomándose la temperatura. Habían pasado pocas horas desde que rescataron al gran paladín de la Ciudad de la Muerte, y había llorado desde entonces gruesas lágrimas, por sí mismo y por él, porque su situación era terrible. Había roto las muestras, y enfadado como estaba, se negaba a regresar a Scholomance, a la Torre de Arugal y a ninguna otra parte.

Se recogió el pelo mojado y se miró en el espejo. Tenía un aspecto terriblemente enfermizo, no podía dormir y sentía como si estuviera pudriéndose por dentro. Se contempló, preguntándose cuánto tardaría en morir, preguntándose si volvería a convertirse en monstruo, preguntándose si se levantaría como un muerto viviente. No encontró ninguna respuesta.

- Jolín... - suspiró profundamente y batió las enormes pestañas, bajando la rampa de Brisa Pura con desazón.

Abajo, Lohengrin se ajustaba los guantes. Lazhar estaba sentado sobre una alfombra, capaz de sonreír casi como siempre y dándole las gracias al joven caballero a su manera, expresándose mediante gestos rotundos que dejaban pocas dudas a la comprensión. Se escuchaba cantar a algún pájaro y el graznido de los dracohalcones mas allá. Kalervo se apoyó en una de las arcadas del refugio, abrazándose a sí mismo, pensativo.

No podía apartar los ojos del enorme elfo de cabellos rojos. Mientras se comunicaba con su compañero, tosía de vez en cuando y una y otra vez, aquella sonrisa espléndida, algo cansada, asomaba a su rostro, deslumbrando y haciéndole sentir como si fuera un niño pequeño y alguien le pusiera la mano en el hombro dándole permiso para ir a jugar. O diciéndole que todo iba a salir bien. Su corazón parecía saltar en el pecho cada vez que se curvaban los labios y destellaba de nuevo la sonrisa, cuando los ojos grises se estrechaban y las leves arrugas se hundían junto a sus párpados, las pestañas se entrecerraban.

- Jolín - murmuró de nuevo, sin saber por qué se le aflojaban las rodillas y los pulmones parecían pedirle más aire. Tenía tantas ganas de llorar...

Vio marcharse a Lohengrin tras un instante de indecisión, bendiciendo de nuevo a Lazhar y alejándose con una breve mirada al interior. Kalervo pegó la espalda a la pared y salió del campo de visión. Se sentía demasiado confuso y raro como para esbozar una sonrisa cortés, recomponerse y despedirse adecuadamente. Había encontrado a Lazhar, había roto las muestras, había decidido que ya no más, y ahora no sabía lo que iba a pasar. Tenía mucho miedo.

Respiró entrecortadamente y se asomó con cuidado. El paladín estaba de perfil, apoyado en la pared y mirando alrededor, como si buscara algo. Cuando le vio, volvió a sonreír, y Kalervo tuvo la impresión de que el suelo se convertía en nata montada o algo parecido, porque se hundía en algo espeso y cremoso. Así que salió de su estúpido escondite y correteó como una niña tonta para abrazarle.

- Jolín, Lazhar, menudo susto - balbuceó, con los ojos cerrados muy fuertemente.

"Tú encontraste" - signó el elfo, sonriendo otra vez - "Bien"

- ¿De verdad estás bien?

El paladín asintió con la cabeza, muy seguro, y Kalervo suspiró aliviado. Luego los ojos grises se nublaron con cierta preocupación, y sin hacer ninguna señal, formuló la pregunta sin palabras.

"¿Qué hacías ahí?"

¿Qué podía hacer el pequeño mago? Después de todo lo que había ocurrido, tras los días de pesadillas terribles en los que su vida era un cuento de miedo, con todo lo que nunca había querido admitir que era cierto, ahora, delante del corpulento elfo, los hechos cobraban un realismo que le sobrecogía.

- Kevo - el paladín frunció el ceño, su expresión se volvió más alarmada.

¿Que podía hacer? Llorar. Y cantar como un ruiseñor, contándolo todo y dejando que las palabras se marcharan con una mezcla de alivio y pánico, pronunciando despacio mientras sollozaba a moco tendido sintiéndose muy desgraciado y muy pobrecito. Porque si bien Kalervo era dado al melodrama, superlativo en sus expresiones, lastimero e infantilmente mimoso, su situación era objetivamente desastrosa. Bien es cierto que podía haberle mentido. Sin embargo, de todos es sabido que mentir a un paladín, aunque no es del todo imposible, provoca esa sensación desagradable de estar vomitando sobre una alfombra bonita o robándole a un niño su regalo de cumpleaños, a poco que uno sea algo sensible o tenga un atisbo de eso que llaman conciencia. Mas aún en el caso de Kalervo, que pese a andar escaso de conciencia, no estaba hablando con un paladín, sino con su adorado Lazhar el Bravo, héroe de historias imposibles en su imaginación y faro de esperanza en el que se sostenía mientras vivió los días más oscuros. Mentirle habría sido contraproducente, desagradable e inútil. Y además, no quería.

A medida que hablaba, llorando y moqueando, el gesto de Lazhar se volvía más severo. Le estaba escuchando, su ceño se fruncía y los ojos grises destellaban con enfado y la indignación le crispaba el semblante. Cuando terminó, sorbiéndose la nariz, Lazhar gesticuló cosas incomprensibles, enfadadísimo y completamente enojado. Luego le miró bajo el ceño fruncido, se incorporó y le hizo un gesto.

"Espera aquí"

- ¿Uh?

Le miró alejarse, perplejo y moqueante mientras se limpiaba la nariz, con ese andar decidido lleno de determinación. Cuando Lazhar regresó, al cabo de un par de minutos, traía un papelito amarillento y un trozo de carbón. Se sentó de nuevo frente a él y le dirigió una mirada vibrante y llena de seguridad, después escribió y le tendió la notita, asintiendo levemente.

Kalervo bajó la vista y leyó la caligrafía sencilla, pestañeando una vez, y luego otra.

Solo eran cuatro palabras.

Es complicado explicar cuánto peso pueden tener cuatro palabras, la cantidad de significados plenos que pueden encerrar y hasta qué punto un trozo de papel ajado puede cambiar la vida de una persona. Pero aunque parezca cosa de magia, pueden hacerlo, si son las palabras precisas y exactas que hacen falta en ese momento para descorrer las cortinas de la desesperación y dejar que la esperanza brille de nuevo, aunque sea en un hilo delgado. Cuatro palabras pueden decir muchas cosas. Y a Kalervo Fel'anath se lo dijeron todo aquella tarde, cuando las leyó y levantó la mirada, incrédulo y algo inseguro.

"Vale por una solución", había escrito. Solo cuatro palabras.

Kalervo había aprendido tiempo atrás a leer los gestos de Lazhar. No solo lo que signaba con sus manos. También su lenguaje corporal, las expresiones de su rostro y sobre todo las emociones en sus ojos. No pudo albergar ninguna duda al contemplar su semblante grave, la manera en la que apretaba los labios y fruncía el ceño, asintiendo una vez más y golpeándose el corazón con el puño en un movimiento suave. Luego se señaló a sí mismo y le señaló a él, con la misma seguridad firme, inquebrantable, que se tendía hacia él como una cuerda bien trenzada a la que podía sujetarse.

- Yo estaré contigo - Casi podía oír con claridad la voz grave y dulce del elfo, la imaginaba mientras bajaba la mirada a la notita y contemplaba sus gestos lentos. Un puño en el corazón, Lazhar y Kalervo. Una promesa. - No te dejaré solo. Te ayudaré y te protegeré. Encontraremos la solución, y te pondrás bien.

Cuatro palabras y tres gestos breves. Y una posibilidad en un horizonte lejano, que podía ser real algún día. Las cosas se iban a arreglar.

Limpiándose las lágrimas, Kalervo dobló el papelito cuidadosamente y lo guardó en el bolsillo doble de su faltriquera, con dedos temblorosos, tras haberlo leído casi veinte veces. Al alzar la mirada, había tanta convicción en la sonrisa del paladín, que sin saber por qué, sonrió también.

Ese día, Kalervo Alher Fel'anath, magistrado y aprendiz de hechicero, descubrió la fe. Y su vida nunca volvió a ser la misma.

miércoles, 17 de febrero de 2010

XVI - El Héroe en la Ciudad de la Muerte

Hay quien dice que el destino mueve sus hilos sin que nos demos cuenta, llevándonos por caminos que creemos haber escogido cuando en realidad sólo estamos cumpliendo con un plan previamente trazado, solo para nosotros. Otros piensan que el destino no existe y todo cuanto hacemos es producto de nuestras decisiones y sus consecuencias, con el suave aderezo incognoscible del azar. Si fue éste o el destino el que propició las circunstancias para que el joven Kalervo Alher Fel'anath y el adepto caballero de sangre Lohengrin se encontraran aquella tarde en aquel bosque, realmente no tiene la menor importancia.

Había sido enviado el mago a través de un portal a uno de los Ziggurats que se posicionaban junto a la Cicatriz Muerta, con una faltriquera de viales vacíos para obtener muestras de las calderas y ni la menor señal para ser identificado por los cultistas una vez llegara allí. Le habían enviado a la muerte y lo sabía bien, y sin embargo, no tenía en aquel momento la menor apetencia de abandonar su estatus como ser vivo. Sentado sobre la hierba, observaba la faltriquera y la Cicatriz, meditando sobre sus alternativas. Tenía demasiado miedo para escapar, y recordaba bien las amenazas que le habían repetido hasta el hastío en la Torre del Archimago y, más tarde, en Scholomance. Así que tal vez debería tomar aquellas muestras por la fuerza y regresar por su propio pie al lugar que era ahora su cárcel y su hogar. ¿Qué otra opción le quedaba? Fue entonces cuando el joven caballero de sangre apareció, amable y marcial, y se ofreció a acompañarle, haciendo gala de una inocencia dadivosa muy propia de las gentes sencillas.

- ¿Os dirigís a la Ciudad de la Muerte? - inquirió el caballero tras las presentaciones. Kalervo asintió con naturalidad, y el elfo fibroso no indagó más al respecto. - Yo también voy allí. Será mejor que me acompañéis, mago. No es lugar donde internarse solo.
- ¿Como sabéis que soy mago? - preguntó el jovencito, saltando tras el fornido guerrero con la toga arremangada.
- Por vuestro atuendo.

La simplicidad del elfo de cabellos color miel le hizo sonreír. Le recordaba en cierto modo a alguien que había conocido tiempo atrás y a quien jamás olvidaría, aunque estaba convencido de que nunca volvería a verle... y de que eso era lo mejor.

Avanzaron a lo largo de la Cicatriz. Esqueletos y zombis sucumbían a golpe de espada y magia sagrada, los cuerpos marchitos caían al suelo enroscándose como larvas desecadas. Durante el penoso camino hacia la ciudad negra, apenas elevó el mago algún conjuro menor, no por miedo sino por la vaga esperanza infantil de no incurrir en la ira de aquellos a quienes ahora su vida pertenecía. El buen Lohengrin apenas le dirigió una mirada de extrañeza al darse cuenta de este detalle, sin embargo no le hizo el menor reproche, pensando quizá que el mago estaba asustado o que no era lo bastante poderoso para hacer frente a aquellos enemigos.

- ¿Habéis estado aquí alguna vez? - preguntó el chico, contemplando las siniestras puertas y los espectros que las guardaban.
- Alguna.
- ¿A qué habéis venido?
- A liberar a los prisioneros.

Kalervo arqueó una ceja. Iba a preguntar a qué prisioneros se refería cuando el caballero ya se había arrojado sobre las terribles nerubian y los fantasmagóricos guardianes de aquel lugar maldito. En aquella ocasión supo que tendría que luchar, y sus invocaciones resonaron ahogadas entre los muros de piedra oscura.

- ¡Anfael tinve'aglantur! - se escuchaba la voz infantil, que pese a su tono suave y delicado parecía reverberar con un extraño eco.

Tras largo tiempo sin pelear, sin llamar a su infalible aliada, la magia volvió a chispear por sus venas, entibiando la sangre y revitalizándole de alguna manera. Era el beso mentolado y la caricia picante los que de nuevo le visitaban, y cuando las criaturas cayeron, abatidas, se sintió fuerte y capaz. Sonrió el caballero y él le devolvió la sonrisa, señalando a los cultistas que se apiñaban en los calderos."Si quieren muestras, las van a tener".

- ¿Me ayudas con esos? - preguntó - Tengo que abrir las calderas.
- Liberemos antes a los prisioneros. El tiempo no corre a su favor - replicó el caballero, dirigiéndose a una construcción que se alzaba con grotescas formas.

El aire denso, casi irrespirable, le picaba en la garganta. Algunas motas brillantes flotaban en el aire, y el mago apartó la vista cuando entraron al torreón y Lohengrin se acercó a un joven elfo encadenado a una mesa de piedra. Se tapó los oídos para no escuchar hablar a la víctima mientras el caballero la reanimaba con un brebaje y la liberaba de sus ataduras. Al verle salir por su propio pie, tambaleándose, no le cupo la menor duda de que el elfo liberado encontraría la muerte en un intervalo de seis a doce minutos. Solo, sin armas en un lugar así y debilitado. Miró de reojo a Lohengrin, evaluando la fina barrera entre la bondad y la necedad y sopesando lo inútil que puede llegar a ser un acto justo. Sin embargo, el caballero parecía satisfecho.

- Hay cinco más encerrados en alguna parte...
- Muy bien, muy bien. Vamos a abrir eso y enseguida les socorremos.

Lohengrin cedió al fin, y Kalervo pudo obtener sus muestras.

¿Por qué no se marchó? Es difícil de decir. Quizá fue el estallido luminoso que vieron fulgurando en la entrada de las criptas, que de alguna manera le alarmó, o tal vez el asomo de un sentimiento de gratitud y compromiso hacia Lohengrin. Pero cuando el caballero corrió hacia el lugar, sólo tardó unos segundos en chasquear la lengua y seguirle. Al fin y al cabo, ¿quién sabe qué cosas absurdas podía hacer sin él? Conocía lo suficiente a los guerreros de la Luz para saber que muchas veces actuaban sin la menor racionalidad y de un modo absolutamente impulsivo y tonto, y que todos ellos eran de lo más incapaces sin un mago cerca.

- ¡Esperaaaaaaa! - exclamó, bajando las escaleras a trompicones, con la toga a rastras.

Llegó a tiempo para descargar una oleada de misiles sobre la criatura esquelética a la que Lohengrin combatía con tesón, y un sello brillante terminó por desmontar al terrible ser, que cayó al suelo en un montón de huesos. Y entonces Kalervo tomó aire, dispuesto a reprochar algo al elfo de cabellos claros. Y al mirarle, vio la enorme figura que se debatía semi inconsciente, encadenada en la pared y consagrando el suelo debajo de sí con desesperación convulsa, con el rostro cubierto por una mata de pelo rojo como el fuego.

Se detuvo el tiempo y el suelo se volvió sólido y aterradoramente real bajo sus pies. Un estallido de felicidad indecible se confundió en su alma con la ira más violenta que jamás había sentido, que le llevó a apretar los puños y los dientes, temblando, con las lágrimas corriendo por las mejillas.

- Tranquilo amigo - decía Lohengrin, resollando mientras golpeaba los grilletes con la espada - Ahora estás a salvo. Enseguida te sanaré.

Las voces del Archimago, de la instructora Malicia, del Decano Gamling, rebotaban en el cerebro del pequeño mago, insidiosas y malévolas. Sus rostros giraban como visiones espectrales ante sus ojos, y ascendió las escaleras, sintiendo la asfixia anudada en su garganta y el ardor virulento de una llama en su pecho. "¿Qué es lo que he hecho? ¿Qué he estado haciendo todo este tiempo?"

Se plantó en el suelo, jadeante, llevándose las manos a la cabeza y sollozó, levantando el rostro al cielo. La magia bullía en su interior, se enredaba en la punta de sus dedos, chispeando, pugnando por estallar.

- ¡DIJISTEIS QUE NO LE HARIAIS DAÑO! - gritó, estrellando los viales contra el suelo.

Dos nerubian se volvieron hacia él, y una banshee se acercó, flotando en el aire infecto. Les miró, sin arredrarse. El miedo ya no existía. No sentía el menor temor, ni siquiera el racional que debería ayudarle a preservar su vida. Sólo furia y rabia, y un odio profundo que le quemaba por dentro. Porque era Lazhar el Bravo el que yacía encadenado y medio muerto en esa cripta, y aquello le había incendiado hasta el punto de convertirle en un ser tan impulsivo, irracional y tonto como un paladín.

- Os mataré a todos - dijo el arcanista, con el semblante lívido. Sus ojos se encendieron con un destello turquesa. Y silbó el viento abisal, y la energía electrificante vibró.

Y se desató la Magia.